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Durante la investigación en los archivos nos hemos venido encontrando con noticias que, ya fuera de forma expresa o velada, tocaban el tema de la antropofagia. No podemos negar nuestro interés en la materia; a fin de cuentas armoniza de una forma un tanto sui generis dos de nuestras grandes pasiones: las historias truculentas y el buen comer.

Sin embargo, tras debatir el tema hasta altas horas de la madrugada, hemos concluido que el interés de Lo Extraño no está en el acto en sí mismo considerado. Aquí somos gente pragmática y tampoco se nos caen los anillos porque un Homo Sapiens recurra a lo primero que tenga a mano cuando las está pasando canutas. Los Neandertales lo hacían, nosotros somos medio Neandertales, y nadie monta un drama.

Decimos por tanto que el interés no está en el acto de comerse a otro señor, sino en las circunstancias que concurren. Este es el criterio que nos permitirá obviar los lugares comunes y centrarnos en los extraordinarios acontecimientos que reseñaremos durante este monográfico.

Un rápido vistazo a la red nos revela que “canibalismo” es una deformación de la palabra caribe en taíno (los habitantes precolombinos del Caribe). En la época siguiente al descubrimiento de América, los taínos cosecharon entre los europeos la fama de practicar la antropofagia, si bien existen dudas respecto a la veracidad de este punto.

Lo que sí está claro es que en América hubo poblaciones que efectivamente practicaban un canibalismo de tipo ritual. Los colegas de Hernán Cortes contaban cómo los indígenas llevaban sal a las escaramuzas para conservar la carne de sus oponentes.

Dejando aparte los casos de, digamos, necesidad (de los cuales hablaremos también esta semana), queda bastante claro que la antropofagia tiene una importante dimensión de naturaleza cultural. Tanto el hecho de comerse gente como su el tabú al respecto, aparecen en forma de construcciones sociales que se fundamentan en razones de tipo moral o religioso. De todo esto sacamos la segunda pista hacia La Maravilla.

Y es que esas circunstancias que engrandecen las historias, no tienen que ver con la realidad antropológica stricto sensu, sino con el choque de los elementos culturales. Algo así como un paso de procesión delante de mozas alemanas en bikini.

Por ejemplo San Jerónimo; que ya en el siglo IV proponía en su Contra Joviniano” dejar de comer carne aduciendo que los attacotti habían empezado así y habían terminado comiéndose a sus vecinos. Lo cual, dicho sea de paso, también parece poco probable. Sin embargo la moralina del canibalismo (“Son muy malos, hasta se comen gente”) la encontramos en los mitos griegos y la vemos en la prensa actual.

A pesar de que volveremos a tocar el tema en el futuro, queremos cerrar esta introducción hablando del oro entre la paja de los usos moralizantes. Tal vez porque creemos que él habría entendido este especial, tal vez porque su obra es una maravilla en sí misma.

Hablamos del alegato de un hombre que, prescindiendo de la corrección política y cultural, escribió sobre el canibalismo para exponer sus puntos de vista: un plan maestro para salvar Irlanda comiéndose a los niños pobres.

Una modesta proposición. Jonathan Swift, 1729.

Me ha asegurado un joven americano muy entendido que conozco en Londres, que un tierno niño saludable y bien criado constituye, al año de edad, el alimento más delicioso, nutritivo y sano, ya sea estofado, asado, al horno o hervido; y yo no dudo que servirá igualmente en un fricasé o en un guisado.
Por lo tanto, propongo humildemente a la consideración del público que de los ciento veinte mil niños ya anotados, veinte mil sean reservados para la reproducción; de ellos, sólo una cuarta parte serán machos, lo que ya es más de lo que permitimos a las ovejas, los vacunos y los cerdos. Mi razón es que esos niños raramente son frutos del matrimonio, una circunstancia no muy venerada por nuestros rústicos: en consecuencia un macho será suficiente para servir a cuatro hembras. De manera que los cien mil restantes pueden, al año de edad, ser ofrecidos en venta a las personas de calidad y fortuna del reino, aconsejando siempre a las madres que los amamanten copiosamente durante el último mes, a fin de ponerlos regordetes y mantecosos para una buena mesa. Un niño hará dos fuentes en una comida para los amigos, y cuando la familia cene sola, el cuarto delantero o trasero constituirá un plato razonable. Y hervido y sazonado con un poco de pimienta y sal, resultará muy bueno hasta el cuarto día, especialmente en invierno.
He calculado que, por término medio, un recién nacido pesa veinte libras, y en un año solar, si es adecuadamente criado, alcanzará las veintiocho.
Concedo que este manjar resultará algo costoso, y será, por lo tanto, muy adecuado para terratenientes, que como ya han devorado a la mayoría de los padres, parecen acreditar los mejores títulos sobre los hijos.

Ante las deplorables condiciones en las que se encontraban los jornaleos irlandeses, Jonathan Swift decidió publicar su ensayo satírico cargado de humor negro y sarcasmo. Por desgracia no fue del todo bien recibido y, en el mejor de los casos, recibió críticas salvajes debidas a su mal gusto. Tampoco faltaron quienes lo tomaron por un texto serio (tal vez una aplicación de la Ley de Poe pre-Ley de Poe).

Mañana les traeremos una historia de supervivencia que ayudará relativizar nuestras desgracias domésticas. Mientras tanto, dejamos enlazado el texto completo del ensayo de Swift para amenizarles la espera.

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