Comerse al Prójimo II – El Hambre aprieta

En la segunda entrega de nuestro Especial Canibalismo queremos centrarnos en la cara más trágica de esta variedad gastronómica: La de aquellos que no tuvieron más remedio, en algún momento de sus vidas, que recurrir a comerse a amigos, conocidos o viandantes. O eso, o acababan igual. En vez de dispersarnos con multitud de anécdotas menores en las que dos o tres personas prueban la carne humana*, vamos a centrarnos en un episodio fundamental.

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La Expedición Donner

(Aquí hay una cronología de la expedición, usar como referencia. En serio, viene bien).

Dejando a un lado el infinito abanico de chistes fáciles que ofrece el nombre, la Expedición Donner fue una caravana de pioneros norteamericanos que en 1846 sufrieron La Putada (como fuerza cósmica) a causa de una interminable cadena de desventuras. Es muy recomendable leer el enlace del encabezamiento, pues es difícil sintetizar la cantidad de desgracias que les ocurrirero en su viaje desde Springfield hasta California. 

La expedición la formaban tres familias de Illinois y sus empleados -ochenta y siete personas en total- y se diferenció de muchas otras, que en esa época (partieron en abril de 1846, en un viaje que debía durar menos de seis meses) también emigraban hacia las prometidas riquezas de California, en su intento de usar el Atajo de Hasting; un nuevo sendero cuyo descubridor estaba promocionando (era práctica habitual repartir folletos con la información sobre cómo encontrar el nuevo camino a las expediciones que se dirigían al oeste). El nuevo atajo reducía sensiblemente el recorrido al precio de atravesar las montañas Wasatch -que en algunos puntos son superiores a las Rocosas- y el Gran Desierto de Salt Lake, una enorme planicie de arena cubierta de sal, en la que no se podía conseguir agua ni comida.

Tras sufrir penurias sin cuento (muerte por tuberculosis, vagones destrozados, animales cansados, muertos o robados por los nativos en sucesivos ataques y peleas entre los viajeros que, en una ocasión, resultaron en una muerte y la expulsión de Reed, uno de los líderes de la caravana) volvieron a la ruta habitual, ya en Nevada. Esto no quiere decir que sus problemas acabaran. Los nativos siguieron robando ganado y espantando a los caballos, se rompieron más vagones y la comida empezó a agotarse. Para el veinte de octubre creían que solo les quedaba cruzar la Sierra Nevada, ya en California, y estarían cerca de su destino. No debía de haber nieve hasta mediados de noviembre, tiempo suficiente para llegar al otro lado de la sierra.

La intención de Donner era atravesar el paso de Truckee. Consiguieron llegar hasta el lago del mismo nombre e intentaron alcanzar el paso, a menos de cinco kilómetros. No fue posible. Más de dos metros de nieve en muchos puntos impedía que los carros circularan. Así que prepararon un campamento a orillas del lago, levantando cabañas de madera junto a una que otros pioneros habían construido, para esperar a que la tormenta amainara.

Tardaron al menos un mes en probar la carne humana.

Al principio intentaron cazar, pero solo consiguieron un oso. Luego sacrificaron los bueyes y los caballos, que serían fundamentales para cuando consiguieran cruzar. Los huesos se usaron una y otra vez para hacer caldo. Luego empezaron con las pieles de buey que habían utilizado como techo de las cabañas. Mientras, se hacían sucesivos intentos de cruzar a pie; por grupos o parejas. Todos volvían, antes o después.

Finalmente, diecisiete personas -hombres, mujeres y niños (no todos los hijos de los anteriores: algunos quedaron al cuidado de los demás, en previsión de que fracasara el intento de asaltar la cumbre)- intentaron la ascensión con raquetas de nieve hechas de piel de buey. El 23 de diciembre, a los ocho días de ascenso, Patrick Dolan propuso que alguien se ofreciera voluntario para morir y servir de alimento. Horas después uno de los encargados de los animales murió y, tras él, otro componente de la expedición. Sin embargo, fue el propio Dolan el primero al que se comieron, después de que, en medio de un delirio, se desnudara y echara a correr en la tormenta. Otro chico murió poco después y esa noche separaron la carne y órganos de los huesos de los cuatro fallecidos para ponerlos a secar. Hicieron paquetes separados, de forma que nadie tuviera que comerse los restos de sus familiares.

La carne no duró mucho y se empezaron a comer los zapatos de nieve, hechos de piel de buey. Luego, tras plantear el comerse a dos guías indios que iban con ellos, uno de los pioneros los advirtió y huyeron por la noche. Unos días después (veinticinco desde haber dejado el campamento del lago, y tras haber devorado a otra mujer) los encontraron, desorientados. Les dispararon nada más verlos.

Ocho días después, los seis supervivientes (otros cuatro habían fallecido por el camino) llegaron a un poblado al pie de las montañas.

Esto no implicó el final de la aventura para los que se habían quedado en el campamento en Truckee: Reed, el hombre que había sido expulsado de la caravana por matar a otro en Utah, consiguió cruzar Sierra Nevada por su cuenta y presionó al comandante de un destacamento militar para que enviara ayuda a su familia. Hay que tener en cuenta que California no era parte de los Estados Unidos, ni existía una autoridad responsable de los que allí vivían: el que emprendía el camino al oeste iba a lo desconocido y dependía de sus propios medios. Por eso, no fue posible organizar ninguna operación de rescate a gran escala; sino que poco a poco grupos de gente, familias, fueron cruzando las montañas, con o sin ayuda. Todos los grupos recurrieron al canibalismo en alguna ocasión. Al terminar el viaje, en abril de 1847, quedaban cuarenta y ocho de los ochenta y siete pioneros. Cerca de veinte de los que faltaban habían sido consumidos por sus compañeros, y no todos los grupos habían sido tan cuidadosos como el primero evitando que los familiares se comieran entre sí.

Aunque sin duda se trata de una tragedia, en Mundo Extraño suscribimos letra por letra las palabras de Ethan Rarickl, autor de un libro sobre esta expedición: “Más que una historia de brillantes heroicidades o asquerosa vileza, la de la Expedición Donner es una historia de decisiones duras, que no fueron ni heroicas ni viles”

Es decir; estamos casi seguros de que ninguno de los miembros de la expedición salió de casa en abril de 1846 y miró a sus acompañantes con mirada calculadora, pensando en quién sería el primero en convertirse en salchichón. Pero, cuando no hubo más remedio, hicieron lo que tuvieron que hacer. 

El Especial Canibalismo continuará mañana con un análisis de andar por casa sobre antropofagia y choque cultural.

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*De no haber tenido un candidato tan espectacular en el episodio que relatamos, habríamos elegido los casos documentados de canibalismo por parte de soldados alemanes cercados en Stalingrado durante la segunda guerra mundial. Soldados que, al ser apresados por los soviéticos y enviados a campos de concentración, continuaron la senda que ya habían iniciado porque, total, mejor que la comida del campo era la carne de fusilero del Reich. En el caso de sus colegas japoneses en Nueva Guinea (qué malas eran las potencias del Eje, hay que ver), parece que se convirtió en algo más institucionalizado, debido en gran medida a las escasísimas raciones que recibían los soldados destinados allí (pasaron de 800 a 50 gramos diarios de arroz y carne en lata).

De lo que ocurrió durante la hambruna de Corea del Norte en los años noventa del siglo pasado no vamos a hablar, pero hay bastante tela que cortar. Aunque seguro que es todo propaganda imperialista.

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