Comerse al Prójimo IV – Normalización

Hablábamos ayer de manifestaciones culturales del canibalismo, y también de gente que busca cierta notoriedad mediante la práctica del mismo, o que se ven impelidos a comerse a sus semejantes por algún desarreglo mental o químico. Hoy queremos imprimir un suave giro hacia lo cotidiano, hacia la desdramatización de la antropofagia. No todos los casos de canibalismo son así, entiéndanlo. Los hay que son cuestiones más íntimas, acuerdos entre particulares, o ni siquiera eso. 

Podríamos hablar del más o menos modélico canibalismo alemán y sus derivaciones musicales, pero en estos casos el puro disfrute culinario queda más o menos eclipsado por el tinte sexual de los banquetes. No es lo que buscamos. Queremos una experiencia más pura. Una situación en la que el implicado no busque otra cosa que el probar la carne humana, sin sufrir ni infligir daño, ni experimentar otro placer que no sea el culinario.

Una historia adecuada a nuestros propósitos podría desarrollarse de la siguiente forma:

Dave es uno de los 23039 heridos graves en accidente de tráfico en Gran Bretaña en el año 2012. En un desafortunado accidente con la moto, su mano ha quedado mutilada. Le han tenido que amputar un dedo, primero, y toda la mano, después, debido a la gangrena.

Pero Dave no es una persona dada a llorar y lamentarse por lo que ha perdido. Dave es un visionario, un emprendedor. Ve oportunidades donde los demás solo ven el garfio que van a tener que llevar el resto de sus días. En este caso concreto, ve una ocasión única de satisfacer uno de sus más antiguos anhelos: probar la carne humana, y sin quebrantar la ley.

Dave pide al personal del hospital que guarde el dedo amputado en frío, que va a querer llevárselo. Ellos acceden, al no existir una buena razón para negarse. Al fin y al cabo, es su dedo, ¿no?

Tras el alta, y con su dedo perfectamente conservado, Dave lo cuece en agua con sal, para ablandarlo. Lo consume sin condimento, y acompañándolo solo de agua, para poder apreciar plenamente su sabor. Luego hierve los huesos para conservarlos como recuerdo. No se trata solo de satisfacer la natural curiosidad -quién no se ha preguntado por el sabor de su propio dedo-, sino de una cuestión de completitud: al consumir la carne y guardar los huesos, Dave siente que no ha perdido del todo ese dedo. Que ese dedo sigue en él, de alguna forma.

Tras el ritual del almuerzo, Dave deja la olla, el plato, el cuchillo y el tenedor en el fregadero con una pizca de detergente. Vuelve a llenar el vaso y bebe un traguito de agua. Mira la pila de exámenes por corregir mientras piensa si tiene tiempo de echarse una siesta. Se encoge de hombros y se dice que claro que sí. Al fin y al cabo, está convaleciente.

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