Comerse al Prójimo V – Le Connoisseur

Vivimos en un mundo de gente especializada en los campos de conocimiento más peregrinos. Desde doctores en mecatrónica hasta demonólogos vaticanos. Parece lógico que también haya expertos en lo de comerse al prójimo.

El ámbito criminológico ya prestó atención a la antropofagia desde hace siglos; Cesare Lombroso lo contemplaba en su “L’uomo delinquente”, el propio Freud tocaba el tema al hablar de los tabúes e incluso hoy reputados criminólogos como Jack Levin siguen interesados. A pesar de que el estudio teórico o conductual puede ser fascinante (hasta rozar lo profundamente aburrido), vamos a centrarnos en otro tipo de experto. Digamos el experto práctico: el connnoisseur del enfoque gastronómico.

Siempre ha habido ilustres caníbales con mayor o menor grado de infamia. Ratu Udre Udre, jefe de un clan fiji, mantiene desde el siglo XIX el record Guiness de comerse gente (no, no es broma). Convencido de que tras devorar a 1000 hombres se convertiría en inmortal, llegó a comerse entre 872 y 999 personas a lo largo de su vida. Viéndose ya ganador, decidió ir tapando su propia tumba con una piedra por cada cuerpo consumido (y de ahí el cálculo aproximado cuando hubo que quitarlas).

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Otro importante nombre propio es Albert Fish -aka El Hombre Gris o el Hombre lobo de Wysteria- que durante los locos años 20 se convirtió en el, probablemente, primer famoso célebre del ramo. Si bien su historia fue bastante típica/tópica en lo tocante al asesinato caníbal, sentó un precedente de esa morbosidad mediática a la cual ya hicimos referencia.

Ahora bien, si mencionamos casos mediáticos se nos hace imposible no hablar de Japón. Y es que algo chungo pasa con Japón.

Issei Sagawa, caníbal friendly.

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Nacido en Kobe en abril de 1949, Sagawa se hizo mundialmente famoso por matar y comerse a una joven en París.

El 11 de junio de 1981, mientras preparaba su doctorado en literatura de vanguardia en La Sorbona, invitó a cenar en su casa a Renée Hartevelt, estudiante holandesa. Una vez allí la mató de un disparo, practicó la necrofilia y se comió partes del cadáver a lo largo de tres días. Fue detenido por la policía francesa al intentar deshacerse del resto del cuerpo.

Tras confesar fríamente el delito, se le declaró irremediablemente loco y fue encerrado en un hospital psiquiátrico.
Una vez producida la extradición meses después, las autoridades japonesas le sometieron a nuevos exámenes y descartaron su demencia (el criterio de las autoridades japonesas podría dar para otro especial). En consecuencia, Issei fue trasladado a un centro de baja seguridad que le permitió salir en libertad a mediados del 86, gracias a la influencia de su padre.

Se dedicó a escribir novelas relacionadas con el canibalismo y publicó un libro en el que describe con absoluto lujo de detalles su delito (“In the fog”). Entre 1986 y 1997 fue tertuliano en programas de televisión, participó en la película “Uwakizuma” e incluso escribió como crítico gastronómico para la revista “Spa”. Entre sus trabajos también destacan los comentarios a crímenes ajenos, como los asesinatos de “Shonen A” en 1997.

¿Nos dejamos algo? Ah sí, cierto: los Rolling Stones le dedicaron una canción.

La aparición más reciente del proclamado Padrino del Canibalismo fue en 2009, en la entrevista “Who’s Hungry?” (¿Quién tiene hambre?) para la revista Vice.

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Pero a pesar de los innumerables casos famosos, seguimos prefiriendo las historias pintorescas más allá del espanto inherente al propio crimen.

Por ejemplo la figura de James Douglas, Earl de Drumlanrig y tercer marqués de Queensberry, también conocido como “El Caníbal idiota”. Por lo visto padecía algún tipo de discapacidad mental que le convertía en un individuo extremadamente peligroso. Por esta razón su padre, el duque de Queensbury, le mantuvo encerrado bajo llave en la casa familiar (que hoy forma parte del parlamento escocés). Durante las fiestas posteriores a la firma del Acta de Unión en 1707, James consiguió escapar de su encierro el tiempo suficiente para matar, cocinar y comerse a un criado. Respecto al tema sucesorio el asunto trajo varios dolores de cabeza a su padre, pero -por fortuna para él- James Douglas murió unos años después; pasando los títulos a su hermano menor. Como dato anecdótico: en los sótanos del Parlamento todavía se conserva el horno que utilizó para asar a su víctima hace 300 años.

Una parada importante en esta materia habría que hacerla en Italia, donde el tradicional talento culinario de las mujeres italianas alcanzó su máximo exponente en la década de 1930:

La jabonera de Correggio.

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Leonarda Cianciulli, conocida como “la jabonera de Correggio”, tuvo 17 embarazos. Perdió tres de ellos y diez de sus hijos murieron en la infancia. Esto volvió a la mujer extremadamente sobreprotectora con los cuatro que vivían, mientras empezó a culpar de todas sus desgracias a una supuesta maldición que su propia madre le había echado.

Cuando su hijo Giuseppe se unió a filas para la II Guerra Mundial, Leonarda llegó a la conclusión de que la única forma de proteger a su vástago sería mediante sacrificios humanos (suponemos que a través de algún tipo de encantamiento). Para ello planeó el asesinato de tres mujeres: Faustina Setti, Francesca Soavi y Virgina Cacioppo.

Todas fueron drogadas y asesinadas con un hacha. Troceó sus cuerpos y los disolvió en sosa cáustica para la fabricación de jabón perfumado. Su sangre coagulada fue desecada en el horno y mezclada con harina, azúcar, chocolate leche, huevos (y un poco de margarina). Luego utilizó esa masa para elaborar muffins que sirvió con té a las visitas.

Fue descubierta -y denunciada- por su cuñada. Durtante el interrogatorio y juicio no tuvo reparos en explicar con todo detalle sus actos (y recetas), por lo que fue condenada a treinta años de prisión y tres de manicomio. Falleció de una hemorragia cerebral en 1970, pero parte de su menaje de cocina todavía puede verse expuesto en el Museo Criminológico de Italia.

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Pero en fin, nos dejamos de divagaciones.

Estábamos diciendo que nos fascina la figura del experto práctico. Pero no la de estos que se entregan a la vileza y terminan comiendo humano por sabrá Dios qué razones. Nos fascinan aquellos cuyo motor es esa proverbial curiosidad capaz de matar gatos. Hombres y mujeres renacentistas; doctos en mil materias, con inquietudes, pocos prejucios y mucho estómago:

William Buehler Seabrook

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Esperad, ¿qué? ¿El escritor? Efectivamente: William Seabrook, el autor perteneciente a la Generación Perdida (junto a otros como Hemingway o Faulkner) fue escritor, ocultista, explorador… y caníbal.

Nacido en 1884 en Maryland, se crió en una familia religiosa que marcó su interés por el misticismo y la espiritualidad. Tras estudiar filosofía, ejerció como reportero en Georgia. Con 32 años se fue a luchar en la Primera Guerra Mundial, lo cual le valió la Croix de guerre por sobrevivir al gas mostaza en Verdún.

Tras la guerra se convirtió en corresponsal del New York Times mientras escribía sus libros y colaboraba con artículos en numerosas revistas. Pasó una semana con Aleister Crowley escribiendo sobre brujería (de cuya colaboración salió más tarde el libro “Witchcraft: Its power in the World today”) y viajó por Arabia viviendo con beduinos.

Fascinado por el satanismo y el vudú visitó Haití en 1927, lo cual le sirvió para escribir su obra más famosa: “La Isla Mágica”. Aquí fue donde empezó a interesarse por la antropofagia. Sus inquietudes sobre el tema le llevaron al oeste de África, donde convivió con la tribu Guere con la esperanza de documentarse sobre el canibalismo. No obstante, todas las descripciones que le ofrecía el jefe de la tribu le resultaban insatisfactorias.

Contrariado, William Seabrook puso rumbo a la Sorbona decidido a satisfacer su curiosidad. Allí -escamoteado por un contacto- consiguió un trozo de carne humana fresca procedente de hombre sano, fallecido en accidente de tráfico. Comió una parte estofada con arroz y otra asada y tras ello escribió:

Sabía bien, como ternera, pero no tan joven como cría ni tampoco como un filete de vacuno adulto. Fue talmente así, como ninguna carne que haya probado nunca. Una carne cerca de ser tan buena ternera que dudo que alguien con un paladar oridinario pudiese distinguirla de aquella.

En los últimos años de su vida, Seabrook volvió a viajar por África, estuvo internado en el psiquiátrico de Bloomingdale y se casó y fundó una agencia de publicidad (lo cual, si nos preguntan, nos parece bastante peor que lo del canibalismo). Seis años después de la boda, su adicción al alcohol y la práctica del sadismo abocaron su matrimonio al divorcio.

Al igual que otros autores de su generación, William Seabrook se quitó la vida en septiembre de 1940.

Y con esto nos despedimos hasta el lunes.
Mundo Extraño vuelve la semana que viene. Bon appetit!

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