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Un pescador siberiano pesca un dios de hace cuatro mil años (Hola, Dagón)

Un señor siberiano está examinando el contenido de sus redes y encuentra un objeto que parece una piedra. Va a tirarlo al agua de nuevo, pero algo se lo impide. Una especie de presentimiento le obliga a acercar la piedra a su cara y mirarla con más atención. El rostro tallado en un extremo del objeto le devuelve la mirada. Es una mirada seria, que proviene de unos ojos toscamente trazados, a la que miles de años de olvido han dotado de una furia indiferente.

El pescador guarda la figura y la lleva al museo local, donde los arqueólogos datan su creación. Se trata de un antiguo dios de la Edad de Bronce. Un ídolo que habrá sido adorado por sabe Dios qué criaturas, y al que sin duda habrán sido sacrificadas multitud de vidas. Una deidad de otro tiempo, cuyo poder remite a edades anteriores a la de la Ciencia y las Artes. El que en el pasado movió a pueblos de cazadores cubiertos de pieles a matar, amar, saquear y construir, ahora es un trozo de cuerno fosilizado en las vitrinas de un pequeño museo de Siberia, tan inofensivo como una moneda de cobre acuñada en Bizancio al final del siglo XII.

El pescador sabe que no es así.

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