Semana de Puertas Abiertas – I

Para comenzar con esta semana, nuestra lectora Laura RM nos trae una hermosa historia de cómo las ancestrales costumbres de un país en el que hay una dosis de endogamia que sería la envidia de cualquier caserío del norte de la Península pueden destruir las vacaciones de una niña, si se combinan con una burocracia inflexible. Disfrútenlo, sea cual sea su nombre.

Los oscuros recovecos del Comité de Nombres

‘Harriet’ no tiene declinación. ‘Harriet, Harrietae, Harriem’ no es una posibilidad lingüística en islandés, y por eso la hija de la familia Cardew, de padre inglés y madre islandesa, no tiene derecho a tener su nombre en el pasaporte. Ella y su hermano Duncan han viajado hasta ahora como Stúlka y Drengur Cardew: “Niña” y “Niño” Cardew. Pero ahora el Gobierno ha decidido aplicar la ley al pie de la letra, y exige a los ciudadanos que tengan nombres islandeses, o sea, como Dios manda.

La pequeña Stúlka tiene diez años y  Drengur, doce. Creemos que los cuentan desde que atravesaron el bautizo de fuego de los dragones familiares.

Islandia tiene un Registro Oficial de Nombres que incluye 1.853 femeninos y 1.712 masculinos, y un Comité de Nombres que decide si  el que le vas a poner a tu hijo vale o no. En caso de que el tuyo no esté en la lista, tienes que pedir un permiso especial a este organismo. No es tan orwelliano como parece: los críos de padres extranjeros se libran. El drama es el siguiente: el Comité de Nombres podría dejar sin vacaciones en Francia a la familia Cardew este verano, y han enviado un mensaje a la Embajada Británica para que les expedite un pasaporte urgente. La niña podría obtener un pasaporte con su nombre real si adoptara un segundo apelativo que sí formara parte del listado. Pero tengamos en cuenta que algunos de los nombres permitidos incluyen Aagot, Ásfríður, Bebba, Brá, Dimmblá, Eybjört, Glódís, Jórlaug, Obba, Sigurfljóð y Vagna. No es tan de extrañar que el padre considere el asunto “bastante tonto”.

Los nombres propios en Islandia, según detalla este artículo en el diario británico The Guardian, tienen especial importancia porque la mayoría de los apellidos simplemente denotan si eres hijo de tu padre o de tu madre. “Los descendientes de Jón Einarsson, por ejemplo, podrían ser Ólafur Jónsson y Sigríður Jónsdottir”, explica el artículo. El primero el hijo, la segunda la hija. Para evitar que todo el mundo se llame igual, en el listín telefónico aparecen por su nombre de pila.

Una madre puso hace 16 años un nombre de chico a su hija, Blaer. Significa “suave brisa”. Y durante toda su infancia la niña apareció en los documentos oficiales también como Stúlka. La madre se enzarzó en una batalla legal que finalmente ganó el año pasado, cuando un jurado de Reikiavik (cuyo alcalde opina que la norma es “estúpida”) aceptó Blaer como nombre de chica. Según este artículo de la BBC, la norma sirve para “cumplir con ciertas normas gramaticales y de género y de salvar al niño de un posible bochorno”. Del bochorno de no llamarte Vagna, evidentemente.

Islandia no es el único país que vela por los traumas de los niños. Japón y China también tienen leyes intervencionistas en este sentido. El Gobierno alemán impidió en 2002 a unos padres turcos llamar a su hijo Osama Bin Laden. Tampoco puedes ponerle Merkel, porque los apellidos germanos no pueden usarse como nombres de pila. Una desgracia. Y Nueva Zelanda prohibió poner a un bebé 4Real porque los apelativos no pueden comenzar con un número; también una auténtica pena.

 ACTUALIZACIÓN – Queremos aprovechar la entrada para agregar la información aportada por otro lector. Zaraphiston nos deleita con la existencia de una aplicación para evitar el incesto en Islandia. En esencia la idea es acercar los teléfonos para comprobar que los usuarios no son primos.

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