Semana de Puertas Abiertas – III

Llegamos a la mitad de esta semana de Puertas Abiertas con una historia de las que nos gustan, de gente muy loca que hace cosas propias de gente muy loca. El ilustre Usagi2099, que vive aquí, nos trae la historia de la familia Lykov, campeones de las decisiones desafortunadas y rusos de pro.

La familia Lykov

Es de esperar que a estas alturas queden pocas dudas de que habitamos un mundo extraño; el más apacible de los entornos puede haber sido testigo de las más asombrosas historias, el lugar más anodino puede contener recuerdos de la truculencia más insospechada. Dicho esto, ¿se distribuye la rareza de manera uniforme por todo el planeta? Es evidente que no.  A efectos de lo extraño hay regiones que parecen más propicias que otras. Y pocas como la sagrada madre Rusia, donde la caída de los meteoritos puede seguirse segundo a segundo gracias a que los conductores llevan cámaras en el salpicadero para evitar estafas y abusos por parte de sus conciudadanos.

Claro, que en 1936 no había ni cámaras ni salpicaderos. No sabemos si hubo meteoritos. Lo que sí hubo fueron purgas religiosas por parte de las muy ateas autoridades bolcheviques. La familia Lykov pertenecía a los “Viejos creyentes”, una rama cristiana ortodoxa particularmente perseguida durante los tiempos de Pedro el Grande. Como buena ortodoxia, sus preceptos eran muy estrictos e imponían todo tipo de prohibiciones, incluyendo la de cortarse la barba. Cuando los Lykov (en aquel entonces los padres Karp y Akulina y sus dos hijos Savin y Natalia de 9 y 2 años respectivamente) vieron el percal decidieron cortar por lo sano y huir lejos para poder vivir de acuerdo a sus creencias. Hasta aquí todo correcto, pero no olvidemos que además de cristianos ortodoxos, eran rusos. Extraños. Puestos a emigrar, lo suyo es elegir un lugar tranquilo, agradable para la vida contemplativa, relajado. Un lugar como Siberia (ojo, no confundir con la región extremeña del mismo nombre). Los cuatro cargaron sus pertenencias (incluyendo un telar, porque eso es lo que toda taiga despoblada necesita, un buen telar) y se internaron en una región remota, a más de 250 km del humano más próximo. Insistimos, con un telar. A cuestas. Y dos niños.

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Las condiciones de vida en su nuevo hogar eran duras pero, es importante no olvidar esto, no dejaban de ser rusos. La familia construyó una cabaña cuya estabilidad daría para otro monográfico de Mundo Extraño, y se instaló como pudo. Una vez allí, en medio de la nada, tuvieron dos hijos más. Porque de alguna manera habría que matar el tiempo, suponemos. En 1940 nació Dimitry, y en 1943 Agafia. Con el tiempo las condiciones empeoraron. La ropa se convirtió en harapos hasta consumar su desintegración, siendo sustituida con el tiempo por prendas confeccionadas a partir de corteza de sauce. Los objetos de metal se oxidaron hasta quedar inservibles (adiós, joven telar, fue un placer haberte conocido). Sin armas ni material de trampeo, su única forma de cazar era perseguir a la presa hasta que cayera exhausta. De todas formas, al ser casi todos sus utensilios de madera, apenas podían cocinar nada.

A finales de la década de los 50 llegaron los años del hambre. Cada año debían reunirse en un consejo y decidir si se comían todas las reservas o si guardaban parte de las semillas para sembrar de cara al año siguiente. Aun así, el auténtico desastre llegó en 1961, con la nevada de junio que acabó con su cosecha. Para la primavera siguiente apenas tenían nada que llevarse a la boca salvo sus zapatos y la corteza de los árboles. Se los comieron. Akulina decidió sacrificarse por sus hijos y murió de inanición. El resto de la familia sobrevivió gracias a un único grano de centeno que logró germinar. Lo guardaron día y noche, lo protegieron del frio y de los malditos roedores, hasta le construyeron una cerca. Por fin produjo otras 18 semillas, gracias a las cuales pudieron empezar a recuperar su cosecha.

En 1978 un grupo de geólogos que sobrevolaba la zona los encontró por casualidad. Tras entablar conversación con ellos les contaron toda su historia. El mundo que les describieron había cambiado tanto que apenas lo reconocían. Se negaron a aceptar la idea de que el hombre hubiese llegado a la Luna, pero no tuvieron problemas en aceptar la existencia de satélites artificiales. Al fin y al cabo, hacía tiempo que se habían percatado de que algunas estrellas se movían de modo anormal.

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Tres años después de la llegada de los geólogos, en 1981, Natalia, Savin y Dimitry murieron de forma inesperada. Karp les siguió en 1988. Desde entonces, Agafia sigue allí, en la taiga. Rusos. La gente extraña del mundo extraño.

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