Semana de Puertas Abiertas – V

Esta semana hemos tenido un poco de todo: reyes, supervivientes, no supervivientes, niñas que no se van de vacaciones por culpa de un comité, niñas asesinas. Para terminar con los fastos del hemianiversario, Ramón Carrero (véase) nos trae a un señor que jugó con la muerte mucho rato, hasta que se aburrió. Por el avance de la ciencia, decía. Pasen a ver.

El profesor que se ahorcó doce veces en nombre de la Ciencia

La Medicina cuenta con una larga tradición de investigadores que por falta de voluntarios o por razones éticas deciden experimentar consigo mismos. Esta práctica, en ocasiones heroica, puede parecer ligeramente loca o suicida, pero el avance de la Ciencia, iluminar un pedacito del inmenso mar de la superstición y la ignorancia, justifica todo experimento temerario. Eso fue lo que intentó nuestro siguiente personaje.

En los primeros años del siglo XX, el profesor del Instituto de Medicina Legal de Bucarest, Nicolae Minovici (1868-1941) emprendió un exhaustivo estudio de la muerte por ahorcamiento. Su trabajo vería la luz en 1905 en un volumen de casi 300 páginas titulado Étude sur la pendaison. En su libro, Minovici analiza unos 200 casos de muerte por ahorcamiento, clasificándolos según criterios tan extravagantes como la circunferencia del lazo o las reacciones de los ahorcados. Pero no se quedó ahí. Inspirado por sus macabras investigaciones, el señor Minovici decidió averiguar de primera mano qué se sentiría al morir de esta manera.

El profesor abordó la tarea construyendo su propio dispositivo de auto-afixia: un nudo de ahorcado (con dinamómetro incorporado) atado a una cuerda que pasaba por una polea sujeta al techo. Minovici se acostó en un catre, puso su cabeza a través de la soga, y tiró con firmeza del otro extremo de la cuerda. El lazo se apretó, su rostro se tornó morado, la vista empezó a volverse borrosa y oyó un silbido. Duró solo seis segundos antes de que empezara a perder la consciencia, lo que le obligó a detenerse.

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Primer experimento

Avergonzado por estos primeros resultados y decidido a perfeccionar el valor forense de sus investigaciones (pocos se ahorcan tumbados), en la siguiente fase de su estudio Minovici se valió de varios ayudantes. Puso el nudo corredizo alrededor de su cuello, y sus asistentes tiraron del otro extremo de la cuerda con todas sus fuerzas, lo que levantó varios metros del suelo al valiente profesor. Inmediatamente sus ojos se cerraron y se obstruyeron sus vías respiratorias. Hizo señas frenéticamente para que lo bajaran.

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Segundo experimento

A pesar de que repitió el experimento una docena de veces, Minovici reconoce avergonzado en su libro que no pudo aguantar suspendido en el aire más que unos pocos segundos debido al dolor extremo. En el último de sus intentos, Minovici sufrió varias lesiones en el cuello que le impidieron tragar durante meses.

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Lesiones

Tras dar a conocer al mundo sus investigaciones sobre la asfixia, Minovici se dedicó a menesteres menos masoquistas. Al año siguiente de publicar su libro, Minovici pagó con dinero de su propio bolsillo el primer servicio de ambulancias de la capital rumana y varias décadas más tarde, un hospital. Apasionado por el folclore de su patria, fundó en su domicilio un museo de arte popular rumano que aún sigue abierto y publicó un libro sobre la entonces reciente moda de los tatuajes.

Mundo Extraño vuelve la semana que viene.

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