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Si al ver la imagen de arriba ha visto usted un señor, no se sienta mal. Trescientos marineros franceses estuvieron un año entero viendo a Jeanne Barret a diario y solo algunos sospecharon que bajo esa ropa había una fémina.*

Podríamos recrearnos en su infancia y su formación como herborista, o en cómo Philibert Commerçon, naturalista, se la encontró recogiendo hierbas por su pueblo de Borgoña, vio lo que controlaba de plantas y raíces y la contrató como ayudante interna, antes de que se convirtieran en amantes. Y de cómo vieron, en 1766, que lo que tenían que hacer era practicar la movilidad exterior y embarcarse con Louis Antoine de Bougainville en su viaje alrededor del mundo.

Pero vamos a empezar el relato en ese punto, en el que deciden que se van a tierras extrañas a buscar flores. Y se plantea el problema de cómo hacer que una mujer sea aceptada en el barco.

Respuesta sencilla: no se puede.

Respuesta larga: se disfraza a la mujer de hombre, con unas tiras de tela bien apretadas para disimular los pechos. El naturalista jefe, Philibert se enrola en el barco. Un joven de aspecto delicado aparece casualmente en el puerto el día del comienzo de la expedición, diciendo que tiene conocimientos de herboristería. Es aceptado por el capitán porque el botánico necesita un ayudante, y este lo admite a regañadientes en su camarote.

El viaje no tuvo que ser fácil para Jeanne, Jean a bordo, que tenía que respirar flojito por culpa de los vendajes. Los marineros sospecharon, claro, al ver a alguien tan celoso de su intimidad, que ni se desnudaba ni defecaba con los demás. Y aquí Jeanne tuvo un golpe de genio: justificó su timidez diciendo que había sido capturado y castrado por los otomanos, y que claro, no le apetecía que vieran el estropicio. Eso, junto con el hecho de que llevaba TODOS los cacharros de naturalista del vago de su jefe/amante, que pesaban bastante, y trabajaba tan duro como el que más, hicieron que los marineros dejaran pasar la sospecha.

No debemos olvidar que fingir que era un hombre no era un fin en si mismo, sino un medio para poder descubrir plantas, animales y maravillas diversas. El hallazgo más relevante tuvo lugar en Brasil, donde Jean y Philibert bautizaron una planta de colores vivos como buganvilla, en honor al capitán.

Fue al llegar a Tahití cuando se descubrió el pastel. Hay tres versiones de cómo ocurrió, y la tercera no es agradable. Quien quiera saltarse la c), adelante.

a) Según el capitán Bouganville, nada más bajarse del barco los tahitianos huelen que es una mujer, la señalan con el dedo y ella confiesa. No vamos a entrar en los múltiples problemas morales y biológicos que plantea esta versión.

b) Un tahitiano sube al barco, se da cuenta -porque tiene ojos, no como los 300 marineros, que manda narices- de que Jean es una mujer vestida de hombre y se refiere a él con la palabra tahitiana para “mujer que viste como un hombre”, para indicar que es algo común en Tahití también. Consigue hacérselo entender al capitán Bouganville, el engaño queda revelado.

c) Los marineros ya sabían lo que había, y tras llegar al siguiente puerto, esperan a que Jean esté solo, lo obligan a desnudarse y la violan en grupo.

Jeanne pasó el resto del viaje encerrada en su camarote, y nueve meses después dio a luz a un niño. El capitán, que no quería líos, dejó allí a Philibert, Jeanne y su hijo, con una excusa bastante regular que le salvaba la papeleta. Se mudaron con el gobernador, también naturalista, Jeanne dio al niño en adopción, Philibert murió, ella se casó con un soldado francés y en 1774 volvieron a Francia.

Y así, casi sin darse cuenta y tras ocho años, Jeanne, la descubridora (europea) de la buganvilla completó la primera vuelta al mundo dada por una mujer. Allí la esperaba el pago de la familia de Commerçon por el tiempo que había pasado trabajando para Philibert, además de una pensión de 200 libras anuales por parte de la marina francesa, parece que proporcionada por el capitán Bouganville, que se hizo famoso gracias a ese viaje.

Addenda: En esta historia hay una intervención no demasiado relevante del príncipe de Nassau-Siegen, que llevaba tacones, peluca y siempre iba muy arreglado, blanco de las bromas de la marinería por encima del discreto Jean. Lo dejaremos fuera del asunto, salvo para citarlo en sus palabras sobre Jeanne:

I want to give her all the credit for her bravery, a far cry from the gentle pastimes afforded her sex. She dared confront the stress, the dangers, and everything that happened that one could realistically expect on such a voyage. Her adventure, should, I think, be included in a history of famous women.

*A lo largo de todo este texto se van a emplear visiones dicotómicas y arcaicas sobre lo masculino y lo femenino, salvo que se indique lo contrario. De otra forma, sería muy complicado entender las reacciones de la marinería francesa del XVIII, poco versada en teoría de género.

Mundo Extraño vuelve la semana que viene.

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