Especial Animales II – Violencia animal

La entrada de ayer ya hizo patente que, si se trata de extrañezas, los animales pueden mirar a la cara a los humanos y decirles, sin que les tiemble el hocico, el pico o las antenas: “Soy más raro que tú, y lo sabes.”

Es evidente que es difícil para un humano competir con seres que controlan el sistema motor de sus presas o cazan calamares gigantes a miles de metros de profundidad. Y eso de normal, sin esforzarse por llamar la atención.

Pero los humanos tenemos la ventaja de disponer de un amplio rango de motivaciones -poder, riqueza, satisfacción de bajas pasiones, hacer daño al prójimo, hacer el bien, componer un soneto mejor que los de Paco el de tercero B- y una pléyade de herramientas a nuestra disposición, elementos que combinados dan lugar a, bueno, casi todo lo que pueden ver en nuestros archivos.

No ignoramos que gran parte de dichos archivos versan, de una forma u otra, sobre la violencia. Sea porque sabemos que el sensacionalismo vende y que el público quiere sangre vivimos en una sociedad en la que la agresividad es un rasgo positivo o porque, de alguna forma, la humanidad alcanza las más altas cotas de originalidad al esforzarse en hacer daño, es un hecho que las golpizas, apuñalamientos, ejecuciones, guerras y envenenamientos están muy ligadas a lo extraño.

Así que, llevados por el espíritu científico, decidimos someter a nuestros amigos los animales a un test que nos pareció justo: veamos si, en un tema en el que los humanos dan lo ¿mejor? de sí mismos, ellos son capaces de mantener el tipo.

Spoiler: sí.

Tomemos, por ejemplo, a nuestros primos los chimpancés y la guerra de Gombe.

Este episodio, famoso porque la naturalista Jane Goodall estaba estudiando a los grupos de chimpancés implicados, tuvo lugar entre 1974 y 1978 en Tanzania. Aunque hasta 1971 habían sido una comunidad cohesionada, entre ese año y el comienzo de la guerra algo hizo que empezaran a dividirse en un grupo (Kasakela, norte) de diez adultos y sus crías, y otro (Kahama, sur) de veinte adultos y progenie. Durante los cuatro años de guerra, el grupo -¿tribu? ¿Familia? ¿INCIPIENTE IMPERIO?- del norte mató a los seis machos adultos del norte y a una de las hembras, hizo huir a dos de las hembras y violó y golpeó a otras tres. Al finalizar de la guerra, el territorio de los Kahama fue anexionado por los Kasakela. Las escenas que presenció Goodall le produjeron pesadillas durante años. Pero dejemos que lo cuente ella.

For several years I struggled to come to terms with this new knowledge. Often when I woke in the night, horrific pictures sprang unbidden to my mind—Satan [one of the apes], cupping his hand below Sniff’s chin to drink the blood that welled from a great wound on his face; old Rodolf, usually so benign, standing upright to hurl a four-pound rock at Godi’s prostrate body; Jodeo tearing a strip of skin from Dé’s thigh; Figan, charging and hitting, again and again, the stricken, quivering body of Goliath, one of his childhood heroes.

Aparte de la medalla que hay que darle al lumbreras que bautizó como Satán a uno de los simios, no parece que estas simpáticas criaturas se arredren cuando se trata de sembrar el terror. No vamos a decir que sean más letales que los humanos, pero tampoco andan lejos.

Comparados con las avispas japonesas, sin embargo, son niños de guardería peleándose por una piruleta. Estos monstruos del infierno son parientes de los que periódicamente aparecen en las noticias, a punto de invadir Europa -aquí debemos señalar que cualquier cantidad de sensacionalismo y precaución nos parece poca ante un posible ataco de estas criaturas de pesadilla. Si esta invasión se materializase, abogaríamos sin dudarlo por la expedición de permisos de armas pesadas a toda la ciudadanía.

En este para nada dramático fragmento de un documental podemos ver cómo treinta de estos engendros demoníacos aniquilan a treinta mil abejas. Como lo de Termópilas, pero con mucha más muerte. El que no llore con esto es que tiene el pecho vacío. Y el que duerma tranquilo después es un inconsciente.

Y, si hablamos de violencia animal y faltar trozos, no podemos menos que referirnos a los soldados japoneses que lucharon en la batalla de Ramree. En esta isla de la costa birmana tuvo lugar durante la Segunda Guerra Mundial una batalla que no nos interesaría en absoluto -dos imperios peleándose por un islote  de cierto valor estratégico; ya lo hemos visto antes-, si no fuera por lo que ocurrió con quinientos soldados japoneses que intentaban huir de las tropas británicas.

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Tras ser derrotados, unos mil soldados japoneses huyeron hacia los pantanos de la isla. Desgraciadamente, los habitantes locales eran cocodrilos de seis metros de largo y más de mil kilos de peso, con tendencia a considerar a los humanos como comida rápida. Quinientos soldados consiguieron atravesar los pantanos, veinte fueron capturados por los británicos y más de cuatrocientos, bueno, es un ciclo sin fin.

Pese a que creemos haber aportado pruebas suficientes de la aptitud de los animales para la violencia, entendemos que haya alguien lo bastante tiquismiquis como para hacer ver que ninguna de las especies elegidas es TAN violenta, y que hemos utilizado tramposamente la acumulación para inducir esta falsa impresión en los lectores.

Nada más lejos de la realidad: solo estábamos intentando prepararles para enfrentarse al superpredador, al animal que, de ser conocido por chimpancés, cocodrilos, avispas o el mismo Yog-Sothoth, le impediría dormir por la noche.

Hablamos del rayo blanco.

El misil de punta amarilla.

La muerte que llega desde el cielo.

El asesino de la orilla.

La gaviota.

Este animal, que en ocasiones es despreciado como la paloma de la playa -lo que la convierte en la rata de la playa-, que hace bonito en las fotos, que merodea alrededor de los chiringuitos y puertos, es en realidad un terrible depredador capaz de sembrar el terror entre aves y mamíferos por igual. Y no hablamos solamente de palomas y conejos -que ya está bien: ¿alguien ha intentado tragarse un conejo entero alguna vez? Pues eso-, sino de buitres y ballenas.

Parémonos a pensar en esto un momento. Visualicemos un buitre leonado.

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Ok. Asesinado por gaviotas. RIP.

Pero el asunto no acaba en asesinatos dentro del mundo animal, no. En Reino Unido la cosa está tomando un cariz preocupante, si hacemos caso a esta guía para sobrevivir al ataque de las gaviotas. Aparte de dar consejos para evitar convertirse en una víctima más de la eterna guerra de las gaviotas contra la Creación, se reseñan ataques contra ancianos, niños, y adultos, con al menos una muerte por infarto post-agresión pajaril. No es cosa de broma. Tampoco se les puede acusar de ocultar sus intenciones, eso es verdad.

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Afortunadamente, y pese a lo que pueda leerse por ahí, todavía no tienen poderes extrasensoriales. Pero imaginen que llegaran a algún tipo de alianza con las cacatúas.

Qué escalofrío más tonto, ¿eh?

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