Animales IV – Depredadores

De acuerdo, de acuerdo. Los animales pueden ser extraordinarios y terribles. Pero nosotros, los humanos, siempre los tratamos bien, sin aprovecharnos de nuestro superior intelecto y acceso a venenos y armas de diverso tipo para hacerles daño sin justificación.

¿Por qué me miran así?

Vale, en ocasiones hay que ponerse serio con los bichos. Si hay que elegir entre un leopardo y una campesina india, yo sé de parte de quién estoy. Siempre que no se trate de una boda. Ahí ya que se apañen. Y miren, no puedo echarle en cara a Hugh Glass que se cargara a esa osa gigante. Su trabajito le costó, y tampoco creo que estuviera para ponderar las implicaciones morales de su acción. Seguro que los meses que pasó con la caja torácica al aire le sirvieron para reflexionar.

¿Los cerdos vietnamitas de Benidorm? Bueno, eso estaba justificado, ¿no? Vale, regular. Pero les hicieron un favor. Que estaban viviendo en Benidorm, comiendo las sobras de los hoteles. Se merecían algo mejor. Igual no ser cazados por un francotirador, pero desde luego tampoco esa vida.

Sigo viendo miradas de escepticismo. Ah, el escrutinio del público, la permanente exigencia de calidad y veracidad. Vivimos para ustedes, hermosos.

Sí, el comportamiento de los humanos para con los animales es, en ocasiones, algo menos que ejemplar. Es verdad que alguno de los desmanes pueden atribuirse a la torpeza o la falta de atención más que a un auténtico ensañamiento, como en el caso de la jirafa que murió al golpear un viaducto con la cabeza mientras la transportaban en Sudáfrica, pero eso no exime de culpa a los humanos que decidieron que llevar dos jirafas en la caja de un camión era buena idea.

Pero hay casos que ni el supremacista humano más ferviente podría justificar. Ok, él sí. Al fin y al cabo, es el supremacista humano más ferviente. Pero poca gente más. Procedemos, con la intención de arrojar algo de luz sobre esta componente de la compleja dimensión entre humanos y animales, a citar algunos ejemplos de auténticas putadas perpetradas por nuestra especie.

La principal forma de interacción violenta del humano con el animal -si exceptuamos lo que viene siendo toda la parte de criarlos en condiciones que en general dejan bastante que desear, matarlos y comérnoslos– es la caza. Esta, si bien tener consecuencias adversas para el cazador, en particular si su inteligencia se asemeja a la de la presa, suele tener como principal resultado la muerte de animales.

Pero incluso aquí hay que hacer distinciones. Una cosa es organizar batidas de cazadores armados con arcos para evitar la superpoblación de cabras montesas en la sierra de Madrid, con las cómicas posibilidades que ello conlleva (estamos pensando caricaturescas imágenes de señores vestidos de verde oliva llegando al hospital con una flecha alojada en las nalgas), y otra muy diferente el exterminio sistemático de una especie en cuestión de décadas.

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Hay varios motivos detrás de la extinción del bisonte americano por parte de los colonos blancos, y ninguno es limpio que digamos. En primer lugar, está lo evidente: las pieles y la grasa de bisonte se vendían muy bien, tanto en las Grandes Llanuras como en la costa este. Y, con sesenta millones de animales correteando por las praderas, es razonable pensar que los tramperos, colonos y hombres de la frontera en general vieran aquello como montones de dinero moviéndose de un lado a otro. Y se dieran cuenta de que el paso intermedio era transformarlos en montones de cadáveres que despellejar y vender. Por si esto fuera poco, hay bastantes pruebas de que, durante la guerra entre el recientemente ejército de los Estados Unidos y las naciones indias, la destrucción sistemática de manadas de bisontes y otros animales, fundamentales para la supervivencia de las tribus nativas, se convirtió en una táctica ampliamente utilizada. Crueldad contra los animales como instrumento para hacer daño a otros humanos, el pack completo.
 

Aunque no podemos afirmar que las extinciones provocadas por humanos no se den ya -más bien al revés-, queremos centrarnos en un par de episodios contemporáneos que, aparte de mostrarnos dos formas completamente diferentes de hacer daño a los animales, ilustran aspectos de la humanidad que son, en el mejor de los casos, difíciles de justificar.

Nuestro siguiente ejemplo de agresión humana a los animales es complicado y largo de explicar, pero uno de sus protagonistas lo cuenta con mucho detalle en este artículo. Es bastante sorprendente, y recomendamos la lectura completa, pero se resume en la compra en Guatemala de un par de docenas de tortugas recién nacidas en la costa Pacífica y su traslado al Caribe, un viaje de ochocientos kilómetros, para participar -involuntariamente- en un videoclip de Amaral. Insistimos en que la lectura de la cadena de circunstancias que acabó con Matilda, la más despierta de las tortugas, nadando frente a un sapo que había sido previamente golpeado en la cabeza con una zapatilla para que no se moviera es prácticamente imprescindible.

Terminaremos con uno de esos temas que siempre están ahí cuando se habla de la España profunda, aunque pocos se atrevan a mencionarlos en voz alta, ya se a por corrección política o porque saben que, de haber estado ahí, no se habrían comportado de forma diferente. Hablemos del amor interespecies, en particular el que une en indisoluble vínculo al humano y el ganado. Y centrémonos en unos individuos que decidieron robar treinta ovejas a un pastor de Girona. No nos resulta inconcebible: a unos sesenta euros el animal, es un pico importante el que te llevas, aunque tengas que repartir. Las vendes, las crías, lo que te parezca. Tú sabrás. No, no, no lo cuentes. Tú sabrás, en serio. No… No les bastó con el robo: decidieron violar a uno de los animales, grabarlo en vídeo y mandarle el archivo al legítimo dueño de la criatura. Renunciamos a intentar entenderlo. De hecho, estamos haciendo un esfuerzo consciente por no comprenderlo. E intentar olvidar que hay gente así. Pero no podemos.

Cuiden su ganado, por favor. Por ellos, por ustedes.

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