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Misteriosos payasos armados siembran el pánico en el norte de Francia

Los payasos son criaturas del mal que causan incontables quebrantos en todas las esferas de la vida. Pero normalmente no atacan a niños con palos y armas de plástico [aquí tenemos que reconocer que el titular del Hoy consigue es una de esas cosas que nos habría gustado escribir a nosotros. Qué concisión y sensacionalismo, qué carácter].

Esta historia, que pese a lo prometedora que resulta no es tiene mucho más recorrido -de momento: no perdemos la esperanza de que aparezca un movimiento como los juggalos, pero más elegantes y hablando peor inglés- nos permite recordar al payaso de Northampton, una terrorífica aparición que hace un año aterrorizó -atención a la nota en este enlace, al final- a este hermoso pueblo inglés, hasta que, por desgracia, fue desenmascarado.

Habría sido mucho mejor si, como se especuló, fuera un payaso maligno invocado/subcontratado por Alan Moore.

Misteriosos payasos armados siembran el pánico en el norte de Francia

Vídeo

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En 1994, Chemi Márquez Morales tuvo un accidente de moto en la Gran Vía de Granada. El coche que lo atropelló no consiguió arrebatarle la vida, pero sí el dedo meñique del pie derecho. A cambio, Chemi obtuvo una indemnización que empleó en comprar una casa en el Albaicín, su barrio. Hasta ahí, bien.

Resulta que, no sabemos si transido de dolor o por dar el espectáculo, el mutilado Chemi decidió organizar un entierro para el dedo, que había pedido a los médicos que no tiraran. Llegados a este punto, la historia podría haber acabado mal: enterrar un dedo, por gracioso que sea, no está a la altura de comérselo. Afortunadamente, el dedo tenía otro destino en mente.

Porque fue el fantasma del dedo, no hay duda, el que impulsó a Chemi a desenterrar su miembro conservado en formol -hombre prudente, hay que reconocerlo- y trasladarlo al patio de su casa. Eso dio lugar a una procesión anual en la que Chemi y sus amigos -que dejaron de ser jóvenes en algún momento, Ideal de Granada, que hace veinte años de aquello-, junto con turistas y el que aparezca por allí, pasean el dedo incorrupto por el Albaicín, comenzando y terminando en el Carmen del Meñique, hogar de Chemi y lugar de eterno reposo de su dedo perdido.

Y, a falta de canibalismo, está el besapiés a Chemi al terminar la procesión. Que no vamos a juzgar porque creemos en la libertad de culto casi todos los días del año.

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Íbamos a pedir perdón por insistir con las mujeres guerreras, después del viernes y el lunes pasado. Pero la verdad es que si a alguien no le gusta la mujer ilustre de hoy es que no ha entendido de qué va esto.

Vamos a hablar de Mayssa Abdo aunque podríamos referirnos a otras muchas. Mayssa Abdo, conocida como Narin Afrin, es una de las comandantes de la milicia YPG en Kobane. Si bien sus logros hasta el momento no son comparables a los de Roza Shanina -seamos sinceros, pocos lo son-, defender una ciudad asediada por tres flancos durante mes y pico contra una fuerza superior en número y armamento -mientras se facilita la huida a la población civil- no es poco.

Desde el 16 de septiembre, unos 1800 kurdos defienden Kobane, una ciudad que tenía 300.000 habitantes –con un sistema de autogobierno y participación democrática que ya quisiéramos en España– de un grupo jihadista del que ya hemos oído hablar todos. Lo que nos importa aquí es que los combatientes del grupo son más de 9000, cuentan con tanques y armamento pesado y reciben refuerzos continuamente. Y no parecen muy dispuestos a respetar el autogobierno y la posición de casi igualdad respecto a los hombres que disfrutan las mujeres kurdas, si conquistan la plaza.

De momento, y pese al escaso apoyo del ejército americano, que bombardea otras posiciones del ISIS con mucha más alegría, y la abierta oposición de Turquía, Kobane resiste. No sabemos cuánto tiene que ver el miedo que dicen las milicianas kurdas que inspiran en los corazones de los jihadistas, pero el hecho es que están aguantando mucho más de lo que nadie esperaba. Y esperemos que sea suficiente para que reciban apoyo y consigan romper el cerco.

Porque el lema de Mundo Extraño es “mantengámoslo así”: mantengámoslo extraño y lleno de Maravilla. Y pocas cosas más extrañas que un pueblo que, pese a décadas de represión, se autogestiona y mantiene estándares más igualitarios que los de cualquier estado democrático. Mucho mejor, en cualquier caso, que una gente cuya idea de convencerte en una discusión es prenderle fuego a tu granja y matar a tu familia.

Y, sobre todo, porque estamos convencidos de que a Abu Bakr al-Baghdadi no le gustaría Mundo Extraño si lo conociera, pero nos encantaría que Mayssa Abdo nos contara cómo cruzó la frontera entre Turquía y Siria para impedir que Kobane cayera. 

Nota: en el momento de publicar esto, Kobane seguía resistiendo, y el YPG había recuperado algo de terreno, apoyados por los bombardeos americanos.

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Roban tres (o cuatro) gárgolas de 1500 kilos de una iglesia

La crisis de la construcción se cobra víctimas de todo tipo. En general, personas que se quedan sin trabajo. En casos -afortunadamente- más escasos, personas que mueren aplastadas al caérseles casas encima (sí, ese enlace es de algo que pasó hace casi cincuenta años, pero creía que a estas alturas teníamos claro que construcción lleva siendo motor de crisis desde hace tiempo).

No teníamos constancia de que también afectara a seres mitológicos. Pero eso ha ocurrido en Worcester, Massachusetts: desmontaron unas gárgolas de 1500 kilos por motivos de seguridad y las almacenaron en un sótano. La empresa que hizo el trabajo quebró y todas sus posesiones fueron subastadas. No está claro si las gárgolas, que no estaban inventariadas ni nada, corrieron la misma suerte o, en cambio, han acabado en un castillo medieval en lo alto de un rascacielos.

Los que construyeron la iglesia en Worcester como una réplica a escala 1/5 de Notre Dame no pensaron que su pastiche neogótico victoriano fuera a heredar las propiedades mágicas del Viejo Mundo, pero ahí lo tienes.

Roban tres (o cuatro) gárgolas de 1500 kilos de una iglesia

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Mil jóvenes abandonados en una capea ilegal

No vamos a decir que se lo merecen. Para nada.

De hecho, ojalá haber estado allí.

Ojalá haber sido engañados por una marca de ropa llamada Mr. Happiness (puntos por absoluta falta de originalidad; no pinchen en el enlace o verán cosas como esta mierda infecta). Nos encantaría haber llegado a un pueblo en medio de la nada, a sesenta kilómetros de Madrid, tras pagar treinta o cuarenta euros. Escuchar un rato de música junto a otras tres mil personas en una carpa, mientras fuera empieza a llover. Bailar y ver unas cuantas vaquillas corriendo en círculos. Y notar cómo poco a poco la música y el movimiento de los animales nos va transportando a un estadio más primitivo.

Ah, luchar contra nuestros semejantes, volver al estado hobbesiano por unos bocadillos lanzados sobre nuestras cabezas. Ser reprimidos por la Guardia Civil, sentir nuestros pechos arder con la furia del que se enfrenta a un orden injusto. Notar el mordisco del frío, alzar la cabeza y decir que ya está bien, que me vuelvo a casa. Luchar, de nuevo, por un sitio en un autobús, sin éxito. Gritar a estos nuevos perros del sistema, que se niegan a llevarme a casa, hasta entender que he sido masticado y escupido por una maquinaria irracional, inhumana.

Unirnos, todos los desheredados, bajo la lona de la tienda, entre los restos de la fiesta. Encontrar la solidaridad de mis semejantes y encender una hoguera con los plásticos de los bocadillos y las patas de las sillas del catering. Aspirar el humo negro, probablemente tóxico, que se eleva hacia el techo de la carpa. Contemplar las sinuosas llamas, que oscilan entre las paredes de lona, ora iluminando la cara de otro aficionado a los toros, ora lamiendo los flancos de la tienda.

Decidir que no vamos a esperar la muerte ahí dentro, no señor. Somos jóvenes, la sal de la tierra, el futuro de este agotado país. No necesitamos que nadie nos salve. Podemos ir andando al pueblo más cercano, y ahí ya se verá.

¡Oh, ser pastoreado por la Guardia Civil a lo largo de la carretera con mis compañeros de armas!

Ojalá haber formado parte de esa expedición de seiscientos jóvenes borrachos, un auténtico cuerpo de ejército derrotado pero no hundido, supervivientes de la capea, dispuestos a todo con tal de volver a casa. Scott y Admunsen no se vieron en una así.

Pero no somos ellos, y tenemos que limitarnos a contarlo.

Mil jóvenes abandonados en una capea ilegal

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Dado el arrollador éxito de nuestra mujer ilustre del viernes, queremos hacer unas addenda a esa historia:

Durante la II Guerra Mundial 800.000 mujeres llegaron a servir en el ejército de la Unión Soviética. De entre ellas, casi 2.500 lo hicieron como francotiradoras.

Como ya mencionamos en la anterior entrada, Rusia creó la Academia Central de Mujeres Francotiradoras en Podolsk, un centro de entrenamiento con un programa adaptado a las féminas. Y aunque eso pueda prestarse a chistes de mal gusto, lo cierto es que los soviéticos vieron que las mujeres eran más pacientes, evitaban mejor el combate cuerpo a cuerpo y no necesitaban intenso entrenamiento aeróbico. En consecuencia, se les enseñó a manejar los rifles como herramientas de precisión (a diferencia de al resto de soldados que eran enviados al frente casi de inmediato).

Las unidades de mujeres francotiradoras fueron un triunfo durante la etapa defensiva de la URSS (entre 1941 y 1943). Comprobados los problemas para sustituir mandos en campaña, las órdenes soviéticas se centraron en neutralizar tiradores nazis y disparar a matar a cualquier oficial a la vista.

¿Resultado?

Las doce damas que iluminan la foto de arriba (tomada en Alemania en 1945) suman un total de 775 bajas alemanas confirmadas.

De abajo a arriba son: la sargento VN Stepanov, sargento JP Belousov y la sargento AE Vinogradov. Segunda fila: la teniente EK Zhibovskaya, sargento KF Marinkin y la sargento OS Marenkina.
En la tercera fila: la teniente NP Belobrova, teniente N. Lobkovsky, teniente VI Artamonov y la sargento MG Zubchenko. Arriba del todo están la sargento NP Obukhov y la sargento AR Belyakov.

Y si bien decidimos escoger a Roza Shanina para el viernes, conviene recordar que la mejor francotiradora de la historia fue Lyudmila Pavlichenko, también del Ejército Rojo. Profesora de Historia, sobrevivió a la guerra y causó 309 bajas confirmadas entre 1941 y 1942. Se le concedió la Orden de Lenin y el honor de Heroína de la Unión Soviética. Por si fuera poco, a su retirada se convirtió en una destacada activista por la igualdad de género.

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Que Roza Shanina estaba destinada a La Maravilla era algo que tenía que haberse visto venir desde niña: con sólo catorce años cruzó caminando 200 kilómetros de taiga para irse a estudiar a Arkhangelsk.

Vamos a tomarnos un momento para pensar en eso, porque caminar 200 kilómetros de bosque boreal ya nos parece una razón más que suficiente para salir aquí.

En 1938 se incorporó a la Unión Comunista de la Juventud, trabajó en una guardería (mientras seguía estudiando por las noches) y se graduó como profesora de primaria en 1941.

En aquella época Hitler ya se había pasado de vueltas escuchando a Wagner y llevaba desde 1939 dando por saco en Europa. No obstante, todavía no había cometido el error garrafal: tocarle las bolas a los soviéticos. Así fue que a finales de 1941, durante el transcurso de la Operación Barbarroja, Roza perdió a un hermano el sitio a Leningrado.

Tras eso decidió presentarse voluntaria para el Vsevobuch (programa de entrenamiento militar universal de la URSS), superándolo con tal éxito que fue admitida en la Academia Central de Mujeres Francotiradoras.

Roza Shanina fue una de las 2.484 mujeres que sirvieron como francotiradoras soviéticas durante la II Guerra Mundial, incorporándose en 1944 a la 184ª Divisón de Fusileros del Ejército Rojo.

Sirivió como jefa de pelotón de francotiradores, causó 59 bajas nazis confirmadas y fue la primera mujer en ser condecorada con la Orden de Gloria (dos veces, de hecho). Fue además una afamada contra-tiradora (neutralizadora de francotiradores alemanes), llegando a matar a 12 y capturar a 3 durante la batalla de Vilna.

Desobedeció varias órdenes de retirada, manteniéndose en primera línea en apoyo de infantería. Recibió sanciones (sin llegar a consejo de guerra), pero también recibió la Medalla al Valor por su actuación en la campaña de Prusia Oriental (donde recibió el nombre de “El terror invisible de Prusia del Este”).

Roza murió el 28 de enero de 1945 a consecuencia de las heridas sufridas mientras protegía a un oficial de artillería.

Diez días antes había escrito en su diario:

La esencia de mi felicidad es luchar por la felicidad de otros

Su canción favorita era “O mists, my mists”.

Mundo Extraño vuelve la semana que viene.

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Se entiende que los mapas tienen como principal misión mostrar la situación de accidentes geográficos, países, ciudades y demás. Es decir, facilitar la comprensión del territorio abarcado, ya sea con fines de exploración, explotación, conquista o un amplio abanico de posibilidades que pueden encontrar, por ejemplo, aquí.

Hoy día tenemos un conocimiento bastante exhaustivo de qué hay en la superficie del planeta, y es fácil acceder a mapas detallados de casi cualquier punto de la zona no cubierta por el agua. En el siglo XVII esto no era así. Desde el punto de vista de un inglés, poseedores de los mapas más completos en esa época, había multitud de espacios vacíos. Y lo que estaba de moda era rellenar los que se encontraban en África*.

El problema es que había gente que los rellenaba de forma creativa. Uno de estos simpáticos fabuladores fue Mungo Park, que aparte de -o quizá a causa de- tener un nombre increíblemente sonoro (“Hola, soy Mungo Park, explorador.” *su interlocutor se convierte automáticamente en Soso McSoso, contable*), se inventó, en 1798, la existencia de una cadena montañosa que prácticamente recorría África de oeste a este, desde la (supuesta) fuente del río Níger hasta el (imaginario) origen del Nilo. El nombre que se dio a estas montañas fue el de Montañas de Kong, ciertamente a la altura del de su inventor/descubridor.

Inventarse accidentes geográficos no era raro en aquellos tiempos. Muchos lo hacían para conseguir fama, como el americano Benjamin Morrell, que puso en el mapa del Pacífico docenas de islas imaginarias, con la idea de pasar a la posteridad.

Lo más llamativo de las montañas de Kong, sin embargo, no es que aparecieran en un mapa y en varios hechos a partir de él durante los siguientes años (apoyados por testimonios de exploradores franceses e ingleses, cuya fiabilidad puede considerarse francamente dudosa). Pese a su inexistencia (apenas hay unas colinas dignas de tal nombre en esa región, que no se alzan más de doscientos metros por encima del terreno circundante), las montañas de Kong aparecieron en más de cuarenta mapas hasta 1892, casi cien años después de su “nacimiento”. Su popularidad empezó a decaer en 1888, cuando Louis Gustave Binger certificó que no existían ni lo habían hecho nunca.

Pero eso no acabó con ellas. Las montañas de Kong (es imposible cansarse de repetir este nombre) aparecieron en un atlas de Oxford en 1925, e incluso en un atlas de 1995. Quién sabe cuándo pueden surgir de nuevo.

*A continuación se rellenaba físicamente el territorio con gente traída de la madre patria -y de regiones vecinas, lo que era incluso peor- previo exterminio o sometimiento de los habitantes originales de la zona.