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El terrorífico poder de las kettles

Introduzcamos primero el concepto de kettle, quizá no del todo conocido para nuestros lectores. Una kettle es un cacharro, en general eléctrico, que en muchos (bárbaros) países se utiliza para calentar el agua a temperaturas absurdas y de forma energéticamente poco eficiente, pero rápida y cómoda.

Este agua, a continuación, se puede emplear para multitud de cosas, desde regar plantas que odies a llenar una cacerola porque tienes mucha prisa por comer espaguetis. Pero, estimado lector, si ve usted a alguien usando una kettle, puede asumir con bastante tranquilidad que va a prepararse el té. Sobre todo si está en Reino Unido y se acercan las cinco de la tarde.

Los ingenieros dedicados a la gestión de la red eléctrica británica saben esto, y también que en las pausas publicitarias de las series y programas de éxito sus compatriotas sienten el irrefrenable deseo de prepararse un té. Esto lleva a picos de consumo de hasta 800 megawatios en todo el país -son casos extremos, aunque el mayor pico registrado ocurrió durante los penaltis entre Inglatera y Alemania Occidental en el mundial de fútbol de 1990: 2800 MW.

Uno de los problemas de la producción eléctrica, como es sabido, es que es difícil y costoso almacenar electricidad durante largos periodos de tiempo. Por eso, no existen reservas que puedan utilizarse para subsanar estas anomalías, sino que hay que tirar de centrales hidroeléctricas de ciclo cerrado, las que pueden proporcionar potencia suficiente en menos tiempo: en el caso de Reino Unido, la planta de Dinorweg produce 1320 MW en solo doce segundos. Aunque corto, ese tiempo de respuesta hace que sea necesario activarla antes de que tenga lugar el pico de demanda. Una vez que se ha cubierto la emergencia, se utiliza energía procedente de fuentes convencionales (otras hidroeléctricas, centrales nucleares) para devolver el agua a su posición original, y la central queda lista para la siguiente hora del té.

Que no será para tanto, pero a nosotros lo de tener a un montón de ingenieros en sus centros de control atentos a las horas a las que un dramón televisivo alcanza su punto álgido para poder liberar millones de litros de agua y que los británicos puedan tomarse su té nos parece algo bastante mágico.

Y a Amalia también, que para eso no los pasó.

El terrorífico poder de las kettles

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