El Museo de Tecnología Jurásica de Los Ángeles

No
son muchas las ocasiones en que los archivistas de Mundo Extraño tenemos
ocasión de enfrentarnos cara a cara con la Maravilla. Esto es debido, en gran
medida, a que nuestra labor es fundamentalmente de exploración del pasado, mucho
más amplio que el presente. E, incluso en el presente, la mayoría de las cosas
dignas de mención ocurren en lugares lejanos o inaccesibles para nosotros.

Esto
no es un problema, pues para eso están los robots y nuestra tupida red de corresponsales: para ir a buscar el
Acontecimiento en bruto y traerlo a los Archivos, donde es diseccionado,
analizado y expuesto para que ustedes lo puedan apreciar. En esta ocasión, un personaje público que ha preferido no revelar su nombre nos relata su experiencia en el Museo de Tecnología Jurásica de Los Ángeles, California:

Recientemente,
tuve que pasar unos días en Los Ángeles por una avería en mi velero. Fue un
auténtico fastidio, pues pocos sitios me parecen más vulgares y aburridos que
esta enorme ciudad, una extensión de edificios por completo desposeídos del más
mínimo encanto.  Bueno, me dije, al menos
podría visitar a mis amigos de la Logia Masónica de Culver City, que siempre
tienen buenas historias que contar.

Llegué
poco antes de la hora de cenar, y pregunté por M. al recepcionista. Me dijo que
no había llegado aún, pero que si quería pasar a almorzar, era bienvenido.
Todavía guardaba el recuerdo del infame rancho que se estilaba en esta logia,
así que decliné la invitación y decidí dar un paseo hasta que llegara mi amigo.

Un
par de manzanas más allá de la Logia, sin embargo, me llamó la atención una pareja
que salía de una puertecita sobre la que había una señal que decía “Museo
de Tecnología Jurásica”. Tengo que reconocer que sentí curiosidad, pues
aunque la prehistoria nunca me ha interesado, estaba casi seguro de que en el
jurásico no existía nada que mereciera el nombre de “tecnología”. Las
opciones eran recorrer una calle asombrosamente fea junto al estruendoso
tráfico o averiguar qué había al otro lado de la puerta. No parecía difícil
decidir.

El
primer vistazo al espacio al otro lado me hizo darme cuenta de que estaba en un
museo. Entender qué era lo que se exponía me costó un poco más. En una
estantería había libros de cálculo y aeronáutica, mientras que en un aparador
se mostraban postales de lo que parecían ser flores en blanco y negro. Un poco
más allá había joyas con motivos cabalísticos, y en el otro extremo un volumen
titulado “Correspondencia con los astrónomos del Monte Wilson” llamó
mi atención.

No
pude curiosear mucho más, ya que un hombrecillo de dientes desparejos y mirada
algo enloquecida salió de debajo del mostrador y, con una floritura de los
brazos, dijo:

-Bienvenido
al Museo de Tecnología Jurásica. Solicitamos un donativo de ocho dólares a los
visitantes.

Pillado
por sorpresa y notablemente alarmado, estuve a punto de darme la vuelta y
volver a la calle. Pero recordé que no tenía nada que hacer durante la
siguiente hora, al menos, y la verdad era que sentía curiosidad. Así que pagué
los ocho dólares y me interné en la penumbra del museo.

Espero
que el lector me perdone, pues a partir de este punto no creo ser capaz de
establecer una narrativa coherente. El Museo de Tecnología Jurásica,  cuya página web está absolutamente
desprovista de información útil, fue más de lo que mi mente puede abarcar.
Presento aquí algunas notas, no tan ordenadas como pudiera desear, para que los
archivistas de Mundo Extraño las expurguen, separen el grano de la paja y usen
los recursos a su disposición para arrojar algo de luz sobre el propósito de
este infausto museo. Yo he desistido de comprobar la veracidad de ninguna de
las afirmaciones que leí.

Nada
más entrar, una pantalla repite periódicamente una introducción que, por lo que
he podido comprobar, está disponible en la página web de la institución. Poco
hace este vídeo para despejar las dudas del visitante. Las menciones continuas
al Jurásico Temprano me hicieron esperar fósiles, quizá, pero la primera
vitrina que vi fue una en la que se explicaba el proceso de fabricación de
gemas artificiales, que confieren al portador extraordinarios poderes. Enfrente
de esta farsa, el esqueleto de un topo. Junto a él, dos escarabajos brillantes,
y un auricular a través del que llegaba un rugido lejano.

Pasé
bajo varias astas de animales diversos, y ante una vitrina llena de
instrumentos de prospección o similar, que decidí ignorar. Otro leve rugido me
atrajo hasta la cabeza disecada de un coyote, y más allá, hacia una galería en
la que se exponía la vida de Henry Dalton, diseñador de composiciones
artísticas microscópicas, junto a ocho de sus obras. A un lado de esta galería
estaba todo un ala dedicada a Kircher, genio barroco, egiptólogo, sinólogo,
alquimista y físico. Varios ingenios, construidos según sus instrucciones,
ocupaban una habitación.

Al
otro lado, una sucesión de salas sin aparente relación entre sí: dioramas de caravanas
y parkings de caravanas, radiografías estereoscópicas de flores, una colección
de dados en diversos grados de descomposición y un amplio espacio reseñando
docenas de supersticiones, su origen y valoraciones en torno a su veracidad.
Estas iban desde la necesidad de quemar y salar los dientes que se les caen a
los niños -en caso contrario, si un animal los encuentra y muerde, los nuevos
dientes serán similares a los de dicha criatura- a la creencia de que vestir a
los varones con ropas tradicionalmente femeninas, y hacer lo propio con las
niñas, evitaría que la enfermedad los alcanzara, suponemos que confundida por
la falta de correspondencia entre continente y contenido.

Una
vez terminado este recorrido, no quedaba otra que volver a pasar bajo las astas
de ciervo y búfalo para entrar en una habitación llena de cartas enviadas a los
astrónomos del Monte Wilson, uno de los primeros observatorios astronómicos
públicos de los Estados Unidos. Había multitud de cartas, algunas indicando a
los astrónomos dónde mirar para descubrir estrellas no catalogadas, otras
destinadas a indicarles las coordenadas exactas de Dios. Había una postal
conmovedora, en la que un niño judío pedía a los operarios del telescopio que
le dejaran sus instrumentos a Albert Einstein, del que decía que “era
incluso más importante que Charlot”, y que con ayuda de esos aparatos
podría descubrir cosas hasta entonces impensables. Acababa la carta
manifestando su certeza de que “los judíos dominaremos el mundo, porque
tenemos todo el dinero”. Angelito.

Una
de los mayores logros, si es que queremos considerarlo así, de este museo, es
el conseguir que, mientras el visitante está concentrado en una de las pequeñas
unidades temáticas -llamarlas exposiciones parece aventurado-, pierda de vista
el conjunto, llegando a olvidar que después de esta colección de cartas puede
esperarle un detalladísimo diorama de una excavación arqueológica en un planeta
remoto, o las fauces abiertas de un monstruo mitológico. La tenue luz y la
estrechez de los pasillos, junto con el olor a madera vieja y el color parduzco
de las paredes, hacen que el conjunto recuerde más a un gabinete de
curiosidades que a un museo moderno; y quizá sea esa la intención. Las paredes,
entre una exposición más o menos formal y la siguiente, están llenas de objetos
diversos, desde huesos de melocotón esculpidos a esqueletos de pequeños
animales.

No
todo son muestras evocadoras de oficios perdidos y ficciones más o menos
elaboradas: también hay una habitación en la que se exhiben tres figuras
moldeadas y pintadas en el ojo de una aguja. Una de ellas es perfectamente
reconocible como Goofy, y otra muestra a Juan Pablo II en toda su minúscula
gloria. Parecen vulgares comparadas con algunas de las otras muestras, pero el
exhibirlas no puede considerarse una decisión más arbitraria que otras
doscientas a lo largo del recorrido.

Tiene
el Museo de Tecnología Jurásica un segundo piso, en el que se glosan las
virtudes y trabajos de Konstantin Tsiolkovsky, pionero de la astronáutica y
héroe soviético. Y justo al lado se dedica un espacio similar a unos extraños
juegos de cuerdas llamados cunas de gatos. A estas alturas, había renunciado a
entender nada. Solo miraba entre maravillado y abrumado lo que el museo me
quería enseñar, dispuesto a aceptarlo todo de forma acrítica. Por suerte o por
desgracia, quedaba poco que ver.

En
el piso superior, el museo tiene una sala de té de estilo ruso, en la que se
ofrecen galletas y té a los visitantes. No tomé nada, pues venía con la boca
abierta del espacio inmediatamente anterior: una habitación dedicada a los
Animales Divinos: siete retratos al óleo de los perros enviados al espacio como
parte del programa espacial soviético, presididos por la mirada beatífica de
Laika.

Crucé
la terraza de té casi sin darme cuenta, para acabar en el columbario, ante la
mirada vacía de media docena de palomas. No sé si fue la manifiesta falta de
inteligencia de las aves, que en esos momentos reflejaba mi propio estado de
estupefacción, o el darme cuenta de que se había hecho de noche mientras estaba
en el museo, pero la necesidad de salir del edificio superó a las buenas
maneras, y prácticamente hui corriendo del columbario.

Salí
a la calle sin despedirme del hombrecillo, deseoso de acudir a mi cita con M. y
enfrentarme a la monótona racionalidad de mis amigos masones.

Nota
de los Archivistas
: pese al deseo expresado por nuestro corresponsal, nos ha
sido completamente imposible contrastar, estructurar, analizar la información
que nos ha proporcionado. La oscuridad que rodea al MTJ es prácticamente
completa, y ni siquiera nuestros considerables recursos nos han permitido
penetrar en ella. Quizá sea mejor así.

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