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El asesino, la víctima, el perro detective y el rey de Francia

Algo hemos hablado de duelos anteriormente, y sin duda volveremos a este tema, pues la lista es larga y variada, y dos paisanos quedando para matarse por una ofensa sacada de proporción es exactamente lo que nos gusta en esta casa.

Hay, sin embargo, algo que nos gusta todavía más: las interpretaciones retorcidas de leyes arcaicas que dan lugar a situaciones maravillosas. Situémonos. Bosque cercano a París, 1361. Monsieur Aubry de Montdidier viaja por esos caminos de Dios con su perro, cuando es asaltado, asesinado y enterrado bajo un árbol por un desaprensivo.

El asaltante huye, el perro queda aullando sobre la tumba de su amo. Permanece allí siete días con sus noches, hasta que decide que ya es hora de actuar: se va a París y llega a casa de un amigo de su amo -las malas lenguas dicen que fue el hambre lo que le llevó a la ciudad, pero vamos a quedarnos con que era la sed de justicia. Lo alimentan, y apenas ha terminado de comerse las gachas o lo que sea que comieran los perros en esa época, se dirige a la puerta. Ve que no le siguen, así que vuelve y tironea con la boca de la ropa del señor francés hasta que, con un suspiro, este decide seguirlo. 

Obviamente, el perro llevó al amigo de su dueño hasta el claro del bosque donde había ocurrido la tragedia. Pero no quedó aquí la cosa. La siguiente vez que el nuevo dueño del perro y el can se cruzaron con un tal Robert Macaire, el animal lo atacó ferozmente, y a pique estuvo de herirlo. Este comportamiento se repitió en otras ocasiones (París debía de ser un pueblito en esa época, si la gente se encontraba todo el rato y los perros tenían la oportunidad de remarcar con su feroz comportamiento que oye, igual algo pasaba con Macaire), hasta que alguien recordó que el tal Robert no quería bien al fallecido Monsieur de Montdidier.

La cosa pasó de rumor de pueblo a Asunto de Estado cuando el rey Charles V ordenó que le llevaran al perro. Y en la corte real, de entre una multitud de caballeros, cortesanos, bufones y extras con relojes de oro, el perro reconoció a Robert Macaire de nuevo, y se lanzó contra él. El rey, que dada la juventud de la Casa de Valois estaba a salvo de la consanguinidad y era muy astuto, lo vio claro: algo oscuro había pasado. Como el perro hablar no sabía, la forma de averiguar la verdad estaba clara: ¡juicio por combate! 

Se dispuso un cuadrilátero frente a Notre Dame, y se permitió que Macaire tuviera un palo, mientras que al perro se le proporcionó un tubo hueco en el que podía esconderse de los golpes del palo. Ni le hizo falta: su furia justiciera y agilidad perruna le permitieron morder el cuello de su rival a los pocos minutos de que empezara el duelo, ante lo cual se declaró que el perro tenía razón. Por si fuera poco, el criminal confesó su culpa, y fue debidamente ajusticiado a la mañana siguiente.

No existe información sobre qué ocurrió con el perro, aunque nos gustaría pensar que se le concedió una pensión vitalicia de muslos de pollo, una capa de piel de oso y una caseta en la corte real.

Mundo Extraño vuelve la semana que viene.

El asesino, la víctima, el perro detective y el rey de Francia

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