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Freydís Eiríksdóttir, emprendedora, traidora y asesina

Ya hemos hablado en alguna ocasión de vikingos, y de las indudables dotes para la exploración y el mando que mostraban. Apenas hemos dicho nada, sin embargo, de la violencia que eran capaces de desatar en cuanto se les cruzaba un cable, y muy poco más de sus hazañas conquistatorias en América del Norte, llevadas a cabo a sangre y fuego por Erik el Rojo y sus descendientes. Empezaremos a corregir ese error con la historia de Freydís Eiríksdóttir, hermana de Leif -y, por tanto, cuñada de Gudrid Thorbjarnardóttir.

Después de varias expediciones a Vinland por parte de Erik el Rojo y sus hijos Leif, Thorvald (que murió allí) y Thorstein, Freydís, hermana de estos tres, decidió que también quería probar suerte, y propuso a los hermanos Helgi y Finnbogi una expedición conjunta desde Groenlandia a Vinland, con unas reglas claras: reparto de las ganancias a partes iguales (dos partes, los hermanos eran una unidad), ellos llevarían un barco con 30 hombres y algunas mujeres, y ella haría otro tanto.

Los hermanos llegaron un poco antes al asentamiento vikingo en Vinland, y descargaron sus cosas en el refugio construido por Leif. Freydís apareció al poco y les dijo que su hermano le dejaba estar allí a ella, no a cualquier advenedizo. Refunfuñaron, pero el problema no fue a más. Construyeron su propio hogar. Sin embargo, esto fue solo el principio de un largo invierno de peleas, discusiones y desavenencias entre los dos grupos de vikingos.

Al final del invierno, Freydís se dirigió una mañana a la casa ocupada por los hermanos, para aclarar las cosas. Uno de ellos, Finnbogi, salió a hablar, y quedaron en que ella se volvería a Groenlandia -en efecto, estos vikingos vivían en Groenlandia-, y los hermanos seguirían en Vinland. Los beneficios conseguidos hasta el momento por la expedición se repartirían a partes iguales.

Y aquí viene el meollo del asunto. Aparentemente, la pérfida de Freydís volvió al lecho conyugal, y su marido, Thorvard, le preguntó dónde había estado (según la Saga de Groenlandia, ella lo despertó con sus pies fríos y húmedos, lo cual nos parece un crimen mucho peor que cualquier otra cosa que pudiera hacer). A esto ella respondió que había intentado negociar con los hermanos, pero que se habían negado y uno de ellos la había golpeado. Y que si Thorvard no la vengaba se divorciaría de él. 

Thorvard, claro, reunió a sus hombres, y pasaron a chuchillo a los hermanos y sus guerreros. Al final solo quedaron cinco mujeres, a las que los colonos vikingos no querían matar. Freydís, que no quería dejar el trabajo a medias, pidió un hacha y les rebanó el cuello a las cinco.

Tras esta jovial masacre a traición, la partida de Freydís volvió a Groenlandia. La líder y su marido pagaron bien a sus hombres para que mantuvieran la boquita callada, además de amenazarlos de muerte. Si alguien preguntaba, los hermanos Helgi y Finnbogi estaban en Vinland, que les había gustado aquello.

La historia de Freydis concluye ahí. Aparentemente, Leif se enteró de su cruel comportamiento y su familia cayó en desgracia, por lo que la historia de su linaje se haya perdido en la noche de los tiempos.

Nota: ¿cómo? ¿Que esta historia sobre Freydís Eiríksdottir es absolutamente incompatible con la que contamos la semana pasada? ¡En efecto! Las fuentes de información sobre personajes históricos nórdicos en esta época (finales del siglo X y principios del XI) son escasas y contradictorias. En la primera entrega tomamos como fuente la Saga de Erik el Rojo, y ahora hemos utilizado la Saga de Groenlandia (que no está disponible en castellano ni inglés, más allá del resumen hecho en la Wikipedia). Los personajes son en gran medida los mismos, pero las historias cambian radicalmente. ¡Las maravillas de la historiografía, que nos permite hablar dos veces de la misma persona y que no tenga nada que ver una con la otra! 

Además, en la Saga de Groenlandia Gudrid, cuñada de Freydís, es presentada como una mujer santa, como contamos en su momento. Esto hace que Freydís parezca aún peor, por contraste, y como mínimo arroja ciertas dudas sobre si el interés de los cronistas vikingos era tanto el recoger fielmente los acontecimientos como aleccionar sobre La Vida y sus Peligros.

Mundo Extraño vuelve la semana que viene, con aún más historias de traiciones.

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¿Es más raro un chavalote de Cáceres que se va a pegar tiros en Ucrania para luchar por la (una) revolución (inserte comillas, haga salvedades a gusto) que un sacerdote armado con un escudo antidisturbios? Y, sobre todo, ¿podemos considerar un expat a dicho emprendedor extremeño?

Ustedes dirán.

Ucrania/Donbass/la Gran Rusia, temporada de otoño-invierno 2014/2015.

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Freydís Eiríksdóttir, el terror de los skraeling

Ya hemos hablado en alguna ocasión de vikingos, y de las indudables dotes para la exploración y el mando que mostraban. No hemos hablado aún, sin embargo, de la violencia que eran capaces de desatar en cuanto se les cruzaba un cable, y muy poco de sus hazañas
conquistatorias en América del Norte, llevadas a cabo a sangre y fuego
por Erik el Rojo y sus descendientes. Empezaremos a corregir ese error con la historia de Freydís Eiríksdóttir, hermana de Leif -y, por tanto, cuñada de Gudrid Thorbjarnardóttir.

Es sabido que, cuando los aguerridos nórdicos llegaron a lo que hoy es Terranova
en busca de madera, gloria, tierras de cultivo y, suponemos, bacalao
fresco, se encontraron con que ya había gente viviendo allí: los skraelings,
palabra con la que los vikingos designaron a estas criaturas humanoides
desconocidas y enjutas, que bien podrían haber sido elfos mágicos
producidos por la ingesta de setas.
Empero, pronto quedó claro que se trataba de señores y señoras de carne
y hueso que blandían armas y tenían un cierto aprecio a la tierra en la
que habían nacido y crecido. Podrían haber sido sorianos, vaya.

Una de las sentadas pacíficas en la puerta del ayuntamiento vikingo
incursiones violentas de los nativos de Terranova cogió por sorpresa a
los invasores vikingos, que probablemente estarían envueltos en los
vapores del hidromiel, esperando el autobús que lleva al Valhalla o
alguna otra cosa propia de su cultura. Tampoco ayudó que los skraelings
usaran catapultas para atacar el campamento durante la noche.

Los
sorprendidos guerreros del norte, viendo que una turba de seres de
fantasía se les echaba encima con arcos, lanzas, mazas y demás enseres
propios del oficio del matar, decidieron huir, Leif el primero. Hubo,
sin embargo, alguien que mostró educadamente su disconformidad con ser
masacrados y expulsados de esa tierra a la que tanto les había costado
llegar. Freydís Eiróksdóttir, a la sazón embarazada de ocho meses -nos
importa bien poco de quién, la verdad: un vikingo cualquiera-, decidió
que no tenía ganas de huir cual conejo ártico hacia los barcos y dejar
el huerto, las vides, las orcas o lo que sea que criaran en aquella
región a merced de los furiosos nativos. Así que, viendo que su hermano y
compañeros no compartían sus inquietudes, no tuvo más remedio que coger
la espada de Thorbrand, hijo de Snorri, no sin antes gritar a sus
compatriotas: “¿Por qué huis de estas criaturas despreciables, hombres
fuertes, si es evidente que los masacraríais como a ganado? Dadme un
arma y lucharé mejor que cualquiera de vosotros?”

A continuación, descubrió uno de sus pechos (táctica de probada eficacia, como ya vimos)
y lo golpeó con la espada mientras gritaba con furia. Esto desconcertó y
asustó a los atacantes, que huyeron a sus barcos (si alguien duda de la
veracidad de esta historia, que proteste a los poetas guerreros que
escribieron las sagas. A ver qué le cuentan). Los vikingos vieron que la
cosa mejoraba, y volvieron al asentamiento. Pero, lejos de jalear a
Freydís y prepararle un banquete de bacalao y vino vinlandés (o, al
menos, callarse discretamente y hacer como si el ataque y la cobarde
huida nunca hubieran tenido lugar), no se les ocurrió otra cosa que
reñir a la que les había salvado, afeándole su inadecuado
comportamiento.

La historia de Freydis, que es relatada en la saga de Erik el Rojo
concluye ahí. La teoría mayoritaria es que, debido a su descaro -y, en
mayor medida, a que no se convirtió al cristianismo, que en esa época se
imponía entre los vikingos- su familia cayó en desgracia, y la historia
de su linaje no ha llegado hasta nosotros.

Mundo Extraño vuelve la semana que viene con más historias de valentía sin adulterar.

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Freydís Eiríksdóttir, el terror de los skraeling

Ya hemos hablado en alguna ocasión de vikingos, y de las indudables dotes para la exploración y el mando que mostraban. No hemos hablado aún, sin embargo, de la violencia que eran capaces de desatar en cuanto se les cruzaba un cable, y muy poco de sus hazañas
conquistatorias en América del Norte, llevadas a cabo a sangre y fuego
por Erik el Rojo y sus descendientes. Empezaremos a corregir ese error con la historia de Freydís Eiríksdóttir, hermana de Leif -y, por tanto, cuñada de Gudrid Thorbjarnardóttir.

Es sabido que, cuando los aguerridos nórdicos llegaron a lo que hoy es Terranova
en busca de madera, gloria, tierras de cultivo y, suponemos, bacalao
fresco, se encontraron con que ya había gente viviendo allí: los skraelings,
palabra con la que los vikingos designaron a estas criaturas humanoides
desconocidas y enjutas, que bien podrían haber sido elfos mágicos
producidos por la ingesta de setas.
Empero, pronto quedó claro que se trataba de señores y señoras de carne
y hueso que blandían armas y tenían un cierto aprecio a la tierra en la
que habían nacido y crecido. Podrían haber sido sorianos, vaya.

Una de las sentadas pacíficas en la puerta del ayuntamiento vikingo
incursiones violentas de los nativos de Terranova cogió por sorpresa a
los invasores vikingos, que probablemente estarían envueltos en los
vapores del hidromiel, esperando el autobús que lleva al Valhalla o
alguna otra cosa propia de su cultura. Tampoco ayudó que los skraelings
usaran catapultas para atacar el campamento durante la noche.

Los
sorprendidos guerreros del norte, viendo que una turba de seres de
fantasía se les echaba encima con arcos, lanzas, mazas y demás enseres
propios del oficio del matar, decidieron huir, Leif el primero. Hubo,
sin embargo, alguien que mostró educadamente su disconformidad con ser
masacrados y expulsados de esa tierra a la que tanto les había costado
llegar. Freydís Eiróksdóttir, a la sazón embarazada de ocho meses -nos
importa bien poco de quién, la verdad: un vikingo cualquiera-, decidió
que no tenía ganas de huir cual conejo ártico hacia los barcos y dejar
el huerto, las vides, las orcas o lo que sea que criaran en aquella
región a merced de los furiosos nativos. Así que, viendo que su hermano y
compañeros no compartían sus inquietudes, no tuvo más remedio que coger
la espada de Thorbrand, hijo de Snorri, no sin antes gritar a sus
compatriotas: “¿Por qué huis de estas criaturas despreciables, hombres
fuertes, si es evidente que los masacraríais como a ganado? Dadme un
arma y lucharé mejor que cualquiera de vosotros?”

A continuación, descubrió uno de sus pechos (táctica de probada eficacia, como ya vimos)
y lo golpeó con la espada mientras gritaba con furia. Esto desconcertó y
asustó a los atacantes, que huyeron a sus barcos (si alguien duda de la
veracidad de esta historia, que proteste a los poetas guerreros que
escribieron las sagas. A ver qué le cuentan). Los vikingos vieron que la
cosa mejoraba, y volvieron al asentamiento. Pero, lejos de jalear a
Freydís y prepararle un banquete de bacalao y vino vinlandés (o, al
menos, callarse discretamente y hacer como si el ataque y la cobarde
huida nunca hubieran tenido lugar), no se les ocurrió otra cosa que
reñir a la que les había salvado, afeándole su inadecuado
comportamiento.

La historia de Freydis, que es relatada en la saga de Erik el Rojo
concluye ahí. La teoría mayoritaria es que, debido a su descaro -y, en
mayor medida, a que no se convirtió al cristianismo, que en esa época se
imponía entre los vikingos- su familia cayó en desgracia, y la historia
de su linaje no ha llegado hasta nosotros.

Mundo Extraño vuelve la semana que viene con más historias de valentía sin adulterar.

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Irlanda legaliza multitud de drogas (hasta mañana jueves)

Hay veces en que la actividad de parlamentos, asambleas y demás instancias legislativas es claramente contraria a la Maravilla: regulan, prohíben y condicionan el libre transcurrir de las personas, humanas o no, y de esa forma les impiden en muchas ocasiones desarrollar su potencialidad como agentes de la diversión.

Pero hay veces en que la intrincada complejidad del Sistema Democrático Del Que Entre Todos Nos Hemos Dotado juega en su contra. Y pasan cosas como esta: un tribunal dictaminó el martes nueve de marzo que la ley que establece (algunas de) las drogas que son ilegales es anticonstitucional. Así que esas drogas (ketamina, SETAS MÁGICAS y otras) son legales. No venderlas, pero sí tener y consumir cualquier cantidad de las mismas.

El gobierno irlandés ha actuado rápidamente, claro, y el jueves se aprobará un decreto de emergencia volviendo a prohibir las drogas despenalizadas. Pero eso será el jueves. Mientras, Irlanda se convierte durante unas cuarenta y ocho horas en, y no podemos hacer suficiente hincapié en esto, EL PAÍS DE LAS SETAS MÁGICAS.

Irlanda legaliza multitud de drogas (hasta mañana jueves)

La guerra de los emúes

Por Ramón Carrero, firma invitada y erudito neorrenacentista.

Ahí, abajo a la derecha en los mapas, Australia es una nación con una notable tendencia a generar toda clase de hechos y sucesos insólitos: primeros ministros tragados por las olas o que establecen récords de beber cerveza, calvos multitudinarios, partidos de fútbol ganados por 31 a 0 o vallas de 5.614 km (seiscientos más que la distancia en línea recta entre La Coruña y Teherán) para protegerse de los dingos. Pero entre todas estas gemas para el intrépido coleccionista de lo disparatado, sobresale la especial belleza de la siguiente historia.

En 1932, la vida de los colonos del Oeste de Australia no era fácil. En los años anteriores, la Gran Depresión había provocado que los precios del trigo cayeran en picado y los granjeros (la mayoría, soldados licenciados tras la Primera Guerra Mundial) vivían esperando unos subsidios estatales que nunca llegaban. Un paisaje similar al presentado en Las uvas de la ira, pero no olvidemos que estamos en Australia: los agricultores aussies tenían también que hacer frente a la gigantesca bandada de 20.000 emúes que estaba arrasando sus campos.

Para quienes no conozcan a estos bichos tal vez resulte difícil imaginar la magnitud del problema. Los emúes son unas aves de 1,90 que corren a 50 km/h y que pueden pasar semanas sin comer. Cuando lo hacen (cactus, entre otras cosas) buscan y tragan piedras, cristales y trozos de metal para digerir mejor. Veintemil de estos badasses.

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Desesperados por esta inesperada plaga, pidieron ayuda al Ministerio de Defensa, que accedió a enviar al comandante de artillería G.P.W. Meredith junto a dos soldados armados con una ametralladora pesada. Les acompañaba un cámara, para documentar los esfuerzos del gobierno australiano para proteger a los colonos, porque se las prometían muy felices en su «guerra» contra los emúes.

Pero desde el principio los pájaros demostraron ser mucho más perspicaces que los humanos y se revelaron como unos maestros en tácticas de guerrilla. Todas las trampas de los esforzados militares fueron inútiles: los pájaros se dispersaban al primer disparo y volvían a reunirse en otro campo de trigo kilómetros más allá.

La «batalla» más importante de la guerra tuvo lugar el 4 de noviembre, cuando consiguieron atraer a cientos de emúes hacia una de las ametralladoras y abatieron a doce antes de que esta se encasquillase. Uno de los encargados de manejarla declaró a la prensa:

«Los emúes han demostrado que no son tan estúpidos como generalmente se piensa. Cada grupo tiene su líder, siempre un enorme pájaro negro de dos metros, que monta guardia mientras sus compañeros se ocupan del trigo. A la primera señal sospechosa, da una señal, y docenas de cabezas emergen de las espigas. Unos cuantos inician una estampida hacia los matorrales, pero el líder no abandona su puesto hasta que sus compañeros se han puesto a salvo».

El 8 de noviembre, desesperados, Meredith y sus dos artilleros montaron la ametralladora en un camión y persiguieron a un pequeño grupo. Esta vez no consiguieron matar a ninguno, porque el soldado encargado de la ametralladora no podía mantener el equilibrio con el vehículo en movimiento. Acabaron atropellando a un emú, que salió del accidente con vida, y chocaron el camión contra una cerca.

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                                            Los temibles guerilleros

El ridículo estaba siendo tan espantoso que el 8 de noviembre se debatió en el parlamento de Canberra, donde un representante propuso condecorar a los emúes. Pero vivimos en un mundo donde casi todo lo bello acaba pronto, y esta disparatada campaña lo hizo el 10 de diciembre de 1932. Según las cifras oficiales, en el mes largo de guerra se mataron 986 emúes con 9.860 rondas de munición de ametralladora: en promedio, gastaron 10 cintas de balas para abatir a cada pájaro. Años más tarde Meredith declararía:

«Si tuviésemos una división con la capacidad de recibir impactos de bala de estos pájaros, sería capaz de enfrentarse a cualquier ejército. Pueden enfrentarse a las ametralladoras con la invulnerabilidad de los tanques».

Tal vez sea el momento de cerrar los ojos y soñar una enorme bandada de emúes sembrando el caos en las playas de Normandía. Si el ejército australiano hubiera aprovechado la lección que recibió su sufrido cuerpo de artillería, habrían ganado, además de la Segunda Guerra Mundial, la batalla inmortal contra lo ordinario y lo aburrido, que seguirá en Mundo Extraño la semana que viene.