La guerra de los emúes

Por Ramón Carrero, firma invitada y erudito neorrenacentista.

Ahí, abajo a la derecha en los mapas, Australia es una nación con una notable tendencia a generar toda clase de hechos y sucesos insólitos: primeros ministros tragados por las olas o que establecen récords de beber cerveza, calvos multitudinarios, partidos de fútbol ganados por 31 a 0 o vallas de 5.614 km (seiscientos más que la distancia en línea recta entre La Coruña y Teherán) para protegerse de los dingos. Pero entre todas estas gemas para el intrépido coleccionista de lo disparatado, sobresale la especial belleza de la siguiente historia.

En 1932, la vida de los colonos del Oeste de Australia no era fácil. En los años anteriores, la Gran Depresión había provocado que los precios del trigo cayeran en picado y los granjeros (la mayoría, soldados licenciados tras la Primera Guerra Mundial) vivían esperando unos subsidios estatales que nunca llegaban. Un paisaje similar al presentado en Las uvas de la ira, pero no olvidemos que estamos en Australia: los agricultores aussies tenían también que hacer frente a la gigantesca bandada de 20.000 emúes que estaba arrasando sus campos.

Para quienes no conozcan a estos bichos tal vez resulte difícil imaginar la magnitud del problema. Los emúes son unas aves de 1,90 que corren a 50 km/h y que pueden pasar semanas sin comer. Cuando lo hacen (cactus, entre otras cosas) buscan y tragan piedras, cristales y trozos de metal para digerir mejor. Veintemil de estos badasses.

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Desesperados por esta inesperada plaga, pidieron ayuda al Ministerio de Defensa, que accedió a enviar al comandante de artillería G.P.W. Meredith junto a dos soldados armados con una ametralladora pesada. Les acompañaba un cámara, para documentar los esfuerzos del gobierno australiano para proteger a los colonos, porque se las prometían muy felices en su «guerra» contra los emúes.

Pero desde el principio los pájaros demostraron ser mucho más perspicaces que los humanos y se revelaron como unos maestros en tácticas de guerrilla. Todas las trampas de los esforzados militares fueron inútiles: los pájaros se dispersaban al primer disparo y volvían a reunirse en otro campo de trigo kilómetros más allá.

La «batalla» más importante de la guerra tuvo lugar el 4 de noviembre, cuando consiguieron atraer a cientos de emúes hacia una de las ametralladoras y abatieron a doce antes de que esta se encasquillase. Uno de los encargados de manejarla declaró a la prensa:

«Los emúes han demostrado que no son tan estúpidos como generalmente se piensa. Cada grupo tiene su líder, siempre un enorme pájaro negro de dos metros, que monta guardia mientras sus compañeros se ocupan del trigo. A la primera señal sospechosa, da una señal, y docenas de cabezas emergen de las espigas. Unos cuantos inician una estampida hacia los matorrales, pero el líder no abandona su puesto hasta que sus compañeros se han puesto a salvo».

El 8 de noviembre, desesperados, Meredith y sus dos artilleros montaron la ametralladora en un camión y persiguieron a un pequeño grupo. Esta vez no consiguieron matar a ninguno, porque el soldado encargado de la ametralladora no podía mantener el equilibrio con el vehículo en movimiento. Acabaron atropellando a un emú, que salió del accidente con vida, y chocaron el camión contra una cerca.

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                                            Los temibles guerilleros

El ridículo estaba siendo tan espantoso que el 8 de noviembre se debatió en el parlamento de Canberra, donde un representante propuso condecorar a los emúes. Pero vivimos en un mundo donde casi todo lo bello acaba pronto, y esta disparatada campaña lo hizo el 10 de diciembre de 1932. Según las cifras oficiales, en el mes largo de guerra se mataron 986 emúes con 9.860 rondas de munición de ametralladora: en promedio, gastaron 10 cintas de balas para abatir a cada pájaro. Años más tarde Meredith declararía:

«Si tuviésemos una división con la capacidad de recibir impactos de bala de estos pájaros, sería capaz de enfrentarse a cualquier ejército. Pueden enfrentarse a las ametralladoras con la invulnerabilidad de los tanques».

Tal vez sea el momento de cerrar los ojos y soñar una enorme bandada de emúes sembrando el caos en las playas de Normandía. Si el ejército australiano hubiera aprovechado la lección que recibió su sufrido cuerpo de artillería, habrían ganado, además de la Segunda Guerra Mundial, la batalla inmortal contra lo ordinario y lo aburrido, que seguirá en Mundo Extraño la semana que viene.

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