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Freydís Eiríksdóttir, el terror de los skraeling

Ya hemos hablado en alguna ocasión de vikingos, y de las indudables dotes para la exploración y el mando que mostraban. No hemos hablado aún, sin embargo, de la violencia que eran capaces de desatar en cuanto se les cruzaba un cable, y muy poco de sus hazañas
conquistatorias en América del Norte, llevadas a cabo a sangre y fuego
por Erik el Rojo y sus descendientes. Empezaremos a corregir ese error con la historia de Freydís Eiríksdóttir, hermana de Leif -y, por tanto, cuñada de Gudrid Thorbjarnardóttir.

Es sabido que, cuando los aguerridos nórdicos llegaron a lo que hoy es Terranova
en busca de madera, gloria, tierras de cultivo y, suponemos, bacalao
fresco, se encontraron con que ya había gente viviendo allí: los skraelings,
palabra con la que los vikingos designaron a estas criaturas humanoides
desconocidas y enjutas, que bien podrían haber sido elfos mágicos
producidos por la ingesta de setas.
Empero, pronto quedó claro que se trataba de señores y señoras de carne
y hueso que blandían armas y tenían un cierto aprecio a la tierra en la
que habían nacido y crecido. Podrían haber sido sorianos, vaya.

Una de las sentadas pacíficas en la puerta del ayuntamiento vikingo
incursiones violentas de los nativos de Terranova cogió por sorpresa a
los invasores vikingos, que probablemente estarían envueltos en los
vapores del hidromiel, esperando el autobús que lleva al Valhalla o
alguna otra cosa propia de su cultura. Tampoco ayudó que los skraelings
usaran catapultas para atacar el campamento durante la noche.

Los
sorprendidos guerreros del norte, viendo que una turba de seres de
fantasía se les echaba encima con arcos, lanzas, mazas y demás enseres
propios del oficio del matar, decidieron huir, Leif el primero. Hubo,
sin embargo, alguien que mostró educadamente su disconformidad con ser
masacrados y expulsados de esa tierra a la que tanto les había costado
llegar. Freydís Eiróksdóttir, a la sazón embarazada de ocho meses -nos
importa bien poco de quién, la verdad: un vikingo cualquiera-, decidió
que no tenía ganas de huir cual conejo ártico hacia los barcos y dejar
el huerto, las vides, las orcas o lo que sea que criaran en aquella
región a merced de los furiosos nativos. Así que, viendo que su hermano y
compañeros no compartían sus inquietudes, no tuvo más remedio que coger
la espada de Thorbrand, hijo de Snorri, no sin antes gritar a sus
compatriotas: “¿Por qué huis de estas criaturas despreciables, hombres
fuertes, si es evidente que los masacraríais como a ganado? Dadme un
arma y lucharé mejor que cualquiera de vosotros?”

A continuación, descubrió uno de sus pechos (táctica de probada eficacia, como ya vimos)
y lo golpeó con la espada mientras gritaba con furia. Esto desconcertó y
asustó a los atacantes, que huyeron a sus barcos (si alguien duda de la
veracidad de esta historia, que proteste a los poetas guerreros que
escribieron las sagas. A ver qué le cuentan). Los vikingos vieron que la
cosa mejoraba, y volvieron al asentamiento. Pero, lejos de jalear a
Freydís y prepararle un banquete de bacalao y vino vinlandés (o, al
menos, callarse discretamente y hacer como si el ataque y la cobarde
huida nunca hubieran tenido lugar), no se les ocurrió otra cosa que
reñir a la que les había salvado, afeándole su inadecuado
comportamiento.

La historia de Freydis, que es relatada en la saga de Erik el Rojo
concluye ahí. La teoría mayoritaria es que, debido a su descaro -y, en
mayor medida, a que no se convirtió al cristianismo, que en esa época se
imponía entre los vikingos- su familia cayó en desgracia, y la historia
de su linaje no ha llegado hasta nosotros.

Mundo Extraño vuelve la semana que viene con más historias de valentía sin adulterar.

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