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Un robot mata a un operario en una planta de Volkswagen

Que la introducción de robots en las cadenas de montaje industriales tienen como primera consecuencia hacer redundante a una gran cantidad de trabajadores es algo evidente desde el siglo XIX. Que esos trabajadores no se van al parque a jugar al escondite mientras el patrón les ingresa miles de ECUs en la cuenta, sino que tienden a perder poder adquisitivo de forma más bien rápida, también está claro.

                            A las armas, compañeros de carne y hueso

Cae por su propio peso, pues, que este futuro ha adoptado una de las formas más pochas y deprimentes posibles en lo que a la mano de obra robótica se refiere. Nada de mandar a tus metálicos sirvientes amigos a hacer tu trabajo sucio mientras tú te esparces: hacen tu trabajo sin protestar mientras tú bebes Don Simón en un portal de Hamburgo. ¡A la vez que nos roban los trabajos, destruyen nuestra ilusión de ver robots simpáticos y agradables que sonrían con comprensión cuando les contamos nuestras penas! No era esto lo que nuestros antepasados soñaron.

Pero la cosa empeora: los robots pueden no conformarse con sustituirte, y decidir eliminarte completamente, como ha ocurrido en la planta de Volkswagen en  Kassel. Morir en una fábrica de coches, asesinado por un robot sin personalidad. De verdad, no tenemos palabras para expresar nuestra desazón.

No es la primera vez que pasa, y probablemente no sea la última. Si nos dejamos.

Igual cuesta más que quemar telares, pero la motivación también es mayor: no son nuestros empleos, que total, tampoco es para tanto. Son nuestras vidas, camaradas, las que son amenazados por robots que ni siquiera tienen bocas para sonreír malévolamente ni ojos con los que lanzarnos rayos láser y torvas miradas. ¡Son brazos y manitas mecánicas! ¡Se ríen de nosotros! ¡Aunque no tengan bocas! 

                                    Sí a los robots. No a estos robots.

Un robot mata a un operario en una planta de Volkswagen

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