Cala Cortina

Nuestra corresponsal en Murcia, Chococriskis, nos trae una historia de crimen y corrupción que no hemos llamado Cartagena Confidential por algún escrúpulo absurdo.

En la naturaleza del ser humano está cometer errores, pero pocos tienen consecuencias tan fatídicas como las que desencadenarían ayudar a un ciudadano que, temeroso por su vida, pedía auxilio y protección a la Policía. Ninguno de nosotros podía imaginar que ayudar a una persona, práctica habitual en el ejercicio de nuestras funciones y que en tantas ocasiones habíamos llevado a cabo, sería el mayor error de nuestras vidas.

Así comienza Sentimientos de un preso inocente (¿me prestas un sentimiento?), la carta escrita (y titulada) por uno de los seis policías nacionales encarcelados desde el año pasado por su implicación en el caso Cala Cortina, en el que se investiga la muerte del vecino del barrio de Las Seiscientas [nota del editor: el carácter del barrio será más evidente para el lector foráneo si lee alguno de estos enlaces.] que desapareció tras ser introducido en un coche policial y que apareció dos semanas más tarde flotando en la costa cartagenera. Los policías habían acudido en respuesta a las numerosas llamadas realizadas por la víctima al 091 denunciando que los vecinos querían matarlo.

La misiva, publicada por el diario regional La Opinión, constituye un documento cuanto menos sorprendente en el que el autor justifica la serie de decisiones que llevaron a los seis policías a conducir al finado a Cala Cortina, un sitio «tranquilo, para que su mente consiguiera deshacerse de sus miedos» y el lugar en el que, según su versión, escapó corriendo del coche y si te he visto no me acuerdo.

El rosario de justificaciones se sucede. Por qué no dieron parte del incidente en comisaría. Por qué una vez encontrado el cuerpo días más tarde no informaron a sus superiores del suceso. Todo acompañado de veladas acusaciones al departamento de Asuntos Internos (eso que oyes en tu cabeza es Hollywood mandándote cientos de referencias al respecto) y de unas emocionantes líneas sobre el honor y el orgullo que implica el ser policía: «sólo aquel que es padre puede saber el sentimiento que recorre su cuerpo cuando, después de una jornada de trabajo, vuelve a casa y su hijo pequeño corre hacia él con los brazos abiertos diciendo: “Papi, papi policía, ¿a cuántos malos has atrapado hoy?”. Y a su lado, su mujer les mira con una gran sonrisa en los labios, sintiéndose la persona más afortunada del mundo». Si Donald Trump no fuese un androide psicópata y tuviera lacrimales, lloraría con estas declaraciones.

Lo cierto es que todos los detalles que rodean este caso resultan bastante extravagantes. De novela negra de tapa blanda. De temporada de True Detective. Diego Pérez, un hombre con un historial de problemas mentales y de un barrio algo conflictivo, realiza la siguiente llamada:

Operador— Comisaría, buenas tardes.

Diego— Buenas tardes, estoy aquí, que me quieren pegar, que me quieren pegar dos tiros y, y, y… estoy aquí en mi casa encerrao.

Operador — ¿Que le quieren pegar dos tiros? ¿Quién?

Diego— Una gente porque cogí unas bicicletas sin darme cuenta y, y, y se las quiero pagar y no me hacen caso.

Operador — ¿Dónde es esto?

Diego— En Las Seiscientas.

Operador— ¿Pero en qué calle?

Diego— Estanislao Rolandi, 231.

Operador— Vale, pues ahora mando un coche. Venga hasta ahora.

Tres patrullas de la policía acuden al domicilio. Más tarde, se registra esta conversación entre los zetas y la comisaría:

ZETA— Sí, adelante

Operador— ¿Oye lo del zumbao este de primera hora, de ahí de Las Seiscientas, al final qué mierda era?

ZETA— Nada, eso se le informó… se resolvió con presencia. Él decía que él había robado dos bicicletas, y a los que le había robado las bicicletas venían a matarlo, y ya está. Entonces, cuando nos hemos enterado que era por eso, pues le hemos dicho de to, y ya está, se ha ido a su casa.

ZETA 2— No hay robado.

Operador— Ya, pero que allí, otra parte no había ni nada… es que me ha vuelto a llamar y dice que están allí con escopetas, que no sé qué.

ZETA— No, la otra parte no había nada de nada, claro que no. Probablemente hayan ido, ya te he dicho. Este ha dicho que él había hurtado, le había robado las bicicletas a unos, y lógicamente y justamente los otros habían ido a matarlo, así que nosotros hemos dicho: Oye pues no está mal, que es lo legal ¿no? Claro. Entonces pues si ahora han ido a cobrarse justicia pues…

ZETA 2— ¡Dios lo ampare en su gloria!

ZETA— (Risas)

Operador— Ya, por eso, que no sé yo la credibilidad que darle al zumbado este.

ZETA— Hombre, tenía un poco pinta de estar un poco… Tenía un libro de la Biblia, iba leyendo por si lo mataban pa que Dios lo acogiera en su seno… antes de morir… iba un poco, no sé, él tenía un poco de miedo.

Operador— Le lleváis un chaleco si eso

ZETA— Sí, aquí llevamos un chaleco, se lo podemos dar. Antes lo hemos querido invitar a café, lo que pasa es que no ha querido.

(se escucha sonar un teléfono)

Operador —Espérate que está llamando otra vez

Las mismas patrullas se encargan de volver al domicilio de Diego. Horas más tarde, ya de mañana, su cuñada encuentra la puerta de su casa abierta de par en par y las luces encendidas. Como es lógico, cuando semanas más tarde aparece el cadáver todas las sospechas giran en torno a la familia de las bicicletas. Sin embargo ellos afirman que a pesar de que es cierto que lo habían amenazado, la cosa no había ido más allá. Entonces es cuando aparece un testigo protegido que asegura haber visto a Diego subir en el coche de la policía, lo cual tira abajo la versión oficial (que tras acudir de nuevo a su domicilio, le habían dejado allí).  

Asuntos Internos empieza a indagar; descubren que seis cámaras de tráfico y de seguridad captaron a los tres vehículos policiales camino de Cala Cortina con las luces del puente apagadas. Entrevistan a los guardias del puerto, que aseguran que la noche de la desaparición se cruzaron con las patrullas por la carretera y que al preguntarles qué hacían ahí, contestaron «Nos aburrimos y estamos jugando al escondite». Efectivos de paisano comienzan a hacer seguimientos. Se instalan dispositivos de grabación en los coches patrulla de los sospechosos (que aunque no registran confesión alguna, recogen frases lapidarias como «el mar se lo bebe todo»). Los policías son detenidos y admiten que sí, que se lo llevaron a Cala Cortina pero que no lo mataron.  Los peritos se pelean a la hora de determinar la causa de la muerte de Diego Pérez que, como cabe esperar, después de estar dos semanas en el mar apareció de aquella manera. Unos afirman que las lesiones que presenta el cadáver en el cuello eran propias de un giro brusco realizado mediante una técnica de artes marciales y que recibió numerosos golpes antes ser arrojado al mar. Otros, que las lesiones se deben simplemente a la paliza que te da el mar a lo largo de casi quince días y que la hipótesis de la caída es plausible. Que debajo de las uñas hay restos de piel pero que no se pueden hallar rastros de ADN. Que no, que eso es simplemente roña marina. Mientras tanto, los seis policías pasan un año en diversos centros penitenciarios a la espera de que un jurado popular los juzgue por homicidio y detención ilegal. Familiares y amigos se manifiestan por su liberación y denuncian la falta de pruebas. Uno de los acusados muere en el hospital a causa de una pancreatitis.

A lo largo de este periodo se suceden las reconstrucciones del crimen y la atención nacional sobre la playa que da nombre al caso aumenta. Lo que los foráneos no pueden apreciar es la situación única de Cala Cortina, que la hace merecedora de ser el lugar ideal recreado por un murciano Raymond Chandler para situar el punto de partida de un caso de asesinato y, presumiblemente, corrupción policial.

Existen dos accesos a Cala Cortina. El primero de ellos, el tomado habitualmente por los cartageneros que desean darse un baño o disfrutar de un caldero o unas marineras [NdE: los aborígenes cartageneros sienten un incontenible orgullo ante este sencillo pero sabroso plato, cuya elaboración y consumo nos explica Juan Echanove.] en el único restaurante de la playa, discurre por una carretera urbana que realiza un viaje en el tiempo a través de la Cartagena de los últimos treinta años. En primer lugar, atravesamos el puerto turístico, reformado a todo lujo a lo largo de la pasada década gracias al chorro sin fin de los fondos europeos  y que por las noches solía ser hábitat de señoritas de moral distraída. Más adelante, además de la nueva zona de trabajo de las mencionadas señoritas (que no fueron muy lejos), encontramos el puerto de Santa Lucía, barrio de pescadores que data de la época romana y del que forma parte el excelso y muy conocido Lo Campano. Además de numerosos restaurantes de pescado frito y mantel de papel con vistas a la terminal de contenedores y mercancías, vemos lo que queda de la fundición de metales pesados Peñarroya, cuyo cierre fue el detonante de la fuerte crisis industrial sufrida en los 80 que culminó con el lanzamiento de un cóctel molotov contra la Asamblea Regional durante la revuelta obrera de 1992, quedando su sala de conferencias completamente calcinada.

Tras abandonar el núcleo urbano, seguimos por la carretera que avanza por los montes que rodean el puerto de Cartagena y atravesando un túnel nos encontramos con Cala Cortina. A cinco minutos en coche del centro de la ciudad pero completamente apartado de cualquier zona habitada. Desde luego, el sitio perfecto para defenestrar a alguien si uno se propusiese hacerlo. La única salida de la cala, además del camino por el que hemos venido, es el acceso por carretera desde la bahía de Escombreras, en la que podemos disfrutar de uno de los paisajes naturales industrializados más desoladores que se pueden encontrar, cortesía de la refinería Repsol.

Tras este viaje, dejo a mis acompañantes decidir si entra dentro de los parámetros de lo creíble que seis policías nacionales tomasen  la lógica y meditadísima decisión  llevar a un ciudadano alterado y con evidentes signos de no estar muy bien de lo suyo a un lugar como el descrito para que se tranquilizara y que este escapase y cayese al mar.

Lo que sí que queda claro es que, pasase lo que pasase, aquí hay una película por hacer.

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