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Huelga espacial

Ser astronauta es lo mejor. Todos los niños quieren ser astronautas. Un astronauta es un héroe, un héroes es un modelo, un modelo que además sea piloto militar o estrella de la ciencia puede llegar a ser astronauta.

Ser astronauta es lo mejor. Te subes a un ataúd volante y sobrevives. Traspasas la barrera invisible del Espacio, te pones cara a cara con Dios. Le das un firme apretón de manos, de igual a igual, o incluso le haces una pedorreta. Porque Él es, pero tú has llegado montado en varias toneladas de combustible ardiendo.

Ser astronauta es lo mejor. Sales del planeta, y eso solo puede ser bueno. Olvidas las penurias terrenales, las pequeñas mezquindades. Te dedicas a hacer fotos preciosas y versiones de canciones que hablan del espacio. al volver, das conferencias, sigues por encima del mundanal ruido. Te retiras a los cuarenta, millonario y respetado.

Ser astronauta es lo mejor porque puedes llevar un parche así de guay hasta en el pijama. Sobre todo en el pijama.

Ser astronauta es lo mejor. Llegas en tu cohetito al laboratorio espacial y te pones a descargar cosas. Y más cosas. Y más cosas. Mientras, hay que poner en marcha los instrumentos. La ciencia no espera, hop hop hop. Sigue colocando cosas. Ahora te toca mear, vaya lío, y ve rápido que no tenemos todo el día. Que esto dura unos mesecitos y fuera. Venga, unas horas de sueño. Más experimentos. Doce, dieciséis horas. Así no hay quien haga una buena versión del Bella ciao, copón.

Ser astronauta no es picar piedra, ni es hacer el turno de noche en un Carrefour 24 horas. Pero tampoco es una bicoca, eh. Por lo menos, eso pensó la tripulación de la misión Skylab 4, que después de seis semanas y muchas quejas no esuchadas por el control de misión en tierra, pese a lo lógico de algunos de sus argumentos:

“En tierra nadie esperaría que trabajáramos 16 horas al día durante 85 días, así que no entendemos por qué aquí sí que podemos hacerlo.”

Como no les hicieron caso, a las seis semanas de misión cortaron por lo sano y se tomaron un día de descanso no programado. Apagaron la radio y se pusieron a dormir y mirar al espacio. Después, comunicaron sus exigencias a la NASA: más tiempo para descansar y pensar, no hacer ejercicio después de las comidas. La NASA tuvo que aceptar, claro.

Al volver a tierra, se atribuyó el motín a la depresión, pero el comandante de la misión dijo que para nada, que lo que estaban era agobiados y tenían ganas de pensar y contemplar, además de trabajar con cierto orden. Que se dejaran de inventos.

A la NASA la experiencia le gustó regular, e impidió que ninguno de los tres pilotos volviera a participar en misiones espaciales. La maravilla está bien, pero el patrón es el patrón.

Huelga espacial

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