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Se veía venir. Era evidente que la cruel moda de dejar trozos de animales marinos en sitios improbables alcanzaría la capital en algún momento, y entonces alguien empezaría a tomarse en serio la amenaza que los perpetradores de estos crímenes, probablemente una nueva tribu urbana, una subcultura dañina y antisocial, suponen para nuestro dolorido país.

Ha sido necesario que un anónimo y aterrorizado ciudadano encuentre los restos albardados de un delfín en medio de la Casa de Campo de Madrid para que la policía actúe. Parece que no fue suficiente con las alarmas que el Cuarto Poder hizo sonar en Extremadura, tierra eternamente ignorada (salvo alguna cosa), cuando aparecieron trozos de tiburón en una presa de Hornachos, Badajoz. Igual es que las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, poco duchas en asuntos acuáticos, no se dieron cuenta de que un pantano de agua dulce no es lugar para un escualo. O quizá no les importó el saber que alguien se dedicaba a lanzar tiburones (¿vivos? ¿muertos?) al río lejos de la capital. O igual es que el prejuicio existente hacia los tiburones y el amor que despiertan los delfines (bichos dañinos y crueles, no lo olvidemos) nubló su normalmente preclaro juicio.

Pero ahora tendrán que actuar. La cercanía de los hechos a la centralidad del tablero nacional los obliga a ello. De momento no hay muchas pistas acerca de la identidad del autor. Como hemos manifestado, parece obvio que los culpables serán jóvenes antisociales. Siempre lo son.

¿O es esto demasiado obvio? ¿Podría ser que una mente maestra, alguien que considera que merece reconocimiento y al que le fue arrebatado el éxito de la punta de los dedos, haya urdido el plan? Alguien a quien una pizca de arrogancia haya hecho desvelar sus cartas demasiado rápido. Alguien que solo quiere ver el mundo bajo las aguas.

Alguien como El Comodoro.

El Tridente de Neptuno.

La Espuma de la Ola.

El Siervo de las Náyades.

El Que Desgasta Las Conchitas.

El Remero.

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