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Pillan a dos policías pakistaníes con el coche lleno de corderos secuestrados

Antes de nada: esta historia acaba más o menos bien. Los corderos no han muerto.

Aclarado eso, vamos con el relato. En Pakistán hay un tipo de oveja cornuda llamada urial del Punjab. Hay más o menos 2500 ejemplares y se permite cazar dieciséis al año.

¡Quietos, asalvajados lectores! ¡Detengan sus cinegéticos apetitos! ¡No corran al Punjab con sus escopetas de perdigones! Cada uno de los dieciséis permisos que salen a la venta vale 16500 dólares. Ni más ni menos.

No es sorprendente, claro, que haya un cierto tráfico ilegal de corderos punjabíes, que salen a unos doscientos dólares cada uno. Mucho más económico.

Como se ve que lo de la caza, los jueces, la ley, la trampa es algo más o menos transversal, internacional, universal, nadie se sorprenderá tampoco deleer que un juez encargó a unos policías que le consiguieran uno de esos adorables animales.

Tú también lo harías.

Los policías dijeron que sí, pero decidieron coger unos pocos más. Fueron interceptados por guardabosques con media docena de corderos saltarines en el coche patrulla.

Por la gracia del juez, ahora los ocho (dos criminales policías, seis inocentes corderos punjabíes) están entre rejas: los policías en el calabozo, esperando juicio, los corderos en el zoo de Lahore. Que podría haber acabado peor, pero qué culpa tienen los borreguitos de haber caído en las garras de polis corruptos uno y dos.

Corderitos askatu!

Pillan a dos policías pakistaníes con el coche lleno de corderos secuestrados

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