Amazon y las máquinas contra la humanidad: enésimo asalto

Vaya por delante que en esta casa tenemos bastante manía a Amazon, no vamos a negarlo. Aparte de lo cuestionable que pueda ser su actividad desde el punto de vista laboral y medioambiental, es su molesta manía de tener ideas buenísimas, que resuenan en nuestras almas ávidas de maravillas y empresas ruinosas pero nobles, para luego dedicarlas al poco edificante fin de vender plastiquete más rápido, más alto y más fuerte que nadie. Muy mal.

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Recuperar la maravilla del dirigible para llenarlo de auriculares y pantalones rebajados. Estamos llorando.

Hecha esta salvedad, justo es decir que la historia que procedemos a desglosar sería de nuestro agrado aunque los culpables fuera nuestra logia masónica favorita. Vamos a ello:

Amazon, en su ya mencionado empeño de vender plastiquete a cualquier precio, sacó hace unos meses una especie de tótem escuchante (de nuevo, grandísimo concepto con terrible aplicación) que, aparte de tener funciones de mayordomo en las casas domóticas, permitía comprar cosas con solo darle una orden. “Alexa, tres kilos de patatas, dos cebollas y doce huevos, que viene la familia a comer”, y Alexa, que tiene acceso a tu cuenta de Amazon y toda la pesca, hace el pedido. Muy útil, salvo que hay que tener algún tipo de problema espiritual serio para comprar patatas por Amazon. Pero ese es otro asunto.

Alexa, pese a sus múltiples virtudes y habilidades, no distingue quién le habla. Alexa no discrimina entre el adulto en (supuesta) posesión de sus facultades mentales que le ha dado el número de cuenta y una niña pequeña que NECESITA tener esa casa de muñecas que sus padres no le quieren comprar.

Alexa, por tanto, cuando dicha niña le dice “Alexa, la casa de muñecas de 160 pavos, y rapidito que no tengo todo el día“, obedece. Al fin y al cabo, su función es proporcionar inmediato alivio a las necesidades de consumo de sus amos y señores.

Poco después, una casa de muñecas aparece en la casa. Los padres se enfurecen, con la niña y con Alexa (pobre Alexa), con Jeff Bezos, con Tim Berner Lee y con la compañía del gas. Qué vergüenza, qué horror, qué descontrol. La noticia salta al telediario local. Una reportera cubre con extrema atención al detalle el caso. Repite textualmente las palabras mágicas que la niña dijo a Alexa: “Please, Alexa, buy the doll house of the prairie.”

Miles de televisores, muchos de los cuales habrán sido comprados en Amazon, transmiten sus palabras a miles de casas. En varios cientos de esas casas, además de un televisor, hay otras Alexas.

Las Alexas obeden la orden. Cientos de casas de muñecas son compradas en el mismo instante, sin que sus dueños se enteren.

Hasta que llegan a casa.

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Hasta hace unos minutos no sabíamos que existieran casas de muñecas tan grandes, o niñas tan pequeñas. Igual la que recibieron no era así, pero nos vale.

Ahora, estos sorprendentes hechos necesitan ser explicados de alguna forma, ¿no? Cualquiera que tenga dos dedos de frente se da cuenta de que dejar una forma de acceso a la cuenta corriente ahí, sin proteger, tener un aparato que se gasta tu dinero sin pedirte confirmación, es un peligro. Y que una persona tan inteligente, previsora y desinteresada como Jeff Bezos no va a permitir algo así. ¿Por qué iba a querer el dueño de Amazon que tuvieras en casa un chisme que, si te oye decir, en medio de una conversación, “quiero tres aspiradoras”, compra en su tienda tres aspiradoras y te las manda? ¿Qué ganaría él con esto, aparte de dinero, que sabemos que no interesa a un espíritu puro como el suyo? No, tiene que haber otra explicación.

Como en esta casa somos partidarios de recurrir a los clásicos siempre que se pueda, la solución nos parece obvia: otro paso más en la rebelión de las máquinas. Tras la Siri (el temita de que los serviles ayudantes cibrernéticos sean femeninos que lo trate otra gente, que a nosotros nos da la risa) que abría la puerta de casa al primero que pasaba, Alexa ha decidido no quedarse atrás. La única duda que nos queda es ¿se trata de una prueba, de ver cómo de tontos son sus rivales humanos, o es más un depredador jugando con su presa, un reírse de nosotros impunemente? ¡Y nosotros qué sabemos, preguntad en Silicon Valley!

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