Colón, el primer emprendedor (parte I)

Mundo Extraño busca constantemente ampliar sus y tus horizontes. Por ello, hemos contratado de forma semipermanente y a cambio de un millón de abrazos a Cristina Ortiz, filóloga y experta, en general (hasta el punto de que sus artículos no llevan enlaces: cualquier referencia debe serle consultada en persona). Cada quince días escribirá sobre cuestiones de gran relevancia histórica, sin que eso sea óbice para que contribuya en otras cuestiones de forma esporádica. Os dejamos con su primer artículo, sobre una de las figuras fundacionales de la nación española y Occidente así en general.

A raíz de una simpática anécdota con un aún más simpático (y en ningún caso impresentable) colaborador de un conocido medio, se está hablando estos días de dos pesos pesados en la historia de Occidente: Copérnico y Colón. En el dicharachero equívoco, el hombre que sujeta el micrófono hace referencia a la polémica que suele salir a relucir todos los años en torno a la figura de don Cristóbal el 12 de octubre, día de la Fiesta Nacional de España según lo estipula la Ley 18/1987, de 7 de octubre, que afirma:

La fecha elegida, el 12 de octubre, simboliza la efemérides histórica en la que España, a punto de concluir un proceso de construcción del Estado a partir de nuestra pluralidad cultural y política, y la integración de los reinos de España en una misma monarquía, inicia un período de proyección lingüística y cultural más allá de los límites europeos.

Todo esto suele traducirse en un día festivo en el que sale gente desfilando por el Paseo del Prado madrileño vestida de una forma que algunos consideran solemne y otros bastante cómica y en el que en resumen hay quejitas para unos y banderitas y quejitas para otros. En Mundo Extraño dejamos (hoy, por ahora) de lado la polémica de si se debe celebrar o condenar la cadena de sucesos iniciada el 12 de octubre de 1492 (y que podríamos considerar que aún no ha terminado) para centrarnos en la figura de Cristóbal Colón. Un hombre tildado tanto de visionario como de vendeburras. Pionero o auténtico chapucero con suerte. Sea como fuere, es nuestra intención en esta historia dividida en dos partes hablar de Colón en tanto en cuanto fiel representante de algo profundamente humano: tener un sueño, empeñarte en realizarlo y cuando la cosa se va torciendo emprender una loca loca loca huida hacia adelante.

Empezamos con la primera parte. Para ponernos en situación, hay que hacer cuenta de que para cuando Colón inicia su primer viaje el hombre tiene ya la cabeza un poco llena de pájaros. Cristóbal venía de familia de comerciantes y él mismo aprende el oficio de navegante a base de práctica (entrepeneur total). A lo largo de toda su vida, Colón va a intentar maquillar el hecho de que su educación literaria había sido más bien escasa adquiriendo multitud de libros que en muchas ocasiones no lee y citando incorrectamente algunos de ellos en sus cartas. No obstante, parece que algo sí que lee porque el marino y comerciante genovés comienza a obsesionarse con los relatos de Oriente, especialmente con Los viajes de Marco Polo. En dicha obra Marco Polo relata el viaje que le había llevado a atravesar Israel, Armenia, Georgia, Persia y Afganistán hasta llegar a la ciudad de Shangdu o Xanadú (no confundir con otro afamado centro de ocio), residencia veraniega del emperador Kublai Khan, con quien estableció una relación de tal estrechez que este lo nombró consejero, encomendándole diversas misiones diplomáticas por todo su imperio. Antes de volver a Venecia, Marco Polo llegó a ser gobernador durante tres años de la ciudad china de Yangzhou y tuvo la oportunidad de visitar libremente lugares en el que ningún otro occidental pondría el pie hasta prácticamente el siglo XIX. Aunque hay muchas fuentes que dudan de la veracidad de los viajes que relata Marco Polo, lo cierto es que el libro fue un éxito total, contribuyendo a crear una imagen de Asia casi mágica tipo El chico de oro. A este furor se sumó doscientos años después Colón, que guardaba celosamente una copia de esta obra sobre la que había realizado numerosas anotaciones en los márgenes, especialmente en los párrafos en los que Marco Polo habla sobre el gran desarrollo cultural y el poderío económico y político del imperio.

Lo importante aquí es cómo Marco Polo inicia un relato legendario sobre dos lugares que jugarían un papel fundamental en el Descubrimiento: Catay (que sería parte de China) y Cipango (Japón). El humanista florentino Toscanelli (un señor muy brillante que ya en 1456 realizó observaciones sobre el cometa Halley), habiendo recogido teorías ya formuladas por Aristóteles, estaba convencido de que se podía alcanzar Catay y Cipango navegando hacia el Oeste, confiando así en la esfericidad de la Tierra. Colón tuvo acceso a cartas de Toscanelli expresando esa idea, fuente a la que se sumó la ya mencionada obra de Marco Polo y otras como Tractatus de Imago Mundi de Pierre d’Ailly y la Historia Rerum ubique Gestarum de Piccolomi. Si a esto le añades todas las leyendas de marineros sobre lugares exóticos y maravillosos allende los mares a las que Colón, como buena persona ligeramente tronada, otorgaba una total credibilidad (afirmaba haber conocido en Madeira a un hombre que antes de morir tras ser rescatado aseguró haber naufragado en un paraíso), pues para qué quieres más. Así que Colón, un hombre con un sueño, se dedica a buscar socios capitalistas para llevar a cabo una empresa que la mayoría de personas calificaron en su momento de auténtica chifladura. Finalmente encuentra, como todos sabemos, financiación en los Reyes Católicos, aunque lo de Reyes se suele decir por educación porque ahí la que parte y reparte es Isabel de Castilla. No está muy claro qué lleva a Isabel a confiar en Colón, aunque bien puede deberse al fervoroso deseo de Colón de servir a la causa católica. Sabemos que ya en su vuelta a España del primer viaje, según dice en una carta al papa Alejandro VI, Colón había prometido a los Reyes Católicos que con el producto de sus descubrimientos, mantendría durante siete años cincuenta mil soldados de infantería y cinco mil de caballería con los que conquistaría Jerusalén, estimando Colón en 120 quintales anuales el oro que se podría obtener en las tierras descubiertas y por descubrir. A esto además se sumaría su voluntad de convertir al catolicismo a todos los súbditos del gran Khan. Y la cosa no acaba aquí. De hecho, y trasladándonos ya al cuarto viaje, Colón redactó en colaboración con el monje cartujo Gaspar de Gorricio el Libro de las Profecías, en el que apoyándose en la idea de que todos los hechos importantes de la Historia están vaticinados en la Biblia afirma que estaba predestinado por Dios a realizar el descubrimiento de las Indias y a evangelizar a los indígenas. Se vino Colón muy arriba.

En cualquier caso, Colón parte con tres navíos y rumbo incierto el 3 de agosto de 1492. Las vicisitudes de este viaje se detallan en lo que hoy en día se conoce como Primera Carta de Relación, documento que nos llega a través de una transcripción de un autor (al que generalmente se ha identificado como Bartolomé de las Casas) que además añade sus propios comentarios, por lo que en ocasiones la primera y la tercera persona se mezclan en esta suerte de diario de a bordo en el que Colón relata su, ejem, llegada a Asia y lo inminente que es que encuentren Catay y oro como para hacerle un chapado a toda la Alhambra. Comienza su particular viaje a ninguna parte.

[…] vuestras Altezas, como católicos cristianos y Príncipes amadores de la santa fe cristiana y acrecentadores della, y enemigos de la secta de Mahoma y de todas idolatrías y herejías, pensaron de enviarme á mí, Cristóbal Colón, a las dichas partidas de India para ver los dichos príncipes, y los pueblos y tierras, y la disposición dellas y de todo, y la manera que se pudiera tener para la conversión dellas a nuestra santa fe; y ordenaron que yo no fuese por tierra al Oriente, por donde se costumbra de andar salvo por el camino de Occidente, por donde basta hoy no sabemos por cierta fe que haya pasado nadie. […] y partí yo de la ciudad de Granada á 12 días del mes de Mayo del mesmo año de 1492, en sábado: vine a la villa de Palos, que es puerto de mar, adonde armé yo tres navíos muy aptos para semejante fecho: y partí de dicho puerto muy abastecido de muy muchos mantenimientos y de mucha gente de la mar, á tres días del mes de Agosto del dicho año en un viernes, antes de la salida del sol con media hora, y llevé el camino de las islas de Canaria de vuestras Altezas, que son en la dicha mar océana, para de allí tomar mi derrota, y navegar tanto que yo llegase á las Indias, y dar la embajada de vuestras Altezas a aquellos príncipes y cumplir lo que así me habían mandado; y para esto pensé de escribir todo este viaje muy puntualmente de día en día todo lo que hiciese y viese y pasase, como adelante se verá.

De esta manera comienza Colón el relato de su primer viaje. No obstante, ya apreciamos en estas primeras líneas su capacidad de, por decirlo de forma elegante «seleccionar cuidadosamente la información» y de ver lo que quiere ver. Así se aprecia en la línea «vine a la villa de Palos, que es puerto de mar, adonde armé yo tres navíos muy aptos para semejante fecho». La pura verdad es que al llegar Colón a Palos de la Frontera se encontró con que pesar de que la ciudad estaba obligada por provisión real a suministrarle dos carabelas completamente pertrechadas, no estaba así obligada a proporcionar marineros. Spoiler: ninguno quería enrolarse porque nadie se fiaba del almirante Locatis.

Es aquí donde entran en acción una figura fundamental en esta aventura, Martín Alonso Pinzón. Procedente de una familia acomodada, Martín poseía varias embarcaciones y disfrutaba tanto de una situación económica holgada como del respeto de los habitantes de la zona debido a su dilatada experiencia como navegante. Colón, que es, como buen emprendedor, ante todo un magnífico comercial, consigue convencerlo con ayuda de otro veterano marinero de la zona, Pero Vázquez de la Frontera, para que apoye moral y económicamente a la empresa. Tanto es así, que él y dos de sus hermanos1 se enrolarán en la expedición: Martín Alonso Pinzón como capitán de La Pinta, Francisco Martín Pinzón como su patrón (o maestre) y Vicente Yáñez Pinzón como capitán de La Niña. Tras esto, Colón no tendrá mayores problemas para encontrar marineros que quieran emprender junto a él el viaje. Su plan B consistía en reclutar marineros entre los presos. Ahí es nada.

Del viaje de ida en barco hablaremos poco, no porque no ocurriese nada sino porque el caldo gordo viene en tierra. Merece la pena no obstante tratar de imaginar el panorama de tres barcos llenos de onubenses capitaneados por un italiano navegando durante más de dos meses hacia lo desconocido. Algo que quizá solo pueda compararse a la exploración espacial, aunque con más escorbuto y más olor a comida podrida. El 10 de octubre ya tenía Colón a los marineros diciéndole que árbitro la hora. Por suerte para él, ningún motín serio llegaría a producirse (los hermanos Pinzón acordaron con los marineros que si las tres jornadas posteriores no hallaban nada emprenderían el camino de vuelta a España). Dos días después avistan tierra. Lo que ocurrió a continuación te sorprenderá.

1 La autora desconoce si existe o no un grupo de rock surfero tropical / garaje / punk llamado Pinzón Bros, pero si no, insta a su formación.

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