Colón, el primer emprendedor (parte II)

Esta entrada es la segunda parte de la historia comenzada hace quince días. En sucesivas entregas, Cristina Ortiz nos ilustrará con variados episodios de la historia.

En esta segunda parte iniciamos el relato de los tres meses que Colón pasa en, ejem, «Las Indias». En este punto damos al lector la oportunidad de ahorrarse la relación de fragmentos del diario del almirante y ofrecemos un breve resumen de las ideas centrales del diario:

  1. Hemos llegado a las Indias. Todo estupendo. Todo maravilloso. Las gente es encantadora.
  2. Mañana ya casi seguro que encontramos el oro. Me lo ha dicho un indígena.
  3. Detrás de esa isla debe de estar Cipango.
  4. Comparar el clima con el de Andalucía.

Así pues, el 12 de octubre Colón escribe (recordemos que los saltos a la tercera persona se deben a que transcribe Bartolomé de las Casas):

[…] dice aquí el Almirante quo hoy y siempre de allí adelante hallaron aires ternperantísimos; que era placer grande el gusto de las. mañanas, que no faltaba sino oir ruisefiores. Dice él, y era el tiempo corno Abril en el Andalucia.  Luego se ayuntó allí mucha gente de la isla. Esto que se sigue son palabras formales del almirante, en su libro de su primera navegación y descubrimiento de estas Indias.  «Yo (dice él), porque nos tuviesen mucha amistad, porque conoscí que era gente que mejor se libraría y convertiría á nuestra Santa Fe con amor queno por fuerza, les di á algunos de ellos unos bonetes colorados y unas cuentas de vidrio que se ponían al pescuezo, y otras cosas muchas de poco valor con: que hobieron mucho placer y quedaron tanto nuestros que era maravilla. […] nos traían papagayos y hilo de algodón en ovillos y azagayas, y otras cosas muchas, y nos las trocaban por otras, cosas que nós les dábamos, como cuentecillas de vidrio y cascabeles. […] Ellos andan todos desnudos como su madre los parió, y también las mujeres, aunque no vide más de una farto moza, y todos los que yo ví eran todos mancebos, que ninguno vide de edad de más de treinta años: muy bien hechos, de muy fermosos cuerpos, y muy buenas caras.  […] Ellos no traen armas ni las cognocen, porque les anzostré espadas y las tomaban por el filo, y se cortaban con ignorancia. […] Ninguna bestia de ninguna manera vicie, salvo papagayos en esta isla.»

A partir de ese momento, Colón se dedica a rodear y explorar las islas esperando encontrarse con el Gran Khan.

Del 13 de octubre:

Determiné de aguardar fasta mañana en la tarde, y después partir para el Sudueste […] a buscar el oro y piedras preciosas. Esta isla es bien grande y muy llana y de árboles muy verdes, y muchas aguas, y una laguna en medio muy grande, sin ninguna montaña, y toda ella verde, ques placer de mirarla; y esta gente farto mansa, y por la gana de haber de nuestras cosas, y teniendo que no se les ha de dar sin que den algo y no lo tienen, toman lo que pueden y se echan luego á nadar […]  Aquí nace en esta isla, mas por el poco tiempo no pude dar así del todo fe, y también aquí nace el oro que traen colgado á la nariz; mas por no perder tiempo quiero ir á ver si puedo topar á la isla de Cipango.

Del 16 de octubre:

Isla Fernandina. Esta isla es grandísima y tengo determinado de la rodear, porque según puedo entender en ella, ó cerca delta, hay mina de oro. […] Sai naot, que es la isla ó ciudad adonde es el oro, que así lo dicen todos estos que aquí vienen en la nao, y nos lo decían los de la isla de San Salvador y de Santa María. En este tiempo anduve así por aquellos árboles, que era la cosa más fermosa de ver que otra se haya visto; i veyendo tanta verdura en tanto grado como en el mes de Mayo en el Andalucía, y los árboles todos están tan disformes de los nuestros como el día de la noche; y así las frutas, y así las yerbas y las piedras y todas las cosas.

Del 21 de octubre:

Aquí es, unas grandes lagunas, y sobre ellas y á la rueda es el arboledo en maravilla, y aquí y en toda la isla son todos verdes y las yerbas como en el Abril en el Andalucía; y el cantar de los pajaritos que parece que el hombre nunca se querría partir de aquí, y las manadas de los papagayos que ascurecen el sol; y aves y pajaritos de tantas maneras y tan diversas de las nuestras, que es maravilla; […] Después se llegaron á nos unos hombres dellos, y uno se llegó del todo aquí: yo di unos cascabeles  y unas cuentecillas de vidrio, y quedó muy contento y muy alegre […] por ende si el tiempo me da lugar luego me partiré á rodear esta isla fasta que yo haya lengua con este Rey, y ver si puedo haber del el oro que oyo que trae, y despues partir para otra isla grande mucho, que creo que debe ser Cipango, segun las señas que me dan estos indios que yo traigo.

Del 22 de octubre:

Toda esta noche y hoy estuve aquí aguardando si el Rey de aquí ó otras personas traerían oro ó otra cosa de sustancia, y vinieron muchos de esta gente, semejantes á los otros de las otras islas, así desnudos, y así pintados dellos de blanco, dellos de colorado, dellos de prieto, y así de muchas maneras. […] Algunos dellos traían algunos pedazos de oro colgados al nariz, el cual de buena gana daban por un cascabel destos de pie de gavilano y por cuentecillas de vidrio: mas es tan poco, que no es nada: que es verdad que cualquiera poca cosa que se les dé ellos también tenían á gran maravilla nuestra venida, y creían que eramos venidos del cielo.

Del 23 de octubre:

Quisiera hoy partir para la isla de Cuba, que creo que debe ser Cipango según las señas que dan esta gente de la grandeza della y riqueza, y no me deterné mas aquí ni esta isla alrededor para ir á la población, como tenía determinado, para haber lengua con este Rey ó Señor, que es por no me detener mucho, pues veo que aquí no hay mina de oro, y al rodear de estas islas ha menester muchas maneras de viento, y no vienta, así como los hombres querrían.

Y no he dado ni doy la vela para Cuba, porque no hay viento, salvo calma muerta y llueve mucho; y llovió ayer mucho sin hacer ningún frío, antes el día hace calor, y las noches temperadas como en Mayo en España en el Andalucía.

Del 29 de octubre:

A las anclas de aquel puerto y navegó al Poniente para ir diz que á la ciudad donde le parecía que le decían los indios que estaba aquel Rey.

Del 30 de octubre:

Determinó el Almirante de llegar á aquel río y enviar un presente al Rey de la tierra  y enviarle la carta de los Reyes, […] que pensaba que estaba por allí ó á la ciudad de Cathay  ques del Gran Can, que dicen que es muy grand.

Se suceden durante días relatos de las cosas que encuentran y de lo mansos que son los indios. Colón se empieza a poner nervioso porque el oro no aparece y ahí ni está el Gran Khan ni se le espera. Además, no sabe qué rumbo seguir porque no para de confundirse al medir la latitud. EL 22 de noviembre Martín Alonso Pinzón decide seguir partir caminos y se separa de Colón y de la Santa María por motivos desconocidos. Algunas fuentes consideran que la separación fue fruto de un ansia de protagonismo de Pinzón, que deseaba el oro y la gloria para sí. Otros apuntan, no obstante que Pinzón estaba hasta las narices de dar vueltas por Cuba buscando Japón.

Lo cierto y verdad es que Pinzón llegó hasta Jamaica y rodeó La Española por el Este, pasó por las Bahamas y volvió rumbo Sur. Mientras tanto Colón, que sigue sin hallar oro, se centra cada vez más en un relato febril de las maravillas naturales que va encontrando (porque algo tiene que ofrecer a sus patrocinadores) y del insuperable carácter de sus gentes (del «buen salvaje», al fin y al cabo), poniendo así las primeras piedras del tópico de lo real maravilloso que siglos después culminaría en lo que se ha venido a llamar popularmente realismo mágico. Colón ha seguido vendiendo hasta después de muerto.

El almirante llega el 6 de diciembre a La Española, de la que afirma:

Crean vuestras Altezas questas tierras son en tanta cantidad buenas y fértiles y en especial estas desta isla Española, que no hay persona que lo sepa decir, y nadie lo puede creer si no lo viese. ï crean questa isla y todas las otras son así suyas como Castilla, que aquí no falta salvo asiento y mandarles hacer lo que quisieren, […]  y haber multitud destos indios y todos huir, sin que les quisiesen hacer mal.

Durante los días 16, 17 y 18 de diciembre Colón consigue establecer contacto con un grupo de indígenas. Es en los diarios de Colón donde que se registra por primera vez en nuestra lengua las palabras tahínas «cacique» y «caníbal» (de «cariba» que significaba «gente fuerte», aunque el horror que sintieron los españoles al verles consumir carne humana propició el loco doblete léxico «caníbal» y «Caribe»).

Del lunes 17 de diciembre:

Ventó aquella noche reciamente, viento Lesnordeste, no se alteró mucho la mar porque lo estorba y escuda la Isla de la Tortuga questá frontero y hace abrigo: así estuvo allí aqueste día. Envió á pescar los marineros con redes: holgáronse mucho con los cristianos los indios, y trujéronles ciertas hechas de los de Caniba ó de los Canibales, y son  de las espigas de cañas, y exigiéronles unos palillos tostados y agudos y son muy largos. Mostráronles dos hombres que les faltaban algunos pedazos de carne de su cuerpo, y hiciéronles entender que los canibales los habían comido á bocados: el Almirante no lo creyó.

Del 18 de diciembre:

Este vino á la nao después del Rey, al cual dió el Almirante algunas cosas de los dichos restates, y allí supo el Almirante que al Rey llamaban en su lengua Cacique. En este día se resgató diz que poco oro; pero supo el Almirante de un hombre viejo que había muchas islas comarcanas á cien leguas y más, según pudo entender, en las cuales nasce muy mucho oro; y en las otras, hasta decirle que había isla que era todo oro, y en las otras que hay tanta cantidad que lo cogen y ciernen como con cedazos, y lo funden y hacen vergas y mil labores: figuran por señas la hechura.

Del 24 de diciembre:

Entre los muchos indios que ayer habían venido á la nao, que les habían dado señales de haber en aquella isla oro, y nombrada los lugares donde lo cogían, vilo uno parece que más dispuesto y aficionado, ó que con más alegría le hablaba, y halagálo rogándole que se fuese con él á mostralle las minas del oro: éste trujo otro compañero ó pariente consigo, los cuales entre los otros lugares que nombraban donde se cogía el oro, dijeron de Cipango, al cual ellos llaman Civao, y allí afirman que hay gran cantidad de oro.

Esa Civao que le sonaba mucho a Cipango no era otra cosa que parte de la República Dominicana. Y así con todo, Colón. Ese día mismo día encalla la Santa María en La Española, en cuyos restos se construye el Fuerte de Navidad. Los sucesivos días son un ir y venir en negociar con los indígenas e intentar que les digan de una vez detrás de qué palmera están Japón y el oro.

El que paradójicamente sí que encontró oro fue Martín Alonso Pinzón, no en interminables minas, que era lo que esperaba Colón, sino mediante el trueque con los nativos (lo que le valió que el almirante le perdonara el pronto de coger el navío e irse). Parece ser que además Colón consiguió también una caja de oro del ya mencionado cacique. Total, que Colón iba a volver a España de su expedición en busca de oro y especias con el equivalente a un gallo de cerámica recuerdo de Lusitania. Después de una escaramuza con los indígenas en la que varios marineros tuvieron que salir corriendo después de apuñalar en las nalgas a un indio y dado que todo el mundo estaba bastante cansado de dar vueltas a las islas y de oír al almirante decir que aquello era igualito que la Feria de Málaga, Colón toma la decisión de emprender el camino de vuelta a España. El 16 de enero parten La Niña y La Pinta, pero en mitad del océano una tormenta separa a las dos naves, de forma que Martín Alonso Pinzón llega a Galicia y Colón en Portugal, donde es arrestado y llevado ante el rey porque de verdad que es que todo le pasa a él.

Mientras, Pinzón pide  audiencia con los Reyes pero estos consideran que primero deben reunirse con Colón y le mandan de vuelta a casa. Sin embargo, Pinzón, muy enfermo, muere en el Monasterio de la Rábida, no sabemos si maldiciendo la hora en la que le cogió el teléfono al almirante.  Colón, por su parte, se presenta ante los Reyes con, ojocuidao, un par de cajas con cosas de oro, diez indígenas, máscaras y un montón de papagayos.

A pesar de todo, Colón disfruta de un feliz desenlace a ese primer viaje. La noticia de la llegada del almirante a las Indias se propaga rápidamente por toda Europa por medio de una serie de cartas impresas y Colón consigue vía libre para realizar una segunda expedición a las Indias,  esta vez de mucha mayor envergadura, que parte de Cádiz el 25 de septiembre de 1493, a la que le seguirán otras dos en 1498 y 1502 y que serían por lo general mucho menos satisfactorias para el almirante. Pero eso ya son otros diarios.

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