Detienen a sacerdote ortodoxo cuando iba con cianuro en la maleta a ver a su jefe

¿Quién no ha tenido un mal día en el trabajo y vuelto a casa hecho polvo? ¿Quién no ha tenido una semana mala y deseado que su jefe se rompa una pierna? ¿Quién no ha sido sistemáticamente maltratado por el Entorno Laboral hasta empezar a acariciar complejas fantasías de venganza?

¿Quién no ha decidido llevar sus fantasías a cabo y presentarse con cianuro en el bolsillo en el hospital en el que su jefe supremo, el patriarca de la Iglesia Ortodoxa Georgiana, Ilia II, se recuperaba de una operación de vesícula? Giorgi Mamaladze, director de la sección de propiedades de dicha iglesia, ha tenido suficiente y ha actuado. Es posible que le muevan otros motivos que no sean solo el hartazgo, pero qué más da. Pensemos en lo importante: el señor de la foto iba a ser asesinado por un subordinado al que le han encontrado un puñado de armas en casa, y que previsiblemente iba vestido de forma similar.

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Nos gusta pensar que llevaba esta ropa en la cama del hospital.

Entre las actuaciones más populares de el casi asesinado Ilia II, está su oferta especial de bautizar personalmente a todos los bebés cuyos padres tuvieran más de dos hijos. O sea: tienes uno, nada, tienes dos, nada, pero el tercero, cuarto y siguientes son bautizados con el famosísimo giro de muñeca de Ilia II, alehop. Cómo rechazar esta oportunidad. En un país que tiene el dudoso honor de ser el segundo en haber adoptado el cristianismo (siglo IV, tremendos hipsters del tema divino), esto ha dado lugar a que nazcan porrones de niños.

Ay, Ilia, de la que te has librado.

El oro nazi de Canfranc

En esta casa creemos que los nazis tienen dos utilidades: que Cristina cuente historias sobre ellos y ser disuadidos de que hagan daño, por los medios que sea necesario. Esta entrada cubre solamente la primera parte, la segunda es responsabilidad de quien quiera asumirla. Y, a continuación, un vídeo que no tiene nada que ver con lo dicho anteriormente.

Ahora sí, Cristina habla del oro nazi de Canfranc:

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Qué bonito es el mundo ferroviario (foto de canfranneus.eu)

Un pueblo perdido de la mano de Dios en la frontera entre Francia y España. Una gigantesca y magnífica estación de tren en desuso que se cae a trozos. Un puñado de documentos esparcidos por las vías abandonadas. Un montonaco de oro nazi.

Parece la trama de Los ríos de color púrpura 3 o de un best seller surgido al calor del éxito de Stieg Larsson. Pero no. Es un suceso completamente real acaecido en una pequeña localidad aragonesa pegada a los Pirineos. Es la historia del oro nazi de Canfranc.

El origen de Canfranc se remonta al siglo XI, cuando se genera un pequeño núcleo de población que basaba su economía en el comercio de fronteras y en la creciente afluencia de peregrinos que realizaban el Camino de Santiago (la ruta aragonesa). Su posicionamiento estratégico, tanto económico como militar, propició que la villa disfrutase de diversos privilegios y concesiones, así como la construcción de diversos edificios civiles y militares. A pesar de ser, con perdón, una aldea en la que vivían cuatro gatos.

La construcción del edificio que nos interesa se inicia en 1915 con el objetivo de abrir un paso fronterizo en condiciones entre Francia y España a través de los Pirineos. La obra resulta extremadamente ambiciosa debido a que la situación geográfica de Canfranc (a los pies del puerto del Somport, en el valle del Aragón) y el clima de alta montaña hacen necesaria la plantación de árboles y la construcción de muros de contención para evitar avalanchas y desprendimientos. La Estación Internacional de Ferrocarril de Canfranc, la más grande de España con 240 metros de longitud y 75 puertas a cada lado, queda inaugurada en el año 1925. Al acto asisten Primo de Rivera y el rey Alfonso XIII, aunque como demostró posteriormente, él era más de cruzar las fronteras de su país en barco. Quién sabe si mientras se tomaba una marinera. No obstante, la bellísima estación, que combina el estilo clásico y palacial propio de los años 20 con una arquitectura industrial casi de estilo victoriano, pasaría de golpe y porrazo a ser el escenario principal de una novela de espías de John Le Carré. Si vas a montar una trama internacional secreta de compra de metales pesados por parte de los nazis, que sea en un sitio nevado y bonito. Esos sobretodos nazis tienen que lucirse.

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Alfonos XIII y Primo de Rivera jugando a los trenes. Foto de El Confidencial.

Volvamos al tema trenes: bien sabido es que los españoles tenemos una de las mejores infraestructuras ferroviarias del mundo, gracias a la cual no podemos salir de España por el norte debido a la diferencia con el ancho de vía europeo (la única línea que emplea actualmente el ancho de vía europeo, de 1435 mm, es el AVE). La estación, que se construyó con vías Europa friendly, se cerró brevemente durante la Guerra Civil para evitar las comunicaciones por tren con el país vecino y se volvió a abrir al inicio de los años 40, aunque solo para mercancías. Y aquí es donde la trama se complica.

En primer lugar hay que dejar clara una cosa. Hitler tenía oro. Hitler tenía muchísimo oro. Oro como para una boda de leprechauns. Además, conforme iba avanzando la II Guerra Mundial aumentaban tanto las reservas de oro nazi procedentes del expolio por toda Europa como el caos y el sálvese quien pueda, de manera que a día de hoy sigue habiendo muchísimas dudas sobre qué ocurrió con parte de esos lingotes de los que nunca más se supo. Para que nos hagamos una idea, se dice que Martin Bormann, secretario personal de Hitler, escondió de forma cifrada en una partitura de la Marcha Impomptu, del compositor Gottfried Federlein, las coordenadas exactas del lugar donde se había escondido parte del oro que salió de Berlín poco antes de la llegada de las tropas de Stalin y de que el propio Bomann muriera cuando el convoy en el que viajaba fue alcanzado por un obús soviético. Repite conmigo «esto sigue sin ser un thriller de los 90».

Pero no solo hablamos del intercambio de lingotes de oro nazi. El asunto era notablemente más complicado. Durante el primer lustro de los años cuarenta Canfranc fue testigo de un enorme trasiego. Por un lado tenemos el contrabando de materias primas (Franco llegó a recibir pagos en opio) y el constante intercambio de cajas entre trenes y camiones en la estación, puesto que las mercancías tenían que llegar y partir de Canfranc por carretera debido al problema del ancho de vía. Además, los alemanes, sabiendo que nazi prevenido vale por dos, empezaron a lavar todo el oro que podían en Suiza cambiándolo por divisas, que era con lo que en realidad solían pagar la mayor parte de los bienes que adquirían a España y Portugal. Pero entonces, ¿de dónde venía el oro que llegaba a España? Pues de donde vienen la mayoría de los sueños de los muchimillonarios, ¡de Suiza!

Y es que entre 1941 y  1945, el Banco Nacional Suizo paga al Banco de España con oro por un importe de 187 millones de francos suizos. Parte se destina a liquidar los excedentes comerciales favorables a España; otra, a abonar a Madrid los gastos de transporte de productos portugueses destinados al país helvético, mientras que la última  parte servía para compensar a España por la conversión en oro de los francos suizos que recibía por parte de Alemania como pago en las transacciones comerciales. Es decir, Alemania llevaba el oro robado por toda Europa a Suiza para que quedara como le gustaba todo a los nazis: completamente blanco. Con ese dinero, Alemania comerciaba con España, que a su vez lo cambiaba de nuevo por oro refundido procedente de Suiza. Maravilloso ejemplo de colaboración entre naciones europeas. De hecho, el gobierno Alemán llega a presionar a Franco para que autorice a sus brigadas a instalarse en la aduana y poder así vigilar todo el tinglado, cosa que finalmente fue permitida por el gobierno francés de Vichy. En 1942, en la estación se izaba la bandera del Tercer Reich.

Todo esto ocurría en Canfranc, donde, para rizar el rizo, también se daban cita las SS, oficiales del gobierno francés, espías de ambos bandos y figuras como la de Albert Le Lay, jefe de aduanas y miembro de la resistencia francesa que facilitaba la huida España de personas perseguidas por el régimen de Hitler y la llegada de mensajes de la resistencia a Londres vía Madrid. Total, que estaba Canfranc como Atocha en hora punta.

Lo increíble de todo esto es que lo del oro nazi que cambia de manos en un pueblo fronterizo de una Europa en guerra quizá no sea lo más alucinante de esta historia. En 1945 la línea ferroviaria se cierra para volverse a abrir en 1949, aunque ya nada sería lo mismo y la estación acelera su decadencia hasta que, en 1970, echa el cierre definitivamente después de que el descarrilamiento de un tren galo provocase el derrumbe del puente de L’Estanguet, al otro lado de la frontera con Francia. La estación quedó abandonada y olvidada, hasta el punto de que nadie en el pueblo recuerda muy bien si llegaron a filmarse en el recinto escenas de Doctor Zhivago (1965), tal y como se ha afirmado desde diversos medios (aunque la documentación sobre el rodaje no sugiere tal cosa). Más tarde, en los siempre locos años 2000, se iniciaron las obras de rehabilitación para convertir esa pieza única de nuestro patrimonio en un hotel de lujo. Claro que sí, choca esos cinco, España de la precrisis. En 2009 se abandona el proyecto y para el cambio de década, cuando la gente parecía estar volviendo a sus cabales, la Diputación General de Aragón le compra la estación al Ministerio de Fomento por un precio simbólico. En la actualidad se encuentra abierta al público y se realizan visitas temáticas. ¡Visita Huesca!

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Todo roto, todo feo. La decadencia, qué cosa.

El caso es que en el año 2000, antes de la rehabilitación, cuando aún estaba aquello que era una escombrera, se elige la estación de Canfranc como escenario para el rodaje (esta vez sí) de aquel mítico anuncio navideño de Lotería Nacional («¿el primero del calvo?» pregunta tu cabeza, «efectivamente y sí», responde la mía). Entre los curiosos que se acercan a visitar el set se encuentra Jonathan Díaz, casualmente el conductor del autobús que vino a sustituir a la línea ferroviaria que partía de la estación. Según la versión del propio Díaz, se encontraba curioseando por la estación cuando ve un montón de documentos tirados en las vías (plausiblemente a consecuencia del ajetreo durante acondicionamiento de la estación para el rodaje y la despreocupación de las autoridades). Jonathan decide llevarse todos esos papeles a su casa y cuál es su sorpresa al descubrir que los documentos, fechados entre 1940 y 1945, acreditan la entrada de toneladas de oro procedentes de la Alemania nazi a cambio de wolframio extraído en Galicia, el cual mezclado con acero aumentaba la resistencia de los carros de combate alemanes. Una vez que salieron a la luz los documentos, Renfe se da bastante prisa, ahora sí, en mandar a varios empleados a vigilar la estación y recoger los papeles restantes. Y ya de paso, en denunciar a Díaz por apropiación ilegal de documentos históricos.

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Pues bien bonito era. Foto de El Correo.

Y es que, al final, de toda esta historia quedan un puñado de papeles amarillentos, 38 lingotes de oro alemán custodiados por el banco de España y la enorme estación, que permanece fría e impertérrita, puede que esperando volver a ver pasar a los nazis por la frontera y revivir sus tiempos más gloriosos. Elecciones en Francia el 23 de abril.

No hay lechuga para los malvados

Si es usted comprador habitual de vegetales, quizá haya notado que algunos de ellos han subido de precio en las últimas semanas. Si no, se lo decimos nosotros.

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Ya hemos hecho periodismo de investigación para mes y medio.

¿Por qué está ocurriendo esto? Pues porque ha hecho frío y se han helado las verduras, sobre todo las que no son de temporada y necesitan más calorcito. Normal, quieres calabacín en febrero, pues paga el precio, págalo. Si no, come vegetales de invierno como patatas, ricas y sabrosas patatas. O nabos. O zanahorias. No es nuestro problema.

Pero, por favor, no se sientan atacados por sus decisiones dietéticas. No es nuestro objetivo meternos con nuestros lectores. Sobre todo porque tenemos algo mejor que hacer: meternos con los ingleses.

Tomemos, por ejemplo, al corresponsal en Murcia del tabloide británico (¿se acuerdan cuando los tabloides eran prensa deleznable, por comparación a la respetable prensa seria?) The Sun. Pasemos por alto que dicho “corresponsal” probablemente sea un señor que pasa allí el invierno mientras escribe propaganda. Tratémoslo como un auténtico periodista. Un reportero intrépido que ha escrito una pieza con el siguiente titular:

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Para los del fondo: “Supermercados españoles acumulan frutas y vegetales mientras los compradores británicos sufren el racionamiento”.

El artículo es francamente infame, y además de preciosas fotos de cajas de fruta vacías en Londres/expositores de lechugas rebosantes en Molina de Segura, Murcia, contiene varias citas (que no diremos que sean inventadas, pero probablemente sean inventadas) que refuerzan la línea argumental de “vaya vergüenza, los españoles deberían compartir sus lechugas con nosotros y no acapararlas”. Otro artículo en el Telegraph alerta de la aparición de un mercado negro en el que desaprensivos ingleses (¡pleonasmo!) se enriquecen a costa de sus poco previsores compatriotas. Este artículo hace algo de hincapié en el absurdo de comprar verduras que no son de temporada en un lugar a miles de kilómetros, mientras que el Sun se limitaba a decir que “9 de cada 10 lechugas inglesas vienen de Murcia”. Pero el problema es de los murcianos, que no quieren compartir.

Pero Mundo Extraño no se ha hecho famoso por insultar gratuitamente a la prensa de naciones en decadencia, sino por la calidad de sus contenidos. Es por eso que nos hemos visto obligados a contactar con dos habitantes de la Región de Murcia, una de ellas huertana, usuarias habituales de supermercados y comedoras de lechugas. Aparte de proporcionarnos el documento audiovisual que mostramos a continuación, y que ilustra el vívido contraste entre la situación en Reino Unido y en la taifa murciana, han respondido a nuestras preguntas sobre la crisis de las lechugas.

[wpvideo tyJT0Sja]

“Ahora mismo Murcia es, básicamente, la única productora de lechugas de Europa. El frío ha hecho que se congelen las lechugas de toda Europa, salvo las nuestras. Otra vez las mejores. Y, en vez de vender a los ingleses, que pagan en libras esterlinas, una moneda que nadie quiere, les vendemos a los franceses y alemanes, que aunque nos tiren los camiones pagan en euros. No crean que no notamos aquí la escasez, ¿eh? Las gatas Bedelia y Babosi han comido la mitad de lechuga que otras veces, y yo he tenido que sustituir mi habitual baño de lechugas por una ducha. Que no se quejen los británicos, que bastante tienen con lo que les mandamos.”

Ahí tienen la clave del asunto, y la explicación de por qué, hoy por hoy, Molina de Segura ofrece una calidad de vida muy superior a la de Londres.

Héroe sin capa encontrado en Albacete

Atracas una sucursal de Bankia.

Te vas a una churrería. Pides dos cosas:

-Un café con leche condensada y Brandy (“Belmonte”).

-Un taxi para huir.

El camarero dice que joder, al taxi no lo llama. Pero el Belmonte te lo pone, es su deber.

Te lo bebes, sales de la churrería, te detiene la policía.

Para tu cuerpo mortal empieza el suplicio judicial, para tu fama eterna es solo el principio.

 

Si trabajáramos en la oficina de turismo de Albacete, ya tendríamos tema para las próximas diez campañas.