El oro nazi de Canfranc

En esta casa creemos que los nazis tienen dos utilidades: que Cristina cuente historias sobre ellos y ser disuadidos de que hagan daño, por los medios que sea necesario. Esta entrada cubre solamente la primera parte, la segunda es responsabilidad de quien quiera asumirla. Y, a continuación, un vídeo que no tiene nada que ver con lo dicho anteriormente.

Ahora sí, Cristina habla del oro nazi de Canfranc:

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Qué bonito es el mundo ferroviario (foto de canfranneus.eu)

Un pueblo perdido de la mano de Dios en la frontera entre Francia y España. Una gigantesca y magnífica estación de tren en desuso que se cae a trozos. Un puñado de documentos esparcidos por las vías abandonadas. Un montonaco de oro nazi.

Parece la trama de Los ríos de color púrpura 3 o de un best seller surgido al calor del éxito de Stieg Larsson. Pero no. Es un suceso completamente real acaecido en una pequeña localidad aragonesa pegada a los Pirineos. Es la historia del oro nazi de Canfranc.

El origen de Canfranc se remonta al siglo XI, cuando se genera un pequeño núcleo de población que basaba su economía en el comercio de fronteras y en la creciente afluencia de peregrinos que realizaban el Camino de Santiago (la ruta aragonesa). Su posicionamiento estratégico, tanto económico como militar, propició que la villa disfrutase de diversos privilegios y concesiones, así como la construcción de diversos edificios civiles y militares. A pesar de ser, con perdón, una aldea en la que vivían cuatro gatos.

La construcción del edificio que nos interesa se inicia en 1915 con el objetivo de abrir un paso fronterizo en condiciones entre Francia y España a través de los Pirineos. La obra resulta extremadamente ambiciosa debido a que la situación geográfica de Canfranc (a los pies del puerto del Somport, en el valle del Aragón) y el clima de alta montaña hacen necesaria la plantación de árboles y la construcción de muros de contención para evitar avalanchas y desprendimientos. La Estación Internacional de Ferrocarril de Canfranc, la más grande de España con 240 metros de longitud y 75 puertas a cada lado, queda inaugurada en el año 1925. Al acto asisten Primo de Rivera y el rey Alfonso XIII, aunque como demostró posteriormente, él era más de cruzar las fronteras de su país en barco. Quién sabe si mientras se tomaba una marinera. No obstante, la bellísima estación, que combina el estilo clásico y palacial propio de los años 20 con una arquitectura industrial casi de estilo victoriano, pasaría de golpe y porrazo a ser el escenario principal de una novela de espías de John Le Carré. Si vas a montar una trama internacional secreta de compra de metales pesados por parte de los nazis, que sea en un sitio nevado y bonito. Esos sobretodos nazis tienen que lucirse.

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Alfonos XIII y Primo de Rivera jugando a los trenes. Foto de El Confidencial.

Volvamos al tema trenes: bien sabido es que los españoles tenemos una de las mejores infraestructuras ferroviarias del mundo, gracias a la cual no podemos salir de España por el norte debido a la diferencia con el ancho de vía europeo (la única línea que emplea actualmente el ancho de vía europeo, de 1435 mm, es el AVE). La estación, que se construyó con vías Europa friendly, se cerró brevemente durante la Guerra Civil para evitar las comunicaciones por tren con el país vecino y se volvió a abrir al inicio de los años 40, aunque solo para mercancías. Y aquí es donde la trama se complica.

En primer lugar hay que dejar clara una cosa. Hitler tenía oro. Hitler tenía muchísimo oro. Oro como para una boda de leprechauns. Además, conforme iba avanzando la II Guerra Mundial aumentaban tanto las reservas de oro nazi procedentes del expolio por toda Europa como el caos y el sálvese quien pueda, de manera que a día de hoy sigue habiendo muchísimas dudas sobre qué ocurrió con parte de esos lingotes de los que nunca más se supo. Para que nos hagamos una idea, se dice que Martin Bormann, secretario personal de Hitler, escondió de forma cifrada en una partitura de la Marcha Impomptu, del compositor Gottfried Federlein, las coordenadas exactas del lugar donde se había escondido parte del oro que salió de Berlín poco antes de la llegada de las tropas de Stalin y de que el propio Bomann muriera cuando el convoy en el que viajaba fue alcanzado por un obús soviético. Repite conmigo «esto sigue sin ser un thriller de los 90».

Pero no solo hablamos del intercambio de lingotes de oro nazi. El asunto era notablemente más complicado. Durante el primer lustro de los años cuarenta Canfranc fue testigo de un enorme trasiego. Por un lado tenemos el contrabando de materias primas (Franco llegó a recibir pagos en opio) y el constante intercambio de cajas entre trenes y camiones en la estación, puesto que las mercancías tenían que llegar y partir de Canfranc por carretera debido al problema del ancho de vía. Además, los alemanes, sabiendo que nazi prevenido vale por dos, empezaron a lavar todo el oro que podían en Suiza cambiándolo por divisas, que era con lo que en realidad solían pagar la mayor parte de los bienes que adquirían a España y Portugal. Pero entonces, ¿de dónde venía el oro que llegaba a España? Pues de donde vienen la mayoría de los sueños de los muchimillonarios, ¡de Suiza!

Y es que entre 1941 y  1945, el Banco Nacional Suizo paga al Banco de España con oro por un importe de 187 millones de francos suizos. Parte se destina a liquidar los excedentes comerciales favorables a España; otra, a abonar a Madrid los gastos de transporte de productos portugueses destinados al país helvético, mientras que la última  parte servía para compensar a España por la conversión en oro de los francos suizos que recibía por parte de Alemania como pago en las transacciones comerciales. Es decir, Alemania llevaba el oro robado por toda Europa a Suiza para que quedara como le gustaba todo a los nazis: completamente blanco. Con ese dinero, Alemania comerciaba con España, que a su vez lo cambiaba de nuevo por oro refundido procedente de Suiza. Maravilloso ejemplo de colaboración entre naciones europeas. De hecho, el gobierno Alemán llega a presionar a Franco para que autorice a sus brigadas a instalarse en la aduana y poder así vigilar todo el tinglado, cosa que finalmente fue permitida por el gobierno francés de Vichy. En 1942, en la estación se izaba la bandera del Tercer Reich.

Todo esto ocurría en Canfranc, donde, para rizar el rizo, también se daban cita las SS, oficiales del gobierno francés, espías de ambos bandos y figuras como la de Albert Le Lay, jefe de aduanas y miembro de la resistencia francesa que facilitaba la huida España de personas perseguidas por el régimen de Hitler y la llegada de mensajes de la resistencia a Londres vía Madrid. Total, que estaba Canfranc como Atocha en hora punta.

Lo increíble de todo esto es que lo del oro nazi que cambia de manos en un pueblo fronterizo de una Europa en guerra quizá no sea lo más alucinante de esta historia. En 1945 la línea ferroviaria se cierra para volverse a abrir en 1949, aunque ya nada sería lo mismo y la estación acelera su decadencia hasta que, en 1970, echa el cierre definitivamente después de que el descarrilamiento de un tren galo provocase el derrumbe del puente de L’Estanguet, al otro lado de la frontera con Francia. La estación quedó abandonada y olvidada, hasta el punto de que nadie en el pueblo recuerda muy bien si llegaron a filmarse en el recinto escenas de Doctor Zhivago (1965), tal y como se ha afirmado desde diversos medios (aunque la documentación sobre el rodaje no sugiere tal cosa). Más tarde, en los siempre locos años 2000, se iniciaron las obras de rehabilitación para convertir esa pieza única de nuestro patrimonio en un hotel de lujo. Claro que sí, choca esos cinco, España de la precrisis. En 2009 se abandona el proyecto y para el cambio de década, cuando la gente parecía estar volviendo a sus cabales, la Diputación General de Aragón le compra la estación al Ministerio de Fomento por un precio simbólico. En la actualidad se encuentra abierta al público y se realizan visitas temáticas. ¡Visita Huesca!

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Todo roto, todo feo. La decadencia, qué cosa.

El caso es que en el año 2000, antes de la rehabilitación, cuando aún estaba aquello que era una escombrera, se elige la estación de Canfranc como escenario para el rodaje (esta vez sí) de aquel mítico anuncio navideño de Lotería Nacional («¿el primero del calvo?» pregunta tu cabeza, «efectivamente y sí», responde la mía). Entre los curiosos que se acercan a visitar el set se encuentra Jonathan Díaz, casualmente el conductor del autobús que vino a sustituir a la línea ferroviaria que partía de la estación. Según la versión del propio Díaz, se encontraba curioseando por la estación cuando ve un montón de documentos tirados en las vías (plausiblemente a consecuencia del ajetreo durante acondicionamiento de la estación para el rodaje y la despreocupación de las autoridades). Jonathan decide llevarse todos esos papeles a su casa y cuál es su sorpresa al descubrir que los documentos, fechados entre 1940 y 1945, acreditan la entrada de toneladas de oro procedentes de la Alemania nazi a cambio de wolframio extraído en Galicia, el cual mezclado con acero aumentaba la resistencia de los carros de combate alemanes. Una vez que salieron a la luz los documentos, Renfe se da bastante prisa, ahora sí, en mandar a varios empleados a vigilar la estación y recoger los papeles restantes. Y ya de paso, en denunciar a Díaz por apropiación ilegal de documentos históricos.

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Pues bien bonito era. Foto de El Correo.

Y es que, al final, de toda esta historia quedan un puñado de papeles amarillentos, 38 lingotes de oro alemán custodiados por el banco de España y la enorme estación, que permanece fría e impertérrita, puede que esperando volver a ver pasar a los nazis por la frontera y revivir sus tiempos más gloriosos. Elecciones en Francia el 23 de abril.

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