Los relojes de Carlos I

Hoy, Cristina nos habla de la perfectamente natural y para nada enfermiza relación que algunos monarcas españoles tenían con la relojería de precisión. Un tema hasta ahora fuera del alcance del que no frecuentara páginas como todorelojes y relojeríafina, que gracias al esfuerzo de nuestra cronista podrá llegar a todos los hogares.

No es fácil ser rey. Quizá sea esta una afirmación poco popular en estos tiempos en los que la monarquía se esfuerza mucho en proyectar constantemente una imagen de sobriedad y raciocinio. Puede que para compensar pasadas afrentas.

El caso es que, atendiendo a la historia, tradicionalmente no ha sido nada fácil ejercer el puesto de monarca. Para empezar, uno (hablaremos de reyes pero podemos aplicarlo también a las reinas) debía tener casi por obligación una personalidad tendente al exceso. Incluso si el exceso se producía en sentido inverso; es decir, si el rey era austero debía ser patológicamente austero. Austero de rezar con el cilicio puesto.

Aunque no nos vamos a engañar; lo normal es que las excentricidades cayeran más del lado del atiborrarse a comer y a beber que del de cenar una pieza de fruta. Pero no solo con eso se podía obsesionar un rey. Resultaría demasiado mundano. Un buen rey tiene que tener una afición que lo acerque peligrosamente a las más profundas simas de la locura. Una afición que absorba al monarca durante horas y que haga a sus consejeros preguntarse internamente si hoy será el día en el que su majestad le prenda fuego a la capital del reino por capricho.
En el caso de los soberanos españoles, una de las más notables fue la relojería. Hoy presentamos uno de los ejemplos más destacados.

 

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Qué mentón, qué habsburguidad, Tiziano, qué bien visto todo.

Bien sabido es que en el reino de Carlos I de España (cuatro Carlos más en Alemania), al igual que en una rave en Valencia, nunca se ponía el sol.  A este enorme imperio se unió, en 1525, el Milanesado, para disgusto de Francisco I que había ayudado a Enrique II a recuperar el Reino de Navarra, demostrando no tener ojo para apostar por el caballo ganador. Después de la derrota francesa en la batalla de Pavía, Milán pasó por tanto a ser posesión española bajo la autoridad del emperador. Durante la coronación imperial en Bolonia, ya en 1530 (las cosas de palacio van despacio), Carlos I tomó contacto con una de las figuras clave en el desarrollo tecnológico español del siglo XVI: Juanelo Turriano.

De Juanelo Turriano, hombre orquesta de la ingeniería, se decía un poco lo mismo que se dijo posteriormente de Kubrick «este hombre es un genio, pero lo de la ducha diaria lo lleva regular». De hecho, la mayoría de las descripciones físicas de su persona (no sabemos hasta qué punto influidas por el gusto de la época por establecer paralelismos con elementos de la mitología grecolatina) lo asocian con el dios herrero Vulcano, es decir, con alguien estéticamente desagradable y de higiene más que cuestionable. Aunque la comparación no está tampoco exenta de cierto grado de alabanza. Y es que Turriano, figura sobresaliente dentro del ya de por sí extraordinario foco de innovación técnica e industrial que constituía el Milanesado, además de fabricar relojes inventaba toda clase de ingenios alucinantes, ya fueran sistemas de poleas, grúas, presas, juguetes o autómatas. Más interesado en la práctica que en los conocimientos teóricos, Turriano estaba siempre enfangado en el montaje o desmontaje de algún cacharro. Carlos V, tras conocer que Turriano era responsable de haber arreglado el Astrarium, el antiguo reloj de Giovanni Dondi que el emperador había recibido como obsequio durante su coronación, le encargó construir un reloj especialmente para él. Turriano creó entonces el famoso reloj Cristalino, que no solamente era una obra de arte sino que contaba con un planetario (reflejaba los astros y estrellas principales y las órbitas planetarias), daba las horas solares y lunares y los signos del zodiaco. Mejor que el Apple Watch. El reloj, hoy perdido, era tan complejo que décadas después se desmontó para desentrañar su funcionamiento y nunca más se pudo volver a montar.

En 1555 el soberano decidió abdicar y dedicarse a la vida contemplativa en el palacio que había mandado construir junto al monasterio de Yuste, en donde se entregó a la oración y otros menesteres acompañado de los monjes de la orden de los Jerónimos que habitaban el monasterio y de un selecto grupo de servidores. Entre los elegidos para acompañarle durante sus últimos años en el retiro de Yuste se encontraba Juanelo Turriano.

«Quién me mandaría a mí», seguramente pensó más de una vez.

Carlos I era, como cabe esperar, un hombre de carácter. Este rasgo se vio acentuado con la edad y con el avance de la gota que padecía (porque Carlos era de los que caía más en el exceso que en el defecto), enfermedad que sus doctores intentaron paliar con ungüentos, purgantes y amuletos (lo de dejar de comer y beber como un gorrino ya si eso otro día). Turriano se convirtió en uno de los asesores favoritos del monarca, llegando a ser la primera persona que le visitaba por las mañanas. Este favoritismo se produjo en parte porque Juanelo era el encargado de continuar las obras del palacio (el rey estaba empeñado en que algún día su hijo Felipe se mudaría a Yuste, por lo que mandó construir unos aposentos para él), aunque también por otro motivo fundamental: el emperador, que había trasladado parte de su vasta colección de relojes a su residencia junto al monasterio, exigía al propio Turriano que pusiera todos los relojes en hora… varias veces al día. Carlos no podía comprender cómo era posible que hubiera tenido un imperio en la palma de la mano pero que no consiguiera que todos sus relojes dieran la hora al mismo tiempo.

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Yuste lleno de gente a punto de cogerse la malaria.

La agenda de Carlos I en Yuste era sin duda la del perfecto jubilado: levantarse, llamar a Turriano, dar cuerda a los relojes, rezar, comerse un cordero para desayunar, rezar más, mandarle una carta a su hijo dando la murga para que viniera a ver las obras del palacio («dónde vas a estar mejor que en el pueblo, hijo»), dar cuerda a los relojes, rezar, inflarse otra vez a comer, desmontar un reloj y volverlo a montar, ir a ver las obras del palacio, dar cuerda a los relojes, rezar otra vez, escribirle una carta a su hijo diciendo cómo tiene que hacer las cosas  («pero tú todo menos hacerle caso a tu padre»), comer, rezar, dar cuerda a los relojes y a mimir.

Pues ahí estaba Juanelo al servicio del emperador, que cuando no era una cosa era la otra. Al menos no era el único al que daba castigo. Profundamente religioso, Carlos se emperró en que sus aposentos debían dar al altar mayor de la capilla para poder así escuchar misa desde su dormitorio, así que otra vez obras y los monjes a callar y rezar. Destacable fue también el follón que dio para que su hijo se uniera en segundas nupcias con Bloody Mary (la persona, no el cóctel). Carlos esperaba que casando a su hijo con la reina María I  conseguiría no solo sellar definitivamente la alianza de España con Inglaterra sino también traer de vuelta al redil católico a la pérfida Albión (le salió todo regular).

Tras dos años en Yuste, el emperador finalmente falleció, no debido a la gota o a las otras enfermedades crónicas que padecía. Lo que se llevó por delante al antiguo rey fue la malaria. Y es que, como parte de las obras de ampliación del palacio, Turriano, que además de relojería sabía mucho de ingeniería hidráulica, comenzó la construcción de dos estanques justo frente a los aposentos del emperador. Las aguas estancadas, como es lógico, propiciaron la aparición de mosquitos, los cuales transmitieron la enfermedad al monarca que finalmente falleció después de un mes luchando contra las fiebres palúdicas. Aunque Carlos I fue sepultado en un primer momento bajo el altar mayor del monasterio, poco después Felipe II decidió trasladar su cuerpo y sus relojes para que hallaran descanso eterno en el palacio del Escorial.

Dios nos libre en Mundo Extraño de pensar mal. Sin embargo, es demasiado tentador imaginarse al bueno de Turriano, después de haberse pasado todo el día poniendo en hora los relojes del soberano una y otra vez, sacando a su vetusta majestad a la balconada de su dormitorio: «Siéntese aquí, alteza. Relájese un poco antes de la cena. Observe la luz de este atardecer estival, aquí al fresquito».

No hay mayor mala leche que la de un ingeniero.

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