¡Docenas de ataúdes decimonónicos aterrorizan Filadelfia!

En la década de los sesenta del siglo XIX, alguien recibió el encargo de trasladar al Cementerio Monte Moriah de Filadelfia los cuerpos que reposaban en el camposanto de la Primera Iglesia Baptista de la ciudad, fundada en 1707. Filadelfia había crecido y el antiguo cementerio iba a utilizarse para otros fines, así que, para asegurar el reposo eterno de sus inquilinos, los ataúdes debían ser transportados al nuevo cementerio.

El encargado del traslado hizo su trabajo, en el mejor de los casos, de forma deficiente. Creyó, probablemente, que su chapuza no sería descubierta: ¿quién iba a ponerse a rebuscar en el viejo cementerio, sobre el cual los siglos irían acumulando capas y capas de calles? La mayoría de los difuntos eran del siglo anterior, además, nadie iba a interesarse por ellos. No había peligro.

Por desgracia para el anónimo (y, asumimos, fallecido) encargado, su falta de ética laboral ha sido puesta al descubierto, gracias a las obras de un edificio de apartamentos, que alguien pretendía construir sobre el antiguo cementerio. La secuencia es la que cualquier habitante de Mérida o Toledo conoce: se empieza la obra, se encuentra algo llamativo, se para la obra, comienza la fiesta arqueológica. Que en este caso se concreta en docenas de cadáveres que hay que analizar, examinar y entregar a sus descendientes, si es que existen. Luego se volverá a la obra, con un par de años de retraso, y los felices compradores tendrán sus casas.

Si es que alguien quiere vivir en un apartamento construido sobre un antiguo cementerio baptista que ha sido profanado por las grúas y los bulldozers, claro.

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