De caminar sobre el hielo (en Siberia). Primer paseo.

Sí, el título es un infame plagio a Herzog. Sí, ojalá grabara un documental sobre este tema. De momento, deberá el amable lector conformarse con esta miniserie de Mundo Extraño.

No son pocas las veces que hemos hablado de Siberia, tierra bendecida con una sobreabundancia de maravilla y una importante carencia de personas. Hoy volvemos a esta hermosa región para inaugurar una serie dedicada a (muy) menores de edad que sobreviven en el hielo siberiano. Uno podría pensar que no hay suficientes niños que se encuentren y sobrevivan a semejante tesitura. Uno estaría, en ese caso, fatalmente equivocado. Pese a la relativamente pequeña población de Siberia, hay una gran cantidad de niños heroicos. Atribuimos esto a que: a) el escenario se presta a las situaciones límite, b) la esperanza de vida es tan baja que, o te pones pronto a ello o mueres sin haber alcanzado el Olimpo del pasar frío y b) tampoco hay nada mejor que hacer.

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Pues claro que estás todo el rato al borde de la muerte en este sitio, qué te esperabas.

Vamos, sin más dilación, con nuestro primer protagonista. Quizá la menos impresionante de las historias que queremos relatar, lo cual sigue siendo bastante mejor que cualquier cosa que vaya usted a leer hoy por ahí. Hablemos de Tserin Dopchut, tres años de edad y natural de Khut, República Popular de Tuva, Federación Rusa.

Tserin jugaba con los perros de la familia cerca de la casa de sus padres, junto al bosque, cuando uno de los animales se extravió. El niño, siguiendo sus instintos, decidió extraviarse con él. Así que se metió en el bosque a buscarlo, escapando de la vigilancia de su bisabuela, encargada de cuidarlo. El bosque de los lobos. Y de los osos. Y de los ríos que corren como el reno cuando lo persigue el lobo. Y el oso. Pero más frío.

A Tserin lo salvaron tres cosas, quizá cuatro: la barrita de chocolate que llevaba, y que mordisqueó pacientemente durante el primer día; que la temperatura fuera ligeramente superior a cero salvo por la noche; su asombrosa capacidad, para ser un niño de tres años, de hacerse una cama con ramitas y hojas secas entre las raíces de un árbol, y la potra increíble de que ningún oso decidiera comérselo.

No sabemos qué pensó Tserin durante esos tres días, ni si tuvo una revelación que le acompañará el resto de su vida; sí que lo acabaron encontrando a tres kilómetros de su casa, tras haber buscado en un área de 120 kilómetros cuadrados, que ahora se llama Tserin Mowgli Dopchut y se ha decidido que será un gran rescatador de niños perdidos en el futuro, que los médicos dicen que está estupendamente y que sus cuatrocientos vecinos le hicieron tremenda fiesta cuando lo encontraron.

La semana que viene, más y mejor.

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También sabemos que dio lugar a preciosas escenas como esta.

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