Vergüenzas británicas I: el solomillo Wellington

No ha sido fácil elegir solo una de las delicias de la cocina británica para inaugurar esta serie, pero lo que teníamos claro es que su terrible cocina era el primer paso en esta ruta al infierno del Reino Unido. Hemos dejado que Cristina, experta gastrónoma, elija el plato que más ofensivo le resultara. Este es el resultado.

A pesar de que existen numerosas teorías sobre el origen del solomillo Wellington, a la hora de hacerse el listillo en la mesa durante una comida familiar o de responder desde casa a las preguntas de algún concurso que has pillado en la tele por casualidad (al fin y al cabo, los momentos en los que se forja el auténtico conocimiento), la respuesta siempre será la misma: se llama así porque le pirraba al duque de Wellington.

No es la primera vez que en esta santa casa se cantan las alabanzas del mencionado duque. Por añadir algo más a su hoja de méritos, mientras los Curro Jiménez de turno y los guerrilleros andaban partiéndose la cara con los franceses emboscándoles en las serranías, Wellington comandaba el ejército regular que luchaba contra la invasión napoleónica. Así pues, con una medidísima combinación de aguda estrategia inglesa y de temeridad y hostias como panes española, se expulsó a las fuerzas bonapartistas de la península. Toma unión europea.

A pesar de que el plato se popularizó en los años 60 de este siglo (al igual que el resto de fastuosos y complicados platos barrocos que toda madre ha querido preparar alguna Nochebuena), la leyenda asocia su origen al mariscal inglés. Y es que, por lo visto, el homenaje de Wellington al aguerrido pueblo español con el que había luchado codo a codo para expulsar a Bonaparte consistió en seleccionar la mejor y más tierna parte de la ternera, y meterla dentro de un hojaldre.

img.rtve.es

No os dejéis engañar por su buen aspecto: esto es un despropósito.

¿Habrá peor maldad que coger un solomillo de calidad, acompañarlo de trufas, setas, foie gras fresco y vino de Madeira y una vez que reúnes todas esas delicias, decidir mezclarlas con un trozaco de masa? No solo parece contraproducente sino que se opone frontalmente a los principios básicos de la gastronomía española, en la que lo que se suele mezclar con masa o pan son las sobras (ahí están las croquetas, las reinas de nuestra cocina de aprovechamiento).

Existen múltiples versiones de la receta; algunas de ellas, puede que para compensar semejante atentado contra el sentido común, proponen sustituir el solomillo de ternera por cerdo, mucho más económico. No sabemos qué opinaría Wellington sobre el apaño, ni sobre la decisión de Reino Unido de partir caminos con Europa, pero quizá podamos imaginar lo que diría Napoleón, partiendo de la frase atribuida a otro francés, Voltaire, sobre que los franceses tienen buena cocina y los ingleses solamente buenas maneras:

“Yo seré un imperialista y un megalómano, pero hay que ser hijo de puta para hacerle eso a un solomillo de ternera.”

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *