Una solución para la consanguinidad borbónica

En estas señaladas fechas, Cristina Ortiz nos acerca a varios personajes LGTB reseñables y reivindicables.

En el caso de Francisco de Asís de Borbón, la realidad se mezcla con la leyenda y, sobre todo, con la mala hostia. Sobrino de Fernando VII, era el candidato perfecto para contraer matrimonio con Isabel II, hija del mismo Fernando. Por una vez, la consanguinidad borbónica no iba a ser un problema.

El matrimonio entre ambos pasó a la historia y la rumorología popular porque claro, él invertido y ella casquivana, pues para qué quieres más. Lo cierto es que los datos biográficos sobre Francisco de Asís y Borbón no están muy claros, dado que su condición sexual provocó que los propios historiadores se hicieran eco de decenas de cotilleos sobre su persona: que si Francisco de Asís era un flojo, que si le gustaban las joyas y lo caro, que si estaba obsesionado con lavarse mucho y oler bien. Vamos, claramente todas las señas que te caracterizan como homosexual. Lo heterosexual es ir hecho un ecce homo.

No ayudó el hecho de que, por lo visto, Francisco tenía una deformación en el pito y tenía que hacer pis sentado, lo cual provocó que se le dedicaran varias coplas.

Otra de las anécdotas más conocidas sobre Francisco son las frases que en teoría salieron de la boca de su señora, la reina Isabel. La primera de ellas, al conocer que iban a contraer matrimonio, “¡Con Paquita no!” y la segunda sobre su noche de bodas: “Qué podía esperar de un hombre que en la camisa de dormir lleva más encajes que yo”.

La reina, que tenía un temperamento fogoso, tuvo 12 embarazos y numerosísimos amantes, gustaba de disfrutar de la noche madrileña y citarse con sus amantes por toda la ciudad. En el Lhardy hasta se le hizo instalar un reservado —porque después de follar lo que mejor entra es un caldito­­—.

Francisco de Asís y Borbón, por su parte, era ante todo católico y ordenado, así que él se echó un novio, el noble Antonio Meneses, al que se mantuvo fiel toda su vida mientras reconocía a los hijos de Isabel y ponía la mano para que le diesen a cambio la paguita.

Cuando Isabel fue destronada en la revolución de 1868, La Gloriosa, los dos huyeron a París a vivir cada uno en un casoplón distinto. Isabel con sus hijos y Francisco con su novio de toda la vida. Final feliz.