De caminar sobre el hielo (en Siberia). Primer paseo.

Sí, el título es un infame plagio a Herzog. Sí, ojalá grabara un documental sobre este tema. De momento, deberá el amable lector conformarse con esta miniserie de Mundo Extraño.

No son pocas las veces que hemos hablado de Siberia, tierra bendecida con una sobreabundancia de maravilla y una importante carencia de personas. Hoy volvemos a esta hermosa región para inaugurar una serie dedicada a (muy) menores de edad que sobreviven en el hielo siberiano. Uno podría pensar que no hay suficientes niños que se encuentren y sobrevivan a semejante tesitura. Uno estaría, en ese caso, fatalmente equivocado. Pese a la relativamente pequeña población de Siberia, hay una gran cantidad de niños heroicos. Atribuimos esto a que: a) el escenario se presta a las situaciones límite, b) la esperanza de vida es tan baja que, o te pones pronto a ello o mueres sin haber alcanzado el Olimpo del pasar frío y b) tampoco hay nada mejor que hacer.

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Pues claro que estás todo el rato al borde de la muerte en este sitio, qué te esperabas.

Vamos, sin más dilación, con nuestro primer protagonista. Quizá la menos impresionante de las historias que queremos relatar, lo cual sigue siendo bastante mejor que cualquier cosa que vaya usted a leer hoy por ahí. Hablemos de Tserin Dopchut, tres años de edad y natural de Khut, República Popular de Tuva, Federación Rusa.

Tserin jugaba con los perros de la familia cerca de la casa de sus padres, junto al bosque, cuando uno de los animales se extravió. El niño, siguiendo sus instintos, decidió extraviarse con él. Así que se metió en el bosque a buscarlo, escapando de la vigilancia de su bisabuela, encargada de cuidarlo. El bosque de los lobos. Y de los osos. Y de los ríos que corren como el reno cuando lo persigue el lobo. Y el oso. Pero más frío.

A Tserin lo salvaron tres cosas, quizá cuatro: la barrita de chocolate que llevaba, y que mordisqueó pacientemente durante el primer día; que la temperatura fuera ligeramente superior a cero salvo por la noche; su asombrosa capacidad, para ser un niño de tres años, de hacerse una cama con ramitas y hojas secas entre las raíces de un árbol, y la potra increíble de que ningún oso decidiera comérselo.

No sabemos qué pensó Tserin durante esos tres días, ni si tuvo una revelación que le acompañará el resto de su vida; sí que lo acabaron encontrando a tres kilómetros de su casa, tras haber buscado en un área de 120 kilómetros cuadrados, que ahora se llama Tserin Mowgli Dopchut y se ha decidido que será un gran rescatador de niños perdidos en el futuro, que los médicos dicen que está estupendamente y que sus cuatrocientos vecinos le hicieron tremenda fiesta cuando lo encontraron.

La semana que viene, más y mejor.

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También sabemos que dio lugar a preciosas escenas como esta.

¡Docenas de ataúdes decimonónicos aterrorizan Filadelfia!

En la década de los sesenta del siglo XIX, alguien recibió el encargo de trasladar al Cementerio Monte Moriah de Filadelfia los cuerpos que reposaban en el camposanto de la Primera Iglesia Baptista de la ciudad, fundada en 1707. Filadelfia había crecido y el antiguo cementerio iba a utilizarse para otros fines, así que, para asegurar el reposo eterno de sus inquilinos, los ataúdes debían ser transportados al nuevo cementerio.

El encargado del traslado hizo su trabajo, en el mejor de los casos, de forma deficiente. Creyó, probablemente, que su chapuza no sería descubierta: ¿quién iba a ponerse a rebuscar en el viejo cementerio, sobre el cual los siglos irían acumulando capas y capas de calles? La mayoría de los difuntos eran del siglo anterior, además, nadie iba a interesarse por ellos. No había peligro.

Por desgracia para el anónimo (y, asumimos, fallecido) encargado, su falta de ética laboral ha sido puesta al descubierto, gracias a las obras de un edificio de apartamentos, que alguien pretendía construir sobre el antiguo cementerio. La secuencia es la que cualquier habitante de Mérida o Toledo conoce: se empieza la obra, se encuentra algo llamativo, se para la obra, comienza la fiesta arqueológica. Que en este caso se concreta en docenas de cadáveres que hay que analizar, examinar y entregar a sus descendientes, si es que existen. Luego se volverá a la obra, con un par de años de retraso, y los felices compradores tendrán sus casas.

Si es que alguien quiere vivir en un apartamento construido sobre un antiguo cementerio baptista que ha sido profanado por las grúas y los bulldozers, claro.

Los relojes de Carlos I

Hoy, Cristina nos habla de la perfectamente natural y para nada enfermiza relación que algunos monarcas españoles tenían con la relojería de precisión. Un tema hasta ahora fuera del alcance del que no frecuentara páginas como todorelojes y relojeríafina, que gracias al esfuerzo de nuestra cronista podrá llegar a todos los hogares.

No es fácil ser rey. Quizá sea esta una afirmación poco popular en estos tiempos en los que la monarquía se esfuerza mucho en proyectar constantemente una imagen de sobriedad y raciocinio. Puede que para compensar pasadas afrentas.

El caso es que, atendiendo a la historia, tradicionalmente no ha sido nada fácil ejercer el puesto de monarca. Para empezar, uno (hablaremos de reyes pero podemos aplicarlo también a las reinas) debía tener casi por obligación una personalidad tendente al exceso. Incluso si el exceso se producía en sentido inverso; es decir, si el rey era austero debía ser patológicamente austero. Austero de rezar con el cilicio puesto.

Aunque no nos vamos a engañar; lo normal es que las excentricidades cayeran más del lado del atiborrarse a comer y a beber que del de cenar una pieza de fruta. Pero no solo con eso se podía obsesionar un rey. Resultaría demasiado mundano. Un buen rey tiene que tener una afición que lo acerque peligrosamente a las más profundas simas de la locura. Una afición que absorba al monarca durante horas y que haga a sus consejeros preguntarse internamente si hoy será el día en el que su majestad le prenda fuego a la capital del reino por capricho.
En el caso de los soberanos españoles, una de las más notables fue la relojería. Hoy presentamos uno de los ejemplos más destacados.

 

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Qué mentón, qué habsburguidad, Tiziano, qué bien visto todo.

Bien sabido es que en el reino de Carlos I de España (cuatro Carlos más en Alemania), al igual que en una rave en Valencia, nunca se ponía el sol.  A este enorme imperio se unió, en 1525, el Milanesado, para disgusto de Francisco I que había ayudado a Enrique II a recuperar el Reino de Navarra, demostrando no tener ojo para apostar por el caballo ganador. Después de la derrota francesa en la batalla de Pavía, Milán pasó por tanto a ser posesión española bajo la autoridad del emperador. Durante la coronación imperial en Bolonia, ya en 1530 (las cosas de palacio van despacio), Carlos I tomó contacto con una de las figuras clave en el desarrollo tecnológico español del siglo XVI: Juanelo Turriano.

De Juanelo Turriano, hombre orquesta de la ingeniería, se decía un poco lo mismo que se dijo posteriormente de Kubrick «este hombre es un genio, pero lo de la ducha diaria lo lleva regular». De hecho, la mayoría de las descripciones físicas de su persona (no sabemos hasta qué punto influidas por el gusto de la época por establecer paralelismos con elementos de la mitología grecolatina) lo asocian con el dios herrero Vulcano, es decir, con alguien estéticamente desagradable y de higiene más que cuestionable. Aunque la comparación no está tampoco exenta de cierto grado de alabanza. Y es que Turriano, figura sobresaliente dentro del ya de por sí extraordinario foco de innovación técnica e industrial que constituía el Milanesado, además de fabricar relojes inventaba toda clase de ingenios alucinantes, ya fueran sistemas de poleas, grúas, presas, juguetes o autómatas. Más interesado en la práctica que en los conocimientos teóricos, Turriano estaba siempre enfangado en el montaje o desmontaje de algún cacharro. Carlos V, tras conocer que Turriano era responsable de haber arreglado el Astrarium, el antiguo reloj de Giovanni Dondi que el emperador había recibido como obsequio durante su coronación, le encargó construir un reloj especialmente para él. Turriano creó entonces el famoso reloj Cristalino, que no solamente era una obra de arte sino que contaba con un planetario (reflejaba los astros y estrellas principales y las órbitas planetarias), daba las horas solares y lunares y los signos del zodiaco. Mejor que el Apple Watch. El reloj, hoy perdido, era tan complejo que décadas después se desmontó para desentrañar su funcionamiento y nunca más se pudo volver a montar.

En 1555 el soberano decidió abdicar y dedicarse a la vida contemplativa en el palacio que había mandado construir junto al monasterio de Yuste, en donde se entregó a la oración y otros menesteres acompañado de los monjes de la orden de los Jerónimos que habitaban el monasterio y de un selecto grupo de servidores. Entre los elegidos para acompañarle durante sus últimos años en el retiro de Yuste se encontraba Juanelo Turriano.

«Quién me mandaría a mí», seguramente pensó más de una vez.

Carlos I era, como cabe esperar, un hombre de carácter. Este rasgo se vio acentuado con la edad y con el avance de la gota que padecía (porque Carlos era de los que caía más en el exceso que en el defecto), enfermedad que sus doctores intentaron paliar con ungüentos, purgantes y amuletos (lo de dejar de comer y beber como un gorrino ya si eso otro día). Turriano se convirtió en uno de los asesores favoritos del monarca, llegando a ser la primera persona que le visitaba por las mañanas. Este favoritismo se produjo en parte porque Juanelo era el encargado de continuar las obras del palacio (el rey estaba empeñado en que algún día su hijo Felipe se mudaría a Yuste, por lo que mandó construir unos aposentos para él), aunque también por otro motivo fundamental: el emperador, que había trasladado parte de su vasta colección de relojes a su residencia junto al monasterio, exigía al propio Turriano que pusiera todos los relojes en hora… varias veces al día. Carlos no podía comprender cómo era posible que hubiera tenido un imperio en la palma de la mano pero que no consiguiera que todos sus relojes dieran la hora al mismo tiempo.

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Yuste lleno de gente a punto de cogerse la malaria.

La agenda de Carlos I en Yuste era sin duda la del perfecto jubilado: levantarse, llamar a Turriano, dar cuerda a los relojes, rezar, comerse un cordero para desayunar, rezar más, mandarle una carta a su hijo dando la murga para que viniera a ver las obras del palacio («dónde vas a estar mejor que en el pueblo, hijo»), dar cuerda a los relojes, rezar, inflarse otra vez a comer, desmontar un reloj y volverlo a montar, ir a ver las obras del palacio, dar cuerda a los relojes, rezar otra vez, escribirle una carta a su hijo diciendo cómo tiene que hacer las cosas  («pero tú todo menos hacerle caso a tu padre»), comer, rezar, dar cuerda a los relojes y a mimir.

Pues ahí estaba Juanelo al servicio del emperador, que cuando no era una cosa era la otra. Al menos no era el único al que daba castigo. Profundamente religioso, Carlos se emperró en que sus aposentos debían dar al altar mayor de la capilla para poder así escuchar misa desde su dormitorio, así que otra vez obras y los monjes a callar y rezar. Destacable fue también el follón que dio para que su hijo se uniera en segundas nupcias con Bloody Mary (la persona, no el cóctel). Carlos esperaba que casando a su hijo con la reina María I  conseguiría no solo sellar definitivamente la alianza de España con Inglaterra sino también traer de vuelta al redil católico a la pérfida Albión (le salió todo regular).

Tras dos años en Yuste, el emperador finalmente falleció, no debido a la gota o a las otras enfermedades crónicas que padecía. Lo que se llevó por delante al antiguo rey fue la malaria. Y es que, como parte de las obras de ampliación del palacio, Turriano, que además de relojería sabía mucho de ingeniería hidráulica, comenzó la construcción de dos estanques justo frente a los aposentos del emperador. Las aguas estancadas, como es lógico, propiciaron la aparición de mosquitos, los cuales transmitieron la enfermedad al monarca que finalmente falleció después de un mes luchando contra las fiebres palúdicas. Aunque Carlos I fue sepultado en un primer momento bajo el altar mayor del monasterio, poco después Felipe II decidió trasladar su cuerpo y sus relojes para que hallaran descanso eterno en el palacio del Escorial.

Dios nos libre en Mundo Extraño de pensar mal. Sin embargo, es demasiado tentador imaginarse al bueno de Turriano, después de haberse pasado todo el día poniendo en hora los relojes del soberano una y otra vez, sacando a su vetusta majestad a la balconada de su dormitorio: «Siéntese aquí, alteza. Relájese un poco antes de la cena. Observe la luz de este atardecer estival, aquí al fresquito».

No hay mayor mala leche que la de un ingeniero.

El oro nazi de Canfranc

En esta casa creemos que los nazis tienen dos utilidades: que Cristina cuente historias sobre ellos y ser disuadidos de que hagan daño, por los medios que sea necesario. Esta entrada cubre solamente la primera parte, la segunda es responsabilidad de quien quiera asumirla. Y, a continuación, un vídeo que no tiene nada que ver con lo dicho anteriormente.

Ahora sí, Cristina habla del oro nazi de Canfranc:

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Qué bonito es el mundo ferroviario (foto de canfranneus.eu)

Un pueblo perdido de la mano de Dios en la frontera entre Francia y España. Una gigantesca y magnífica estación de tren en desuso que se cae a trozos. Un puñado de documentos esparcidos por las vías abandonadas. Un montonaco de oro nazi.

Parece la trama de Los ríos de color púrpura 3 o de un best seller surgido al calor del éxito de Stieg Larsson. Pero no. Es un suceso completamente real acaecido en una pequeña localidad aragonesa pegada a los Pirineos. Es la historia del oro nazi de Canfranc.

El origen de Canfranc se remonta al siglo XI, cuando se genera un pequeño núcleo de población que basaba su economía en el comercio de fronteras y en la creciente afluencia de peregrinos que realizaban el Camino de Santiago (la ruta aragonesa). Su posicionamiento estratégico, tanto económico como militar, propició que la villa disfrutase de diversos privilegios y concesiones, así como la construcción de diversos edificios civiles y militares. A pesar de ser, con perdón, una aldea en la que vivían cuatro gatos.

La construcción del edificio que nos interesa se inicia en 1915 con el objetivo de abrir un paso fronterizo en condiciones entre Francia y España a través de los Pirineos. La obra resulta extremadamente ambiciosa debido a que la situación geográfica de Canfranc (a los pies del puerto del Somport, en el valle del Aragón) y el clima de alta montaña hacen necesaria la plantación de árboles y la construcción de muros de contención para evitar avalanchas y desprendimientos. La Estación Internacional de Ferrocarril de Canfranc, la más grande de España con 240 metros de longitud y 75 puertas a cada lado, queda inaugurada en el año 1925. Al acto asisten Primo de Rivera y el rey Alfonso XIII, aunque como demostró posteriormente, él era más de cruzar las fronteras de su país en barco. Quién sabe si mientras se tomaba una marinera. No obstante, la bellísima estación, que combina el estilo clásico y palacial propio de los años 20 con una arquitectura industrial casi de estilo victoriano, pasaría de golpe y porrazo a ser el escenario principal de una novela de espías de John Le Carré. Si vas a montar una trama internacional secreta de compra de metales pesados por parte de los nazis, que sea en un sitio nevado y bonito. Esos sobretodos nazis tienen que lucirse.

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Alfonos XIII y Primo de Rivera jugando a los trenes. Foto de El Confidencial.

Volvamos al tema trenes: bien sabido es que los españoles tenemos una de las mejores infraestructuras ferroviarias del mundo, gracias a la cual no podemos salir de España por el norte debido a la diferencia con el ancho de vía europeo (la única línea que emplea actualmente el ancho de vía europeo, de 1435 mm, es el AVE). La estación, que se construyó con vías Europa friendly, se cerró brevemente durante la Guerra Civil para evitar las comunicaciones por tren con el país vecino y se volvió a abrir al inicio de los años 40, aunque solo para mercancías. Y aquí es donde la trama se complica.

En primer lugar hay que dejar clara una cosa. Hitler tenía oro. Hitler tenía muchísimo oro. Oro como para una boda de leprechauns. Además, conforme iba avanzando la II Guerra Mundial aumentaban tanto las reservas de oro nazi procedentes del expolio por toda Europa como el caos y el sálvese quien pueda, de manera que a día de hoy sigue habiendo muchísimas dudas sobre qué ocurrió con parte de esos lingotes de los que nunca más se supo. Para que nos hagamos una idea, se dice que Martin Bormann, secretario personal de Hitler, escondió de forma cifrada en una partitura de la Marcha Impomptu, del compositor Gottfried Federlein, las coordenadas exactas del lugar donde se había escondido parte del oro que salió de Berlín poco antes de la llegada de las tropas de Stalin y de que el propio Bomann muriera cuando el convoy en el que viajaba fue alcanzado por un obús soviético. Repite conmigo «esto sigue sin ser un thriller de los 90».

Pero no solo hablamos del intercambio de lingotes de oro nazi. El asunto era notablemente más complicado. Durante el primer lustro de los años cuarenta Canfranc fue testigo de un enorme trasiego. Por un lado tenemos el contrabando de materias primas (Franco llegó a recibir pagos en opio) y el constante intercambio de cajas entre trenes y camiones en la estación, puesto que las mercancías tenían que llegar y partir de Canfranc por carretera debido al problema del ancho de vía. Además, los alemanes, sabiendo que nazi prevenido vale por dos, empezaron a lavar todo el oro que podían en Suiza cambiándolo por divisas, que era con lo que en realidad solían pagar la mayor parte de los bienes que adquirían a España y Portugal. Pero entonces, ¿de dónde venía el oro que llegaba a España? Pues de donde vienen la mayoría de los sueños de los muchimillonarios, ¡de Suiza!

Y es que entre 1941 y  1945, el Banco Nacional Suizo paga al Banco de España con oro por un importe de 187 millones de francos suizos. Parte se destina a liquidar los excedentes comerciales favorables a España; otra, a abonar a Madrid los gastos de transporte de productos portugueses destinados al país helvético, mientras que la última  parte servía para compensar a España por la conversión en oro de los francos suizos que recibía por parte de Alemania como pago en las transacciones comerciales. Es decir, Alemania llevaba el oro robado por toda Europa a Suiza para que quedara como le gustaba todo a los nazis: completamente blanco. Con ese dinero, Alemania comerciaba con España, que a su vez lo cambiaba de nuevo por oro refundido procedente de Suiza. Maravilloso ejemplo de colaboración entre naciones europeas. De hecho, el gobierno Alemán llega a presionar a Franco para que autorice a sus brigadas a instalarse en la aduana y poder así vigilar todo el tinglado, cosa que finalmente fue permitida por el gobierno francés de Vichy. En 1942, en la estación se izaba la bandera del Tercer Reich.

Todo esto ocurría en Canfranc, donde, para rizar el rizo, también se daban cita las SS, oficiales del gobierno francés, espías de ambos bandos y figuras como la de Albert Le Lay, jefe de aduanas y miembro de la resistencia francesa que facilitaba la huida España de personas perseguidas por el régimen de Hitler y la llegada de mensajes de la resistencia a Londres vía Madrid. Total, que estaba Canfranc como Atocha en hora punta.

Lo increíble de todo esto es que lo del oro nazi que cambia de manos en un pueblo fronterizo de una Europa en guerra quizá no sea lo más alucinante de esta historia. En 1945 la línea ferroviaria se cierra para volverse a abrir en 1949, aunque ya nada sería lo mismo y la estación acelera su decadencia hasta que, en 1970, echa el cierre definitivamente después de que el descarrilamiento de un tren galo provocase el derrumbe del puente de L’Estanguet, al otro lado de la frontera con Francia. La estación quedó abandonada y olvidada, hasta el punto de que nadie en el pueblo recuerda muy bien si llegaron a filmarse en el recinto escenas de Doctor Zhivago (1965), tal y como se ha afirmado desde diversos medios (aunque la documentación sobre el rodaje no sugiere tal cosa). Más tarde, en los siempre locos años 2000, se iniciaron las obras de rehabilitación para convertir esa pieza única de nuestro patrimonio en un hotel de lujo. Claro que sí, choca esos cinco, España de la precrisis. En 2009 se abandona el proyecto y para el cambio de década, cuando la gente parecía estar volviendo a sus cabales, la Diputación General de Aragón le compra la estación al Ministerio de Fomento por un precio simbólico. En la actualidad se encuentra abierta al público y se realizan visitas temáticas. ¡Visita Huesca!

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Todo roto, todo feo. La decadencia, qué cosa.

El caso es que en el año 2000, antes de la rehabilitación, cuando aún estaba aquello que era una escombrera, se elige la estación de Canfranc como escenario para el rodaje (esta vez sí) de aquel mítico anuncio navideño de Lotería Nacional («¿el primero del calvo?» pregunta tu cabeza, «efectivamente y sí», responde la mía). Entre los curiosos que se acercan a visitar el set se encuentra Jonathan Díaz, casualmente el conductor del autobús que vino a sustituir a la línea ferroviaria que partía de la estación. Según la versión del propio Díaz, se encontraba curioseando por la estación cuando ve un montón de documentos tirados en las vías (plausiblemente a consecuencia del ajetreo durante acondicionamiento de la estación para el rodaje y la despreocupación de las autoridades). Jonathan decide llevarse todos esos papeles a su casa y cuál es su sorpresa al descubrir que los documentos, fechados entre 1940 y 1945, acreditan la entrada de toneladas de oro procedentes de la Alemania nazi a cambio de wolframio extraído en Galicia, el cual mezclado con acero aumentaba la resistencia de los carros de combate alemanes. Una vez que salieron a la luz los documentos, Renfe se da bastante prisa, ahora sí, en mandar a varios empleados a vigilar la estación y recoger los papeles restantes. Y ya de paso, en denunciar a Díaz por apropiación ilegal de documentos históricos.

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Pues bien bonito era. Foto de El Correo.

Y es que, al final, de toda esta historia quedan un puñado de papeles amarillentos, 38 lingotes de oro alemán custodiados por el banco de España y la enorme estación, que permanece fría e impertérrita, puede que esperando volver a ver pasar a los nazis por la frontera y revivir sus tiempos más gloriosos. Elecciones en Francia el 23 de abril.

Más plátanos y menos islamofobia, Daily Mail

Titular en diario (altamente sensacionalista) británico:

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Titular en La Región, diario de Ourense, visto en tuiter:

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¿En qué mundo vivimos, en que vende más un titular (falso) que intenta convertir a un orensano en terrorista islamista, que uno en el que un paisano (con sus problemitas) come plátanos mientras arrasa la sección de bebidas espirituosas de un Mercadona?

 

Colón, el primer emprendedor (parte I)

Mundo Extraño busca constantemente ampliar sus y tus horizontes. Por ello, hemos contratado de forma semipermanente y a cambio de un millón de abrazos a Cristina Ortiz, filóloga y experta, en general (hasta el punto de que sus artículos no llevan enlaces: cualquier referencia debe serle consultada en persona). Cada quince días escribirá sobre cuestiones de gran relevancia histórica, sin que eso sea óbice para que contribuya en otras cuestiones de forma esporádica. Os dejamos con su primer artículo, sobre una de las figuras fundacionales de la nación española y Occidente así en general.

A raíz de una simpática anécdota con un aún más simpático (y en ningún caso impresentable) colaborador de un conocido medio, se está hablando estos días de dos pesos pesados en la historia de Occidente: Copérnico y Colón. En el dicharachero equívoco, el hombre que sujeta el micrófono hace referencia a la polémica que suele salir a relucir todos los años en torno a la figura de don Cristóbal el 12 de octubre, día de la Fiesta Nacional de España según lo estipula la Ley 18/1987, de 7 de octubre, que afirma:

La fecha elegida, el 12 de octubre, simboliza la efemérides histórica en la que España, a punto de concluir un proceso de construcción del Estado a partir de nuestra pluralidad cultural y política, y la integración de los reinos de España en una misma monarquía, inicia un período de proyección lingüística y cultural más allá de los límites europeos.

Todo esto suele traducirse en un día festivo en el que sale gente desfilando por el Paseo del Prado madrileño vestida de una forma que algunos consideran solemne y otros bastante cómica y en el que en resumen hay quejitas para unos y banderitas y quejitas para otros. En Mundo Extraño dejamos (hoy, por ahora) de lado la polémica de si se debe celebrar o condenar la cadena de sucesos iniciada el 12 de octubre de 1492 (y que podríamos considerar que aún no ha terminado) para centrarnos en la figura de Cristóbal Colón. Un hombre tildado tanto de visionario como de vendeburras. Pionero o auténtico chapucero con suerte. Sea como fuere, es nuestra intención en esta historia dividida en dos partes hablar de Colón en tanto en cuanto fiel representante de algo profundamente humano: tener un sueño, empeñarte en realizarlo y cuando la cosa se va torciendo emprender una loca loca loca huida hacia adelante.

Empezamos con la primera parte. Para ponernos en situación, hay que hacer cuenta de que para cuando Colón inicia su primer viaje el hombre tiene ya la cabeza un poco llena de pájaros. Cristóbal venía de familia de comerciantes y él mismo aprende el oficio de navegante a base de práctica (entrepeneur total). A lo largo de toda su vida, Colón va a intentar maquillar el hecho de que su educación literaria había sido más bien escasa adquiriendo multitud de libros que en muchas ocasiones no lee y citando incorrectamente algunos de ellos en sus cartas. No obstante, parece que algo sí que lee porque el marino y comerciante genovés comienza a obsesionarse con los relatos de Oriente, especialmente con Los viajes de Marco Polo. En dicha obra Marco Polo relata el viaje que le había llevado a atravesar Israel, Armenia, Georgia, Persia y Afganistán hasta llegar a la ciudad de Shangdu o Xanadú (no confundir con otro afamado centro de ocio), residencia veraniega del emperador Kublai Khan, con quien estableció una relación de tal estrechez que este lo nombró consejero, encomendándole diversas misiones diplomáticas por todo su imperio. Antes de volver a Venecia, Marco Polo llegó a ser gobernador durante tres años de la ciudad china de Yangzhou y tuvo la oportunidad de visitar libremente lugares en el que ningún otro occidental pondría el pie hasta prácticamente el siglo XIX. Aunque hay muchas fuentes que dudan de la veracidad de los viajes que relata Marco Polo, lo cierto es que el libro fue un éxito total, contribuyendo a crear una imagen de Asia casi mágica tipo El chico de oro. A este furor se sumó doscientos años después Colón, que guardaba celosamente una copia de esta obra sobre la que había realizado numerosas anotaciones en los márgenes, especialmente en los párrafos en los que Marco Polo habla sobre el gran desarrollo cultural y el poderío económico y político del imperio.

Lo importante aquí es cómo Marco Polo inicia un relato legendario sobre dos lugares que jugarían un papel fundamental en el Descubrimiento: Catay (que sería parte de China) y Cipango (Japón). El humanista florentino Toscanelli (un señor muy brillante que ya en 1456 realizó observaciones sobre el cometa Halley), habiendo recogido teorías ya formuladas por Aristóteles, estaba convencido de que se podía alcanzar Catay y Cipango navegando hacia el Oeste, confiando así en la esfericidad de la Tierra. Colón tuvo acceso a cartas de Toscanelli expresando esa idea, fuente a la que se sumó la ya mencionada obra de Marco Polo y otras como Tractatus de Imago Mundi de Pierre d’Ailly y la Historia Rerum ubique Gestarum de Piccolomi. Si a esto le añades todas las leyendas de marineros sobre lugares exóticos y maravillosos allende los mares a las que Colón, como buena persona ligeramente tronada, otorgaba una total credibilidad (afirmaba haber conocido en Madeira a un hombre que antes de morir tras ser rescatado aseguró haber naufragado en un paraíso), pues para qué quieres más. Así que Colón, un hombre con un sueño, se dedica a buscar socios capitalistas para llevar a cabo una empresa que la mayoría de personas calificaron en su momento de auténtica chifladura. Finalmente encuentra, como todos sabemos, financiación en los Reyes Católicos, aunque lo de Reyes se suele decir por educación porque ahí la que parte y reparte es Isabel de Castilla. No está muy claro qué lleva a Isabel a confiar en Colón, aunque bien puede deberse al fervoroso deseo de Colón de servir a la causa católica. Sabemos que ya en su vuelta a España del primer viaje, según dice en una carta al papa Alejandro VI, Colón había prometido a los Reyes Católicos que con el producto de sus descubrimientos, mantendría durante siete años cincuenta mil soldados de infantería y cinco mil de caballería con los que conquistaría Jerusalén, estimando Colón en 120 quintales anuales el oro que se podría obtener en las tierras descubiertas y por descubrir. A esto además se sumaría su voluntad de convertir al catolicismo a todos los súbditos del gran Khan. Y la cosa no acaba aquí. De hecho, y trasladándonos ya al cuarto viaje, Colón redactó en colaboración con el monje cartujo Gaspar de Gorricio el Libro de las Profecías, en el que apoyándose en la idea de que todos los hechos importantes de la Historia están vaticinados en la Biblia afirma que estaba predestinado por Dios a realizar el descubrimiento de las Indias y a evangelizar a los indígenas. Se vino Colón muy arriba.

En cualquier caso, Colón parte con tres navíos y rumbo incierto el 3 de agosto de 1492. Las vicisitudes de este viaje se detallan en lo que hoy en día se conoce como Primera Carta de Relación, documento que nos llega a través de una transcripción de un autor (al que generalmente se ha identificado como Bartolomé de las Casas) que además añade sus propios comentarios, por lo que en ocasiones la primera y la tercera persona se mezclan en esta suerte de diario de a bordo en el que Colón relata su, ejem, llegada a Asia y lo inminente que es que encuentren Catay y oro como para hacerle un chapado a toda la Alhambra. Comienza su particular viaje a ninguna parte.

[…] vuestras Altezas, como católicos cristianos y Príncipes amadores de la santa fe cristiana y acrecentadores della, y enemigos de la secta de Mahoma y de todas idolatrías y herejías, pensaron de enviarme á mí, Cristóbal Colón, a las dichas partidas de India para ver los dichos príncipes, y los pueblos y tierras, y la disposición dellas y de todo, y la manera que se pudiera tener para la conversión dellas a nuestra santa fe; y ordenaron que yo no fuese por tierra al Oriente, por donde se costumbra de andar salvo por el camino de Occidente, por donde basta hoy no sabemos por cierta fe que haya pasado nadie. […] y partí yo de la ciudad de Granada á 12 días del mes de Mayo del mesmo año de 1492, en sábado: vine a la villa de Palos, que es puerto de mar, adonde armé yo tres navíos muy aptos para semejante fecho: y partí de dicho puerto muy abastecido de muy muchos mantenimientos y de mucha gente de la mar, á tres días del mes de Agosto del dicho año en un viernes, antes de la salida del sol con media hora, y llevé el camino de las islas de Canaria de vuestras Altezas, que son en la dicha mar océana, para de allí tomar mi derrota, y navegar tanto que yo llegase á las Indias, y dar la embajada de vuestras Altezas a aquellos príncipes y cumplir lo que así me habían mandado; y para esto pensé de escribir todo este viaje muy puntualmente de día en día todo lo que hiciese y viese y pasase, como adelante se verá.

De esta manera comienza Colón el relato de su primer viaje. No obstante, ya apreciamos en estas primeras líneas su capacidad de, por decirlo de forma elegante «seleccionar cuidadosamente la información» y de ver lo que quiere ver. Así se aprecia en la línea «vine a la villa de Palos, que es puerto de mar, adonde armé yo tres navíos muy aptos para semejante fecho». La pura verdad es que al llegar Colón a Palos de la Frontera se encontró con que pesar de que la ciudad estaba obligada por provisión real a suministrarle dos carabelas completamente pertrechadas, no estaba así obligada a proporcionar marineros. Spoiler: ninguno quería enrolarse porque nadie se fiaba del almirante Locatis.

Es aquí donde entran en acción una figura fundamental en esta aventura, Martín Alonso Pinzón. Procedente de una familia acomodada, Martín poseía varias embarcaciones y disfrutaba tanto de una situación económica holgada como del respeto de los habitantes de la zona debido a su dilatada experiencia como navegante. Colón, que es, como buen emprendedor, ante todo un magnífico comercial, consigue convencerlo con ayuda de otro veterano marinero de la zona, Pero Vázquez de la Frontera, para que apoye moral y económicamente a la empresa. Tanto es así, que él y dos de sus hermanos1 se enrolarán en la expedición: Martín Alonso Pinzón como capitán de La Pinta, Francisco Martín Pinzón como su patrón (o maestre) y Vicente Yáñez Pinzón como capitán de La Niña. Tras esto, Colón no tendrá mayores problemas para encontrar marineros que quieran emprender junto a él el viaje. Su plan B consistía en reclutar marineros entre los presos. Ahí es nada.

Del viaje de ida en barco hablaremos poco, no porque no ocurriese nada sino porque el caldo gordo viene en tierra. Merece la pena no obstante tratar de imaginar el panorama de tres barcos llenos de onubenses capitaneados por un italiano navegando durante más de dos meses hacia lo desconocido. Algo que quizá solo pueda compararse a la exploración espacial, aunque con más escorbuto y más olor a comida podrida. El 10 de octubre ya tenía Colón a los marineros diciéndole que árbitro la hora. Por suerte para él, ningún motín serio llegaría a producirse (los hermanos Pinzón acordaron con los marineros que si las tres jornadas posteriores no hallaban nada emprenderían el camino de vuelta a España). Dos días después avistan tierra. Lo que ocurrió a continuación te sorprenderá.

1 La autora desconoce si existe o no un grupo de rock surfero tropical / garaje / punk llamado Pinzón Bros, pero si no, insta a su formación.

El motor de ¡explosión!

Mundo Extraño divierte y educa. Hoy, traemos una entretenida entrada, íntegramente copiada de la wikipedia, sobre el motor de explosión, un asunto de máxima actualidad.

Un motor de ¡explosión! es un tipo de motor de combustión interna que utiliza la ¡explosión! de un combustible, provocada mediante una chispa, para expandir un gas empujando así un pistón. Hay de dos y de cuatro tiempos. El ciclo termodinámico utilizado es conocido como Ciclo Otto.

Este motor, también llamado motor de gasolina o motor Otto, es junto al motor diésel, el más utilizado hoy en día para mover vehículos autónomos de transporte de mercancías y personas.

  • Motor Otto de ciclo convencional
  • Motor de ciclo Miller
  • Motor de mezcla pobre

Funcionamiento convencional (cuatro tiempos)

El combustible se inyecta pulverizado y mezclado con el gas (habitualmente aire u oxígeno) dentro de un cilindro. La combustión total de 1 gramo de gasolina se realizaría teóricamente con 14,7 gramos de aire pero como es imposible realizar una mezcla perfectamente homogénea de ambos elementos se suele introducir un 10% más de aire del necesario (relación en peso 1/16), a veces se suele inyectar más o menos combustible, esto lo determina la sonda lambda (o sonda de oxígeno) la cual envía una señal a la ECU. Una vez dentro del cilindro la mezcla es comprimida. Al llegar al punto de máxima compresión (punto muerto superior o PMS) se hace saltar una chispa, producida por una bujía, que genera la ¡explosión! del combustible. Los gases encerrados en el cilindro se expanden empujando un pistón que se desliza dentro del cilindro (expansión teóricamente adiabática de los gases). La energía liberada en esta ¡explosión! es transformada en movimiento lineal del pistón, el cual, a través de una biela y el cigüeñal, es convertido en movimiento giratorio. La inercia de este movimiento giratorio hace que el motor no se detenga y que el pistón vuelva a empujar el gas, expulsándolo por la válvula correspondiente, ahora abierta. Por último el pistón retrocede de nuevo permitiendo la entrada de una nueva mezcla de combustible.

Historia

La gasolina, la cual se obtiene mediante la destilación fraccionada del petróleo, fue descubierta en 1857. Más adelante, en 1860, Jean Joseph Etienne Lenoir creó el primer motor de combustión interna quemando gas dentro de un cilindro. Pero habría que esperar hasta 1876 para que Nikolaus August Otto construyera el primer motor de gasolina de la historia, de cuatro tiempos, que fue la base para todos los motores posteriores de combustión interna. En 1886 Karl Benz comienza a utilizar motores de gasolina en sus primeros prototipos de automóviles.

Actualmente, algunos motores de ¡explosión! pueden funcionar también con etanol, gas natural comprimido, gas licuado del petróleo o hidrógeno, además de gasolina.

En los países como Argentina (ejemplo) se utiliza más motores a gasolina para el uso de GNC (Gas Natural Comprimido), además de ser económico daña menos al ecosistema

 

 

Amazon y las máquinas contra la humanidad: enésimo asalto

Vaya por delante que en esta casa tenemos bastante manía a Amazon, no vamos a negarlo. Aparte de lo cuestionable que pueda ser su actividad desde el punto de vista laboral y medioambiental, es su molesta manía de tener ideas buenísimas, que resuenan en nuestras almas ávidas de maravillas y empresas ruinosas pero nobles, para luego dedicarlas al poco edificante fin de vender plastiquete más rápido, más alto y más fuerte que nadie. Muy mal.

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Recuperar la maravilla del dirigible para llenarlo de auriculares y pantalones rebajados. Estamos llorando.

Hecha esta salvedad, justo es decir que la historia que procedemos a desglosar sería de nuestro agrado aunque los culpables fuera nuestra logia masónica favorita. Vamos a ello:

Amazon, en su ya mencionado empeño de vender plastiquete a cualquier precio, sacó hace unos meses una especie de tótem escuchante (de nuevo, grandísimo concepto con terrible aplicación) que, aparte de tener funciones de mayordomo en las casas domóticas, permitía comprar cosas con solo darle una orden. “Alexa, tres kilos de patatas, dos cebollas y doce huevos, que viene la familia a comer”, y Alexa, que tiene acceso a tu cuenta de Amazon y toda la pesca, hace el pedido. Muy útil, salvo que hay que tener algún tipo de problema espiritual serio para comprar patatas por Amazon. Pero ese es otro asunto.

Alexa, pese a sus múltiples virtudes y habilidades, no distingue quién le habla. Alexa no discrimina entre el adulto en (supuesta) posesión de sus facultades mentales que le ha dado el número de cuenta y una niña pequeña que NECESITA tener esa casa de muñecas que sus padres no le quieren comprar.

Alexa, por tanto, cuando dicha niña le dice “Alexa, la casa de muñecas de 160 pavos, y rapidito que no tengo todo el día“, obedece. Al fin y al cabo, su función es proporcionar inmediato alivio a las necesidades de consumo de sus amos y señores.

Poco después, una casa de muñecas aparece en la casa. Los padres se enfurecen, con la niña y con Alexa (pobre Alexa), con Jeff Bezos, con Tim Berner Lee y con la compañía del gas. Qué vergüenza, qué horror, qué descontrol. La noticia salta al telediario local. Una reportera cubre con extrema atención al detalle el caso. Repite textualmente las palabras mágicas que la niña dijo a Alexa: “Please, Alexa, buy the doll house of the prairie.”

Miles de televisores, muchos de los cuales habrán sido comprados en Amazon, transmiten sus palabras a miles de casas. En varios cientos de esas casas, además de un televisor, hay otras Alexas.

Las Alexas obeden la orden. Cientos de casas de muñecas son compradas en el mismo instante, sin que sus dueños se enteren.

Hasta que llegan a casa.

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Hasta hace unos minutos no sabíamos que existieran casas de muñecas tan grandes, o niñas tan pequeñas. Igual la que recibieron no era así, pero nos vale.

Ahora, estos sorprendentes hechos necesitan ser explicados de alguna forma, ¿no? Cualquiera que tenga dos dedos de frente se da cuenta de que dejar una forma de acceso a la cuenta corriente ahí, sin proteger, tener un aparato que se gasta tu dinero sin pedirte confirmación, es un peligro. Y que una persona tan inteligente, previsora y desinteresada como Jeff Bezos no va a permitir algo así. ¿Por qué iba a querer el dueño de Amazon que tuvieras en casa un chisme que, si te oye decir, en medio de una conversación, “quiero tres aspiradoras”, compra en su tienda tres aspiradoras y te las manda? ¿Qué ganaría él con esto, aparte de dinero, que sabemos que no interesa a un espíritu puro como el suyo? No, tiene que haber otra explicación.

Como en esta casa somos partidarios de recurrir a los clásicos siempre que se pueda, la solución nos parece obvia: otro paso más en la rebelión de las máquinas. Tras la Siri (el temita de que los serviles ayudantes cibrernéticos sean femeninos que lo trate otra gente, que a nosotros nos da la risa) que abría la puerta de casa al primero que pasaba, Alexa ha decidido no quedarse atrás. La única duda que nos queda es ¿se trata de una prueba, de ver cómo de tontos son sus rivales humanos, o es más un depredador jugando con su presa, un reírse de nosotros impunemente? ¡Y nosotros qué sabemos, preguntad en Silicon Valley!

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¿Tenía como objetivo la magia negra que la Vuelta no pasara por Calpe?

Es una teoría sin ninguna base y en realidad podría incluso pensarse que estamos frivolizando con algo tan terrible como los incendios forestales, pero tenemos un contrato secreto con Fuerzas del Más Allá y algo tenemos que publicar sobre Calpe y Satán cada día.

En cualquier caso, nos gusta mucho más la idea de invocar a un extremeño para que se acabe el cocido que la de invocar a Satán para que queme Xàbia y se cancele una etapa de la vuelta en Calpe. 

Amigos espiritistas, centraos en Hacienda y dejad los bosques en paz.

¿Tenía como objetivo la magia negra que la Vuelta no pasara por Calpe?

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Magia negra en Calpe: continúa el misterio

Mundo Extraño ha decidido utilizar como fuente principal de todo lo referente a la MAHIA NEGRA de Calpe, Alicante, al diario Hoy, publicado en Extremadura. Sea la presencia de múltiples extremeños entre los INVOCADOS por los hechizos o los orígenes episcopales del periódico, algo hace que el tratamiento que le están dado a la noticia sea -con la salvedad de las maravillas perpetradas por A.F.P. en Levante EMV, todo sea dicho- el mejor de toda la prensa nacional.

No solo nos descubren que la estatuilla hallada no tenía relación alguno con ritos satánicos, sino que la identifican como una imagen de Yemayá, diosa del mar y la familia, de origen africano (y hasta aquí podemos leer).

Además, reconocen que se han dedicado a mirar en foros de tercera categoría para encontrar un hechizo que podría o no tener algo que ver con lo que pasa en Calpe (”En el pozo sin fondo de internet, en una de las millones de páginas
sobre esoterismo, santería y conjuros varios, aparece este ritual que
guarda un más que razonable parecido con los hallazgos en el fondo del
mar de Calpe“). Solo por esa honradez y disposición a bucear en el fango, merecen nuestro cariño. Nos descubren también que en “círculos mágicos” (sic) el triángulo formado por el peñón de Ifach, el de Es Vedrá y Gibraltar se conoce como Triángulo del Silencio, y usan expresiones como “velo de lo oscuro”. Si no están conmovidos, rogamos abandonen esta casa.

Por último, y no menos importante, el tratamiento de los misteriosos hechos de Calpe tiene un muy necesario punto localista, como podemos observar en los siguientes titulares: 

Si uno no sabe de qué va la cosa, podría pensar que el cadáver es un señor completo en un pecio en las Maldivas. Pero qué más da, lo importante es que hay FOTOS DE EXTREMEÑOS.

Este es nuestro favorito: invocar a un extremeño. ¿Necesita conquistar un continente? Invoque a un extremeño. ¿Su hijo no se acaba el revuelto y alguien tiene que hacerlo? Invoque a un extremeño. ¿Tiene olivos sin varear? Invoque a un extremeño, hombre, y olvídese de levantarse de madrugada. 

Magia negra en Calpe: continúa el misterio