Una solución para la consanguinidad borbónica

En estas señaladas fechas, Cristina Ortiz nos acerca a varios personajes LGTB reseñables y reivindicables.

En el caso de Francisco de Asís de Borbón, la realidad se mezcla con la leyenda y, sobre todo, con la mala hostia. Sobrino de Fernando VII, era el candidato perfecto para contraer matrimonio con Isabel II, hija del mismo Fernando. Por una vez, la consanguinidad borbónica no iba a ser un problema.

El matrimonio entre ambos pasó a la historia y la rumorología popular porque claro, él invertido y ella casquivana, pues para qué quieres más. Lo cierto es que los datos biográficos sobre Francisco de Asís y Borbón no están muy claros, dado que su condición sexual provocó que los propios historiadores se hicieran eco de decenas de cotilleos sobre su persona: que si Francisco de Asís era un flojo, que si le gustaban las joyas y lo caro, que si estaba obsesionado con lavarse mucho y oler bien. Vamos, claramente todas las señas que te caracterizan como homosexual. Lo heterosexual es ir hecho un ecce homo.

No ayudó el hecho de que, por lo visto, Francisco tenía una deformación en el pito y tenía que hacer pis sentado, lo cual provocó que se le dedicaran varias coplas.

Otra de las anécdotas más conocidas sobre Francisco son las frases que en teoría salieron de la boca de su señora, la reina Isabel. La primera de ellas, al conocer que iban a contraer matrimonio, “¡Con Paquita no!” y la segunda sobre su noche de bodas: “Qué podía esperar de un hombre que en la camisa de dormir lleva más encajes que yo”.

La reina, que tenía un temperamento fogoso, tuvo 12 embarazos y numerosísimos amantes, gustaba de disfrutar de la noche madrileña y citarse con sus amantes por toda la ciudad. En el Lhardy hasta se le hizo instalar un reservado —porque después de follar lo que mejor entra es un caldito­­—.

Francisco de Asís y Borbón, por su parte, era ante todo católico y ordenado, así que él se echó un novio, el noble Antonio Meneses, al que se mantuvo fiel toda su vida mientras reconocía a los hijos de Isabel y ponía la mano para que le diesen a cambio la paguita.

Cuando Isabel fue destronada en la revolución de 1868, La Gloriosa, los dos huyeron a París a vivir cada uno en un casoplón distinto. Isabel con sus hijos y Francisco con su novio de toda la vida. Final feliz.

 

Los relojes de Carlos I

Hoy, Cristina nos habla de la perfectamente natural y para nada enfermiza relación que algunos monarcas españoles tenían con la relojería de precisión. Un tema hasta ahora fuera del alcance del que no frecuentara páginas como todorelojes y relojeríafina, que gracias al esfuerzo de nuestra cronista podrá llegar a todos los hogares.

No es fácil ser rey. Quizá sea esta una afirmación poco popular en estos tiempos en los que la monarquía se esfuerza mucho en proyectar constantemente una imagen de sobriedad y raciocinio. Puede que para compensar pasadas afrentas.

El caso es que, atendiendo a la historia, tradicionalmente no ha sido nada fácil ejercer el puesto de monarca. Para empezar, uno (hablaremos de reyes pero podemos aplicarlo también a las reinas) debía tener casi por obligación una personalidad tendente al exceso. Incluso si el exceso se producía en sentido inverso; es decir, si el rey era austero debía ser patológicamente austero. Austero de rezar con el cilicio puesto.

Aunque no nos vamos a engañar; lo normal es que las excentricidades cayeran más del lado del atiborrarse a comer y a beber que del de cenar una pieza de fruta. Pero no solo con eso se podía obsesionar un rey. Resultaría demasiado mundano. Un buen rey tiene que tener una afición que lo acerque peligrosamente a las más profundas simas de la locura. Una afición que absorba al monarca durante horas y que haga a sus consejeros preguntarse internamente si hoy será el día en el que su majestad le prenda fuego a la capital del reino por capricho.
En el caso de los soberanos españoles, una de las más notables fue la relojería. Hoy presentamos uno de los ejemplos más destacados.

 

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Qué mentón, qué habsburguidad, Tiziano, qué bien visto todo.

Bien sabido es que en el reino de Carlos I de España (cuatro Carlos más en Alemania), al igual que en una rave en Valencia, nunca se ponía el sol.  A este enorme imperio se unió, en 1525, el Milanesado, para disgusto de Francisco I que había ayudado a Enrique II a recuperar el Reino de Navarra, demostrando no tener ojo para apostar por el caballo ganador. Después de la derrota francesa en la batalla de Pavía, Milán pasó por tanto a ser posesión española bajo la autoridad del emperador. Durante la coronación imperial en Bolonia, ya en 1530 (las cosas de palacio van despacio), Carlos I tomó contacto con una de las figuras clave en el desarrollo tecnológico español del siglo XVI: Juanelo Turriano.

De Juanelo Turriano, hombre orquesta de la ingeniería, se decía un poco lo mismo que se dijo posteriormente de Kubrick «este hombre es un genio, pero lo de la ducha diaria lo lleva regular». De hecho, la mayoría de las descripciones físicas de su persona (no sabemos hasta qué punto influidas por el gusto de la época por establecer paralelismos con elementos de la mitología grecolatina) lo asocian con el dios herrero Vulcano, es decir, con alguien estéticamente desagradable y de higiene más que cuestionable. Aunque la comparación no está tampoco exenta de cierto grado de alabanza. Y es que Turriano, figura sobresaliente dentro del ya de por sí extraordinario foco de innovación técnica e industrial que constituía el Milanesado, además de fabricar relojes inventaba toda clase de ingenios alucinantes, ya fueran sistemas de poleas, grúas, presas, juguetes o autómatas. Más interesado en la práctica que en los conocimientos teóricos, Turriano estaba siempre enfangado en el montaje o desmontaje de algún cacharro. Carlos V, tras conocer que Turriano era responsable de haber arreglado el Astrarium, el antiguo reloj de Giovanni Dondi que el emperador había recibido como obsequio durante su coronación, le encargó construir un reloj especialmente para él. Turriano creó entonces el famoso reloj Cristalino, que no solamente era una obra de arte sino que contaba con un planetario (reflejaba los astros y estrellas principales y las órbitas planetarias), daba las horas solares y lunares y los signos del zodiaco. Mejor que el Apple Watch. El reloj, hoy perdido, era tan complejo que décadas después se desmontó para desentrañar su funcionamiento y nunca más se pudo volver a montar.

En 1555 el soberano decidió abdicar y dedicarse a la vida contemplativa en el palacio que había mandado construir junto al monasterio de Yuste, en donde se entregó a la oración y otros menesteres acompañado de los monjes de la orden de los Jerónimos que habitaban el monasterio y de un selecto grupo de servidores. Entre los elegidos para acompañarle durante sus últimos años en el retiro de Yuste se encontraba Juanelo Turriano.

«Quién me mandaría a mí», seguramente pensó más de una vez.

Carlos I era, como cabe esperar, un hombre de carácter. Este rasgo se vio acentuado con la edad y con el avance de la gota que padecía (porque Carlos era de los que caía más en el exceso que en el defecto), enfermedad que sus doctores intentaron paliar con ungüentos, purgantes y amuletos (lo de dejar de comer y beber como un gorrino ya si eso otro día). Turriano se convirtió en uno de los asesores favoritos del monarca, llegando a ser la primera persona que le visitaba por las mañanas. Este favoritismo se produjo en parte porque Juanelo era el encargado de continuar las obras del palacio (el rey estaba empeñado en que algún día su hijo Felipe se mudaría a Yuste, por lo que mandó construir unos aposentos para él), aunque también por otro motivo fundamental: el emperador, que había trasladado parte de su vasta colección de relojes a su residencia junto al monasterio, exigía al propio Turriano que pusiera todos los relojes en hora… varias veces al día. Carlos no podía comprender cómo era posible que hubiera tenido un imperio en la palma de la mano pero que no consiguiera que todos sus relojes dieran la hora al mismo tiempo.

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Yuste lleno de gente a punto de cogerse la malaria.

La agenda de Carlos I en Yuste era sin duda la del perfecto jubilado: levantarse, llamar a Turriano, dar cuerda a los relojes, rezar, comerse un cordero para desayunar, rezar más, mandarle una carta a su hijo dando la murga para que viniera a ver las obras del palacio («dónde vas a estar mejor que en el pueblo, hijo»), dar cuerda a los relojes, rezar, inflarse otra vez a comer, desmontar un reloj y volverlo a montar, ir a ver las obras del palacio, dar cuerda a los relojes, rezar otra vez, escribirle una carta a su hijo diciendo cómo tiene que hacer las cosas  («pero tú todo menos hacerle caso a tu padre»), comer, rezar, dar cuerda a los relojes y a mimir.

Pues ahí estaba Juanelo al servicio del emperador, que cuando no era una cosa era la otra. Al menos no era el único al que daba castigo. Profundamente religioso, Carlos se emperró en que sus aposentos debían dar al altar mayor de la capilla para poder así escuchar misa desde su dormitorio, así que otra vez obras y los monjes a callar y rezar. Destacable fue también el follón que dio para que su hijo se uniera en segundas nupcias con Bloody Mary (la persona, no el cóctel). Carlos esperaba que casando a su hijo con la reina María I  conseguiría no solo sellar definitivamente la alianza de España con Inglaterra sino también traer de vuelta al redil católico a la pérfida Albión (le salió todo regular).

Tras dos años en Yuste, el emperador finalmente falleció, no debido a la gota o a las otras enfermedades crónicas que padecía. Lo que se llevó por delante al antiguo rey fue la malaria. Y es que, como parte de las obras de ampliación del palacio, Turriano, que además de relojería sabía mucho de ingeniería hidráulica, comenzó la construcción de dos estanques justo frente a los aposentos del emperador. Las aguas estancadas, como es lógico, propiciaron la aparición de mosquitos, los cuales transmitieron la enfermedad al monarca que finalmente falleció después de un mes luchando contra las fiebres palúdicas. Aunque Carlos I fue sepultado en un primer momento bajo el altar mayor del monasterio, poco después Felipe II decidió trasladar su cuerpo y sus relojes para que hallaran descanso eterno en el palacio del Escorial.

Dios nos libre en Mundo Extraño de pensar mal. Sin embargo, es demasiado tentador imaginarse al bueno de Turriano, después de haberse pasado todo el día poniendo en hora los relojes del soberano una y otra vez, sacando a su vetusta majestad a la balconada de su dormitorio: «Siéntese aquí, alteza. Relájese un poco antes de la cena. Observe la luz de este atardecer estival, aquí al fresquito».

No hay mayor mala leche que la de un ingeniero.

El oro nazi de Canfranc

En esta casa creemos que los nazis tienen dos utilidades: que Cristina cuente historias sobre ellos y ser disuadidos de que hagan daño, por los medios que sea necesario. Esta entrada cubre solamente la primera parte, la segunda es responsabilidad de quien quiera asumirla. Y, a continuación, un vídeo que no tiene nada que ver con lo dicho anteriormente.

Ahora sí, Cristina habla del oro nazi de Canfranc:

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Qué bonito es el mundo ferroviario (foto de canfranneus.eu)

Un pueblo perdido de la mano de Dios en la frontera entre Francia y España. Una gigantesca y magnífica estación de tren en desuso que se cae a trozos. Un puñado de documentos esparcidos por las vías abandonadas. Un montonaco de oro nazi.

Parece la trama de Los ríos de color púrpura 3 o de un best seller surgido al calor del éxito de Stieg Larsson. Pero no. Es un suceso completamente real acaecido en una pequeña localidad aragonesa pegada a los Pirineos. Es la historia del oro nazi de Canfranc.

El origen de Canfranc se remonta al siglo XI, cuando se genera un pequeño núcleo de población que basaba su economía en el comercio de fronteras y en la creciente afluencia de peregrinos que realizaban el Camino de Santiago (la ruta aragonesa). Su posicionamiento estratégico, tanto económico como militar, propició que la villa disfrutase de diversos privilegios y concesiones, así como la construcción de diversos edificios civiles y militares. A pesar de ser, con perdón, una aldea en la que vivían cuatro gatos.

La construcción del edificio que nos interesa se inicia en 1915 con el objetivo de abrir un paso fronterizo en condiciones entre Francia y España a través de los Pirineos. La obra resulta extremadamente ambiciosa debido a que la situación geográfica de Canfranc (a los pies del puerto del Somport, en el valle del Aragón) y el clima de alta montaña hacen necesaria la plantación de árboles y la construcción de muros de contención para evitar avalanchas y desprendimientos. La Estación Internacional de Ferrocarril de Canfranc, la más grande de España con 240 metros de longitud y 75 puertas a cada lado, queda inaugurada en el año 1925. Al acto asisten Primo de Rivera y el rey Alfonso XIII, aunque como demostró posteriormente, él era más de cruzar las fronteras de su país en barco. Quién sabe si mientras se tomaba una marinera. No obstante, la bellísima estación, que combina el estilo clásico y palacial propio de los años 20 con una arquitectura industrial casi de estilo victoriano, pasaría de golpe y porrazo a ser el escenario principal de una novela de espías de John Le Carré. Si vas a montar una trama internacional secreta de compra de metales pesados por parte de los nazis, que sea en un sitio nevado y bonito. Esos sobretodos nazis tienen que lucirse.

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Alfonos XIII y Primo de Rivera jugando a los trenes. Foto de El Confidencial.

Volvamos al tema trenes: bien sabido es que los españoles tenemos una de las mejores infraestructuras ferroviarias del mundo, gracias a la cual no podemos salir de España por el norte debido a la diferencia con el ancho de vía europeo (la única línea que emplea actualmente el ancho de vía europeo, de 1435 mm, es el AVE). La estación, que se construyó con vías Europa friendly, se cerró brevemente durante la Guerra Civil para evitar las comunicaciones por tren con el país vecino y se volvió a abrir al inicio de los años 40, aunque solo para mercancías. Y aquí es donde la trama se complica.

En primer lugar hay que dejar clara una cosa. Hitler tenía oro. Hitler tenía muchísimo oro. Oro como para una boda de leprechauns. Además, conforme iba avanzando la II Guerra Mundial aumentaban tanto las reservas de oro nazi procedentes del expolio por toda Europa como el caos y el sálvese quien pueda, de manera que a día de hoy sigue habiendo muchísimas dudas sobre qué ocurrió con parte de esos lingotes de los que nunca más se supo. Para que nos hagamos una idea, se dice que Martin Bormann, secretario personal de Hitler, escondió de forma cifrada en una partitura de la Marcha Impomptu, del compositor Gottfried Federlein, las coordenadas exactas del lugar donde se había escondido parte del oro que salió de Berlín poco antes de la llegada de las tropas de Stalin y de que el propio Bomann muriera cuando el convoy en el que viajaba fue alcanzado por un obús soviético. Repite conmigo «esto sigue sin ser un thriller de los 90».

Pero no solo hablamos del intercambio de lingotes de oro nazi. El asunto era notablemente más complicado. Durante el primer lustro de los años cuarenta Canfranc fue testigo de un enorme trasiego. Por un lado tenemos el contrabando de materias primas (Franco llegó a recibir pagos en opio) y el constante intercambio de cajas entre trenes y camiones en la estación, puesto que las mercancías tenían que llegar y partir de Canfranc por carretera debido al problema del ancho de vía. Además, los alemanes, sabiendo que nazi prevenido vale por dos, empezaron a lavar todo el oro que podían en Suiza cambiándolo por divisas, que era con lo que en realidad solían pagar la mayor parte de los bienes que adquirían a España y Portugal. Pero entonces, ¿de dónde venía el oro que llegaba a España? Pues de donde vienen la mayoría de los sueños de los muchimillonarios, ¡de Suiza!

Y es que entre 1941 y  1945, el Banco Nacional Suizo paga al Banco de España con oro por un importe de 187 millones de francos suizos. Parte se destina a liquidar los excedentes comerciales favorables a España; otra, a abonar a Madrid los gastos de transporte de productos portugueses destinados al país helvético, mientras que la última  parte servía para compensar a España por la conversión en oro de los francos suizos que recibía por parte de Alemania como pago en las transacciones comerciales. Es decir, Alemania llevaba el oro robado por toda Europa a Suiza para que quedara como le gustaba todo a los nazis: completamente blanco. Con ese dinero, Alemania comerciaba con España, que a su vez lo cambiaba de nuevo por oro refundido procedente de Suiza. Maravilloso ejemplo de colaboración entre naciones europeas. De hecho, el gobierno Alemán llega a presionar a Franco para que autorice a sus brigadas a instalarse en la aduana y poder así vigilar todo el tinglado, cosa que finalmente fue permitida por el gobierno francés de Vichy. En 1942, en la estación se izaba la bandera del Tercer Reich.

Todo esto ocurría en Canfranc, donde, para rizar el rizo, también se daban cita las SS, oficiales del gobierno francés, espías de ambos bandos y figuras como la de Albert Le Lay, jefe de aduanas y miembro de la resistencia francesa que facilitaba la huida España de personas perseguidas por el régimen de Hitler y la llegada de mensajes de la resistencia a Londres vía Madrid. Total, que estaba Canfranc como Atocha en hora punta.

Lo increíble de todo esto es que lo del oro nazi que cambia de manos en un pueblo fronterizo de una Europa en guerra quizá no sea lo más alucinante de esta historia. En 1945 la línea ferroviaria se cierra para volverse a abrir en 1949, aunque ya nada sería lo mismo y la estación acelera su decadencia hasta que, en 1970, echa el cierre definitivamente después de que el descarrilamiento de un tren galo provocase el derrumbe del puente de L’Estanguet, al otro lado de la frontera con Francia. La estación quedó abandonada y olvidada, hasta el punto de que nadie en el pueblo recuerda muy bien si llegaron a filmarse en el recinto escenas de Doctor Zhivago (1965), tal y como se ha afirmado desde diversos medios (aunque la documentación sobre el rodaje no sugiere tal cosa). Más tarde, en los siempre locos años 2000, se iniciaron las obras de rehabilitación para convertir esa pieza única de nuestro patrimonio en un hotel de lujo. Claro que sí, choca esos cinco, España de la precrisis. En 2009 se abandona el proyecto y para el cambio de década, cuando la gente parecía estar volviendo a sus cabales, la Diputación General de Aragón le compra la estación al Ministerio de Fomento por un precio simbólico. En la actualidad se encuentra abierta al público y se realizan visitas temáticas. ¡Visita Huesca!

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Todo roto, todo feo. La decadencia, qué cosa.

El caso es que en el año 2000, antes de la rehabilitación, cuando aún estaba aquello que era una escombrera, se elige la estación de Canfranc como escenario para el rodaje (esta vez sí) de aquel mítico anuncio navideño de Lotería Nacional («¿el primero del calvo?» pregunta tu cabeza, «efectivamente y sí», responde la mía). Entre los curiosos que se acercan a visitar el set se encuentra Jonathan Díaz, casualmente el conductor del autobús que vino a sustituir a la línea ferroviaria que partía de la estación. Según la versión del propio Díaz, se encontraba curioseando por la estación cuando ve un montón de documentos tirados en las vías (plausiblemente a consecuencia del ajetreo durante acondicionamiento de la estación para el rodaje y la despreocupación de las autoridades). Jonathan decide llevarse todos esos papeles a su casa y cuál es su sorpresa al descubrir que los documentos, fechados entre 1940 y 1945, acreditan la entrada de toneladas de oro procedentes de la Alemania nazi a cambio de wolframio extraído en Galicia, el cual mezclado con acero aumentaba la resistencia de los carros de combate alemanes. Una vez que salieron a la luz los documentos, Renfe se da bastante prisa, ahora sí, en mandar a varios empleados a vigilar la estación y recoger los papeles restantes. Y ya de paso, en denunciar a Díaz por apropiación ilegal de documentos históricos.

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Pues bien bonito era. Foto de El Correo.

Y es que, al final, de toda esta historia quedan un puñado de papeles amarillentos, 38 lingotes de oro alemán custodiados por el banco de España y la enorme estación, que permanece fría e impertérrita, puede que esperando volver a ver pasar a los nazis por la frontera y revivir sus tiempos más gloriosos. Elecciones en Francia el 23 de abril.

Colón, el primer emprendedor (parte II)

Esta entrada es la segunda parte de la historia comenzada hace quince días. En sucesivas entregas, Cristina Ortiz nos ilustrará con variados episodios de la historia.

En esta segunda parte iniciamos el relato de los tres meses que Colón pasa en, ejem, «Las Indias». En este punto damos al lector la oportunidad de ahorrarse la relación de fragmentos del diario del almirante y ofrecemos un breve resumen de las ideas centrales del diario:

  1. Hemos llegado a las Indias. Todo estupendo. Todo maravilloso. Las gente es encantadora.
  2. Mañana ya casi seguro que encontramos el oro. Me lo ha dicho un indígena.
  3. Detrás de esa isla debe de estar Cipango.
  4. Comparar el clima con el de Andalucía.

Así pues, el 12 de octubre Colón escribe (recordemos que los saltos a la tercera persona se deben a que transcribe Bartolomé de las Casas):

[…] dice aquí el Almirante quo hoy y siempre de allí adelante hallaron aires ternperantísimos; que era placer grande el gusto de las. mañanas, que no faltaba sino oir ruisefiores. Dice él, y era el tiempo corno Abril en el Andalucia.  Luego se ayuntó allí mucha gente de la isla. Esto que se sigue son palabras formales del almirante, en su libro de su primera navegación y descubrimiento de estas Indias.  «Yo (dice él), porque nos tuviesen mucha amistad, porque conoscí que era gente que mejor se libraría y convertiría á nuestra Santa Fe con amor queno por fuerza, les di á algunos de ellos unos bonetes colorados y unas cuentas de vidrio que se ponían al pescuezo, y otras cosas muchas de poco valor con: que hobieron mucho placer y quedaron tanto nuestros que era maravilla. […] nos traían papagayos y hilo de algodón en ovillos y azagayas, y otras cosas muchas, y nos las trocaban por otras, cosas que nós les dábamos, como cuentecillas de vidrio y cascabeles. […] Ellos andan todos desnudos como su madre los parió, y también las mujeres, aunque no vide más de una farto moza, y todos los que yo ví eran todos mancebos, que ninguno vide de edad de más de treinta años: muy bien hechos, de muy fermosos cuerpos, y muy buenas caras.  […] Ellos no traen armas ni las cognocen, porque les anzostré espadas y las tomaban por el filo, y se cortaban con ignorancia. […] Ninguna bestia de ninguna manera vicie, salvo papagayos en esta isla.»

A partir de ese momento, Colón se dedica a rodear y explorar las islas esperando encontrarse con el Gran Khan.

Del 13 de octubre:

Determiné de aguardar fasta mañana en la tarde, y después partir para el Sudueste […] a buscar el oro y piedras preciosas. Esta isla es bien grande y muy llana y de árboles muy verdes, y muchas aguas, y una laguna en medio muy grande, sin ninguna montaña, y toda ella verde, ques placer de mirarla; y esta gente farto mansa, y por la gana de haber de nuestras cosas, y teniendo que no se les ha de dar sin que den algo y no lo tienen, toman lo que pueden y se echan luego á nadar […]  Aquí nace en esta isla, mas por el poco tiempo no pude dar así del todo fe, y también aquí nace el oro que traen colgado á la nariz; mas por no perder tiempo quiero ir á ver si puedo topar á la isla de Cipango.

Del 16 de octubre:

Isla Fernandina. Esta isla es grandísima y tengo determinado de la rodear, porque según puedo entender en ella, ó cerca delta, hay mina de oro. […] Sai naot, que es la isla ó ciudad adonde es el oro, que así lo dicen todos estos que aquí vienen en la nao, y nos lo decían los de la isla de San Salvador y de Santa María. En este tiempo anduve así por aquellos árboles, que era la cosa más fermosa de ver que otra se haya visto; i veyendo tanta verdura en tanto grado como en el mes de Mayo en el Andalucía, y los árboles todos están tan disformes de los nuestros como el día de la noche; y así las frutas, y así las yerbas y las piedras y todas las cosas.

Del 21 de octubre:

Aquí es, unas grandes lagunas, y sobre ellas y á la rueda es el arboledo en maravilla, y aquí y en toda la isla son todos verdes y las yerbas como en el Abril en el Andalucía; y el cantar de los pajaritos que parece que el hombre nunca se querría partir de aquí, y las manadas de los papagayos que ascurecen el sol; y aves y pajaritos de tantas maneras y tan diversas de las nuestras, que es maravilla; […] Después se llegaron á nos unos hombres dellos, y uno se llegó del todo aquí: yo di unos cascabeles  y unas cuentecillas de vidrio, y quedó muy contento y muy alegre […] por ende si el tiempo me da lugar luego me partiré á rodear esta isla fasta que yo haya lengua con este Rey, y ver si puedo haber del el oro que oyo que trae, y despues partir para otra isla grande mucho, que creo que debe ser Cipango, segun las señas que me dan estos indios que yo traigo.

Del 22 de octubre:

Toda esta noche y hoy estuve aquí aguardando si el Rey de aquí ó otras personas traerían oro ó otra cosa de sustancia, y vinieron muchos de esta gente, semejantes á los otros de las otras islas, así desnudos, y así pintados dellos de blanco, dellos de colorado, dellos de prieto, y así de muchas maneras. […] Algunos dellos traían algunos pedazos de oro colgados al nariz, el cual de buena gana daban por un cascabel destos de pie de gavilano y por cuentecillas de vidrio: mas es tan poco, que no es nada: que es verdad que cualquiera poca cosa que se les dé ellos también tenían á gran maravilla nuestra venida, y creían que eramos venidos del cielo.

Del 23 de octubre:

Quisiera hoy partir para la isla de Cuba, que creo que debe ser Cipango según las señas que dan esta gente de la grandeza della y riqueza, y no me deterné mas aquí ni esta isla alrededor para ir á la población, como tenía determinado, para haber lengua con este Rey ó Señor, que es por no me detener mucho, pues veo que aquí no hay mina de oro, y al rodear de estas islas ha menester muchas maneras de viento, y no vienta, así como los hombres querrían.

Y no he dado ni doy la vela para Cuba, porque no hay viento, salvo calma muerta y llueve mucho; y llovió ayer mucho sin hacer ningún frío, antes el día hace calor, y las noches temperadas como en Mayo en España en el Andalucía.

Del 29 de octubre:

A las anclas de aquel puerto y navegó al Poniente para ir diz que á la ciudad donde le parecía que le decían los indios que estaba aquel Rey.

Del 30 de octubre:

Determinó el Almirante de llegar á aquel río y enviar un presente al Rey de la tierra  y enviarle la carta de los Reyes, […] que pensaba que estaba por allí ó á la ciudad de Cathay  ques del Gran Can, que dicen que es muy grand.

Se suceden durante días relatos de las cosas que encuentran y de lo mansos que son los indios. Colón se empieza a poner nervioso porque el oro no aparece y ahí ni está el Gran Khan ni se le espera. Además, no sabe qué rumbo seguir porque no para de confundirse al medir la latitud. EL 22 de noviembre Martín Alonso Pinzón decide seguir partir caminos y se separa de Colón y de la Santa María por motivos desconocidos. Algunas fuentes consideran que la separación fue fruto de un ansia de protagonismo de Pinzón, que deseaba el oro y la gloria para sí. Otros apuntan, no obstante que Pinzón estaba hasta las narices de dar vueltas por Cuba buscando Japón.

Lo cierto y verdad es que Pinzón llegó hasta Jamaica y rodeó La Española por el Este, pasó por las Bahamas y volvió rumbo Sur. Mientras tanto Colón, que sigue sin hallar oro, se centra cada vez más en un relato febril de las maravillas naturales que va encontrando (porque algo tiene que ofrecer a sus patrocinadores) y del insuperable carácter de sus gentes (del «buen salvaje», al fin y al cabo), poniendo así las primeras piedras del tópico de lo real maravilloso que siglos después culminaría en lo que se ha venido a llamar popularmente realismo mágico. Colón ha seguido vendiendo hasta después de muerto.

El almirante llega el 6 de diciembre a La Española, de la que afirma:

Crean vuestras Altezas questas tierras son en tanta cantidad buenas y fértiles y en especial estas desta isla Española, que no hay persona que lo sepa decir, y nadie lo puede creer si no lo viese. ï crean questa isla y todas las otras son así suyas como Castilla, que aquí no falta salvo asiento y mandarles hacer lo que quisieren, […]  y haber multitud destos indios y todos huir, sin que les quisiesen hacer mal.

Durante los días 16, 17 y 18 de diciembre Colón consigue establecer contacto con un grupo de indígenas. Es en los diarios de Colón donde que se registra por primera vez en nuestra lengua las palabras tahínas «cacique» y «caníbal» (de «cariba» que significaba «gente fuerte», aunque el horror que sintieron los españoles al verles consumir carne humana propició el loco doblete léxico «caníbal» y «Caribe»).

Del lunes 17 de diciembre:

Ventó aquella noche reciamente, viento Lesnordeste, no se alteró mucho la mar porque lo estorba y escuda la Isla de la Tortuga questá frontero y hace abrigo: así estuvo allí aqueste día. Envió á pescar los marineros con redes: holgáronse mucho con los cristianos los indios, y trujéronles ciertas hechas de los de Caniba ó de los Canibales, y son  de las espigas de cañas, y exigiéronles unos palillos tostados y agudos y son muy largos. Mostráronles dos hombres que les faltaban algunos pedazos de carne de su cuerpo, y hiciéronles entender que los canibales los habían comido á bocados: el Almirante no lo creyó.

Del 18 de diciembre:

Este vino á la nao después del Rey, al cual dió el Almirante algunas cosas de los dichos restates, y allí supo el Almirante que al Rey llamaban en su lengua Cacique. En este día se resgató diz que poco oro; pero supo el Almirante de un hombre viejo que había muchas islas comarcanas á cien leguas y más, según pudo entender, en las cuales nasce muy mucho oro; y en las otras, hasta decirle que había isla que era todo oro, y en las otras que hay tanta cantidad que lo cogen y ciernen como con cedazos, y lo funden y hacen vergas y mil labores: figuran por señas la hechura.

Del 24 de diciembre:

Entre los muchos indios que ayer habían venido á la nao, que les habían dado señales de haber en aquella isla oro, y nombrada los lugares donde lo cogían, vilo uno parece que más dispuesto y aficionado, ó que con más alegría le hablaba, y halagálo rogándole que se fuese con él á mostralle las minas del oro: éste trujo otro compañero ó pariente consigo, los cuales entre los otros lugares que nombraban donde se cogía el oro, dijeron de Cipango, al cual ellos llaman Civao, y allí afirman que hay gran cantidad de oro.

Esa Civao que le sonaba mucho a Cipango no era otra cosa que parte de la República Dominicana. Y así con todo, Colón. Ese día mismo día encalla la Santa María en La Española, en cuyos restos se construye el Fuerte de Navidad. Los sucesivos días son un ir y venir en negociar con los indígenas e intentar que les digan de una vez detrás de qué palmera están Japón y el oro.

El que paradójicamente sí que encontró oro fue Martín Alonso Pinzón, no en interminables minas, que era lo que esperaba Colón, sino mediante el trueque con los nativos (lo que le valió que el almirante le perdonara el pronto de coger el navío e irse). Parece ser que además Colón consiguió también una caja de oro del ya mencionado cacique. Total, que Colón iba a volver a España de su expedición en busca de oro y especias con el equivalente a un gallo de cerámica recuerdo de Lusitania. Después de una escaramuza con los indígenas en la que varios marineros tuvieron que salir corriendo después de apuñalar en las nalgas a un indio y dado que todo el mundo estaba bastante cansado de dar vueltas a las islas y de oír al almirante decir que aquello era igualito que la Feria de Málaga, Colón toma la decisión de emprender el camino de vuelta a España. El 16 de enero parten La Niña y La Pinta, pero en mitad del océano una tormenta separa a las dos naves, de forma que Martín Alonso Pinzón llega a Galicia y Colón en Portugal, donde es arrestado y llevado ante el rey porque de verdad que es que todo le pasa a él.

Mientras, Pinzón pide  audiencia con los Reyes pero estos consideran que primero deben reunirse con Colón y le mandan de vuelta a casa. Sin embargo, Pinzón, muy enfermo, muere en el Monasterio de la Rábida, no sabemos si maldiciendo la hora en la que le cogió el teléfono al almirante.  Colón, por su parte, se presenta ante los Reyes con, ojocuidao, un par de cajas con cosas de oro, diez indígenas, máscaras y un montón de papagayos.

A pesar de todo, Colón disfruta de un feliz desenlace a ese primer viaje. La noticia de la llegada del almirante a las Indias se propaga rápidamente por toda Europa por medio de una serie de cartas impresas y Colón consigue vía libre para realizar una segunda expedición a las Indias,  esta vez de mucha mayor envergadura, que parte de Cádiz el 25 de septiembre de 1493, a la que le seguirán otras dos en 1498 y 1502 y que serían por lo general mucho menos satisfactorias para el almirante. Pero eso ya son otros diarios.

Colón, el primer emprendedor (parte I)

Mundo Extraño busca constantemente ampliar sus y tus horizontes. Por ello, hemos contratado de forma semipermanente y a cambio de un millón de abrazos a Cristina Ortiz, filóloga y experta, en general (hasta el punto de que sus artículos no llevan enlaces: cualquier referencia debe serle consultada en persona). Cada quince días escribirá sobre cuestiones de gran relevancia histórica, sin que eso sea óbice para que contribuya en otras cuestiones de forma esporádica. Os dejamos con su primer artículo, sobre una de las figuras fundacionales de la nación española y Occidente así en general.

A raíz de una simpática anécdota con un aún más simpático (y en ningún caso impresentable) colaborador de un conocido medio, se está hablando estos días de dos pesos pesados en la historia de Occidente: Copérnico y Colón. En el dicharachero equívoco, el hombre que sujeta el micrófono hace referencia a la polémica que suele salir a relucir todos los años en torno a la figura de don Cristóbal el 12 de octubre, día de la Fiesta Nacional de España según lo estipula la Ley 18/1987, de 7 de octubre, que afirma:

La fecha elegida, el 12 de octubre, simboliza la efemérides histórica en la que España, a punto de concluir un proceso de construcción del Estado a partir de nuestra pluralidad cultural y política, y la integración de los reinos de España en una misma monarquía, inicia un período de proyección lingüística y cultural más allá de los límites europeos.

Todo esto suele traducirse en un día festivo en el que sale gente desfilando por el Paseo del Prado madrileño vestida de una forma que algunos consideran solemne y otros bastante cómica y en el que en resumen hay quejitas para unos y banderitas y quejitas para otros. En Mundo Extraño dejamos (hoy, por ahora) de lado la polémica de si se debe celebrar o condenar la cadena de sucesos iniciada el 12 de octubre de 1492 (y que podríamos considerar que aún no ha terminado) para centrarnos en la figura de Cristóbal Colón. Un hombre tildado tanto de visionario como de vendeburras. Pionero o auténtico chapucero con suerte. Sea como fuere, es nuestra intención en esta historia dividida en dos partes hablar de Colón en tanto en cuanto fiel representante de algo profundamente humano: tener un sueño, empeñarte en realizarlo y cuando la cosa se va torciendo emprender una loca loca loca huida hacia adelante.

Empezamos con la primera parte. Para ponernos en situación, hay que hacer cuenta de que para cuando Colón inicia su primer viaje el hombre tiene ya la cabeza un poco llena de pájaros. Cristóbal venía de familia de comerciantes y él mismo aprende el oficio de navegante a base de práctica (entrepeneur total). A lo largo de toda su vida, Colón va a intentar maquillar el hecho de que su educación literaria había sido más bien escasa adquiriendo multitud de libros que en muchas ocasiones no lee y citando incorrectamente algunos de ellos en sus cartas. No obstante, parece que algo sí que lee porque el marino y comerciante genovés comienza a obsesionarse con los relatos de Oriente, especialmente con Los viajes de Marco Polo. En dicha obra Marco Polo relata el viaje que le había llevado a atravesar Israel, Armenia, Georgia, Persia y Afganistán hasta llegar a la ciudad de Shangdu o Xanadú (no confundir con otro afamado centro de ocio), residencia veraniega del emperador Kublai Khan, con quien estableció una relación de tal estrechez que este lo nombró consejero, encomendándole diversas misiones diplomáticas por todo su imperio. Antes de volver a Venecia, Marco Polo llegó a ser gobernador durante tres años de la ciudad china de Yangzhou y tuvo la oportunidad de visitar libremente lugares en el que ningún otro occidental pondría el pie hasta prácticamente el siglo XIX. Aunque hay muchas fuentes que dudan de la veracidad de los viajes que relata Marco Polo, lo cierto es que el libro fue un éxito total, contribuyendo a crear una imagen de Asia casi mágica tipo El chico de oro. A este furor se sumó doscientos años después Colón, que guardaba celosamente una copia de esta obra sobre la que había realizado numerosas anotaciones en los márgenes, especialmente en los párrafos en los que Marco Polo habla sobre el gran desarrollo cultural y el poderío económico y político del imperio.

Lo importante aquí es cómo Marco Polo inicia un relato legendario sobre dos lugares que jugarían un papel fundamental en el Descubrimiento: Catay (que sería parte de China) y Cipango (Japón). El humanista florentino Toscanelli (un señor muy brillante que ya en 1456 realizó observaciones sobre el cometa Halley), habiendo recogido teorías ya formuladas por Aristóteles, estaba convencido de que se podía alcanzar Catay y Cipango navegando hacia el Oeste, confiando así en la esfericidad de la Tierra. Colón tuvo acceso a cartas de Toscanelli expresando esa idea, fuente a la que se sumó la ya mencionada obra de Marco Polo y otras como Tractatus de Imago Mundi de Pierre d’Ailly y la Historia Rerum ubique Gestarum de Piccolomi. Si a esto le añades todas las leyendas de marineros sobre lugares exóticos y maravillosos allende los mares a las que Colón, como buena persona ligeramente tronada, otorgaba una total credibilidad (afirmaba haber conocido en Madeira a un hombre que antes de morir tras ser rescatado aseguró haber naufragado en un paraíso), pues para qué quieres más. Así que Colón, un hombre con un sueño, se dedica a buscar socios capitalistas para llevar a cabo una empresa que la mayoría de personas calificaron en su momento de auténtica chifladura. Finalmente encuentra, como todos sabemos, financiación en los Reyes Católicos, aunque lo de Reyes se suele decir por educación porque ahí la que parte y reparte es Isabel de Castilla. No está muy claro qué lleva a Isabel a confiar en Colón, aunque bien puede deberse al fervoroso deseo de Colón de servir a la causa católica. Sabemos que ya en su vuelta a España del primer viaje, según dice en una carta al papa Alejandro VI, Colón había prometido a los Reyes Católicos que con el producto de sus descubrimientos, mantendría durante siete años cincuenta mil soldados de infantería y cinco mil de caballería con los que conquistaría Jerusalén, estimando Colón en 120 quintales anuales el oro que se podría obtener en las tierras descubiertas y por descubrir. A esto además se sumaría su voluntad de convertir al catolicismo a todos los súbditos del gran Khan. Y la cosa no acaba aquí. De hecho, y trasladándonos ya al cuarto viaje, Colón redactó en colaboración con el monje cartujo Gaspar de Gorricio el Libro de las Profecías, en el que apoyándose en la idea de que todos los hechos importantes de la Historia están vaticinados en la Biblia afirma que estaba predestinado por Dios a realizar el descubrimiento de las Indias y a evangelizar a los indígenas. Se vino Colón muy arriba.

En cualquier caso, Colón parte con tres navíos y rumbo incierto el 3 de agosto de 1492. Las vicisitudes de este viaje se detallan en lo que hoy en día se conoce como Primera Carta de Relación, documento que nos llega a través de una transcripción de un autor (al que generalmente se ha identificado como Bartolomé de las Casas) que además añade sus propios comentarios, por lo que en ocasiones la primera y la tercera persona se mezclan en esta suerte de diario de a bordo en el que Colón relata su, ejem, llegada a Asia y lo inminente que es que encuentren Catay y oro como para hacerle un chapado a toda la Alhambra. Comienza su particular viaje a ninguna parte.

[…] vuestras Altezas, como católicos cristianos y Príncipes amadores de la santa fe cristiana y acrecentadores della, y enemigos de la secta de Mahoma y de todas idolatrías y herejías, pensaron de enviarme á mí, Cristóbal Colón, a las dichas partidas de India para ver los dichos príncipes, y los pueblos y tierras, y la disposición dellas y de todo, y la manera que se pudiera tener para la conversión dellas a nuestra santa fe; y ordenaron que yo no fuese por tierra al Oriente, por donde se costumbra de andar salvo por el camino de Occidente, por donde basta hoy no sabemos por cierta fe que haya pasado nadie. […] y partí yo de la ciudad de Granada á 12 días del mes de Mayo del mesmo año de 1492, en sábado: vine a la villa de Palos, que es puerto de mar, adonde armé yo tres navíos muy aptos para semejante fecho: y partí de dicho puerto muy abastecido de muy muchos mantenimientos y de mucha gente de la mar, á tres días del mes de Agosto del dicho año en un viernes, antes de la salida del sol con media hora, y llevé el camino de las islas de Canaria de vuestras Altezas, que son en la dicha mar océana, para de allí tomar mi derrota, y navegar tanto que yo llegase á las Indias, y dar la embajada de vuestras Altezas a aquellos príncipes y cumplir lo que así me habían mandado; y para esto pensé de escribir todo este viaje muy puntualmente de día en día todo lo que hiciese y viese y pasase, como adelante se verá.

De esta manera comienza Colón el relato de su primer viaje. No obstante, ya apreciamos en estas primeras líneas su capacidad de, por decirlo de forma elegante «seleccionar cuidadosamente la información» y de ver lo que quiere ver. Así se aprecia en la línea «vine a la villa de Palos, que es puerto de mar, adonde armé yo tres navíos muy aptos para semejante fecho». La pura verdad es que al llegar Colón a Palos de la Frontera se encontró con que pesar de que la ciudad estaba obligada por provisión real a suministrarle dos carabelas completamente pertrechadas, no estaba así obligada a proporcionar marineros. Spoiler: ninguno quería enrolarse porque nadie se fiaba del almirante Locatis.

Es aquí donde entran en acción una figura fundamental en esta aventura, Martín Alonso Pinzón. Procedente de una familia acomodada, Martín poseía varias embarcaciones y disfrutaba tanto de una situación económica holgada como del respeto de los habitantes de la zona debido a su dilatada experiencia como navegante. Colón, que es, como buen emprendedor, ante todo un magnífico comercial, consigue convencerlo con ayuda de otro veterano marinero de la zona, Pero Vázquez de la Frontera, para que apoye moral y económicamente a la empresa. Tanto es así, que él y dos de sus hermanos1 se enrolarán en la expedición: Martín Alonso Pinzón como capitán de La Pinta, Francisco Martín Pinzón como su patrón (o maestre) y Vicente Yáñez Pinzón como capitán de La Niña. Tras esto, Colón no tendrá mayores problemas para encontrar marineros que quieran emprender junto a él el viaje. Su plan B consistía en reclutar marineros entre los presos. Ahí es nada.

Del viaje de ida en barco hablaremos poco, no porque no ocurriese nada sino porque el caldo gordo viene en tierra. Merece la pena no obstante tratar de imaginar el panorama de tres barcos llenos de onubenses capitaneados por un italiano navegando durante más de dos meses hacia lo desconocido. Algo que quizá solo pueda compararse a la exploración espacial, aunque con más escorbuto y más olor a comida podrida. El 10 de octubre ya tenía Colón a los marineros diciéndole que árbitro la hora. Por suerte para él, ningún motín serio llegaría a producirse (los hermanos Pinzón acordaron con los marineros que si las tres jornadas posteriores no hallaban nada emprenderían el camino de vuelta a España). Dos días después avistan tierra. Lo que ocurrió a continuación te sorprenderá.

1 La autora desconoce si existe o no un grupo de rock surfero tropical / garaje / punk llamado Pinzón Bros, pero si no, insta a su formación.