Ford lleva el transhumanismo más allá

Muchas personas sueñan con vivir en la vanguardia de la humanidad, en ser los primeros que se convierten en hombres-máquina, en seres superiores capaces de pensar a la velocidad de la luz, almacenar infinidad de datos útiles, saborear el viento, ver más allá del horizonte con ojos mecánicos y, por qué no, quedarse colgados tras la instalación de un driver poco trabajado.

¿Hemos dicho driver? Vaya, qué casualidad: un conductor es exactamente el que ha experimentado lo que Ford, la empresa de los coches, entiende por fusión entre carne y metal. Esto es, disfrazar a un (sin duda brillante) ingeniero de asiento de coche y hacer que se sienta uno con la máquina que tiene debajo (y alrededor) de su cuerpo. Nos quitamos el reposacabezas sombrero.

En este artículo explican los motivos, que aparentemente son diferentes a los que nosotros pensamos. No se puede acertar siempre.

Monte en barco, atraiga el rayo

Una de las más comunes* fantasías de evasión es la de hacerse marinero y surcar los mares. Es verdad que cuando se lanza uno a una elaborada fantasía de libertad oceánica se piensa más en buscar el horizonte desde la cofa de estilizados veleros, clippers si uno es un amante de lo tradicional, que en limpiar la grasa de un pesado carguero lleno hasta los topes de osos de peluche y zapatillas fabricadas en dudosas condiciones.

Mundo Extraño viene a cambiar eso, usando para ello la ayuda de la naturaleza. ¿Qué pasaría si te dijéramos que al surcar el mar en un súpercarguero estarás contribuyendo a que CAIGAN RAYOS DEL CIELO? Cambia la cosa, ¿verdad? De grumete malpagado a, prácticamente, dios de la tormenta. Malpagado. Pero dios de la tormenta.

¿Qué de dónde nos hemos sacado esto? ¿Cómo sabes que no nos lo estamos inventando? Por favor, en Mundo Extraño nunca haríamos nada para enviar a nuestros lectores a surcar los mares sin algo de apoyo bibliográfico. En este caso, tenemos un artículo publicado en Geophysical Research Letters (pdf, aquí un resumen más comprensible).

Arriba, la cantidad de rayos por año y kilómetro cuadrado. Abajo, las emisiones de partículas de hasta 2.5 mm (del artículo citado).

Resulta que los barcos, como todos los vehículos a motor, contaminan. Emiten multitud de partículas que pasan al mar y a la atmósfera. Partículas que son muy pequeñas, más que el polvo, por lo que suben más alto y contribuyen a la formación de cristales de hielo. Estos cristales se frotan unos con otros y ¡pum! chispazos.

Efectivamente, solo te convertirás en un dios del rayo y el trueno con la intermediación de la contaminación. Pero mira, algo es algo.

Aparte de ofrecer posibilidades de trascender mediante duro y alienante trabajo, el estudio este que enlazamos sirve también para demostrar que el enmierdamiento del planeta prosigue a buen ritmo, con espectaculares consecuencias.

 

 

 

*O quizá sea cosa nuestra, que somos de secano.

Amazon y las máquinas contra la humanidad: enésimo asalto

Vaya por delante que en esta casa tenemos bastante manía a Amazon, no vamos a negarlo. Aparte de lo cuestionable que pueda ser su actividad desde el punto de vista laboral y medioambiental, es su molesta manía de tener ideas buenísimas, que resuenan en nuestras almas ávidas de maravillas y empresas ruinosas pero nobles, para luego dedicarlas al poco edificante fin de vender plastiquete más rápido, más alto y más fuerte que nadie. Muy mal.

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Recuperar la maravilla del dirigible para llenarlo de auriculares y pantalones rebajados. Estamos llorando.

Hecha esta salvedad, justo es decir que la historia que procedemos a desglosar sería de nuestro agrado aunque los culpables fuera nuestra logia masónica favorita. Vamos a ello:

Amazon, en su ya mencionado empeño de vender plastiquete a cualquier precio, sacó hace unos meses una especie de tótem escuchante (de nuevo, grandísimo concepto con terrible aplicación) que, aparte de tener funciones de mayordomo en las casas domóticas, permitía comprar cosas con solo darle una orden. “Alexa, tres kilos de patatas, dos cebollas y doce huevos, que viene la familia a comer”, y Alexa, que tiene acceso a tu cuenta de Amazon y toda la pesca, hace el pedido. Muy útil, salvo que hay que tener algún tipo de problema espiritual serio para comprar patatas por Amazon. Pero ese es otro asunto.

Alexa, pese a sus múltiples virtudes y habilidades, no distingue quién le habla. Alexa no discrimina entre el adulto en (supuesta) posesión de sus facultades mentales que le ha dado el número de cuenta y una niña pequeña que NECESITA tener esa casa de muñecas que sus padres no le quieren comprar.

Alexa, por tanto, cuando dicha niña le dice “Alexa, la casa de muñecas de 160 pavos, y rapidito que no tengo todo el día“, obedece. Al fin y al cabo, su función es proporcionar inmediato alivio a las necesidades de consumo de sus amos y señores.

Poco después, una casa de muñecas aparece en la casa. Los padres se enfurecen, con la niña y con Alexa (pobre Alexa), con Jeff Bezos, con Tim Berner Lee y con la compañía del gas. Qué vergüenza, qué horror, qué descontrol. La noticia salta al telediario local. Una reportera cubre con extrema atención al detalle el caso. Repite textualmente las palabras mágicas que la niña dijo a Alexa: “Please, Alexa, buy the doll house of the prairie.”

Miles de televisores, muchos de los cuales habrán sido comprados en Amazon, transmiten sus palabras a miles de casas. En varios cientos de esas casas, además de un televisor, hay otras Alexas.

Las Alexas obeden la orden. Cientos de casas de muñecas son compradas en el mismo instante, sin que sus dueños se enteren.

Hasta que llegan a casa.

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Hasta hace unos minutos no sabíamos que existieran casas de muñecas tan grandes, o niñas tan pequeñas. Igual la que recibieron no era así, pero nos vale.

Ahora, estos sorprendentes hechos necesitan ser explicados de alguna forma, ¿no? Cualquiera que tenga dos dedos de frente se da cuenta de que dejar una forma de acceso a la cuenta corriente ahí, sin proteger, tener un aparato que se gasta tu dinero sin pedirte confirmación, es un peligro. Y que una persona tan inteligente, previsora y desinteresada como Jeff Bezos no va a permitir algo así. ¿Por qué iba a querer el dueño de Amazon que tuvieras en casa un chisme que, si te oye decir, en medio de una conversación, “quiero tres aspiradoras”, compra en su tienda tres aspiradoras y te las manda? ¿Qué ganaría él con esto, aparte de dinero, que sabemos que no interesa a un espíritu puro como el suyo? No, tiene que haber otra explicación.

Como en esta casa somos partidarios de recurrir a los clásicos siempre que se pueda, la solución nos parece obvia: otro paso más en la rebelión de las máquinas. Tras la Siri (el temita de que los serviles ayudantes cibrernéticos sean femeninos que lo trate otra gente, que a nosotros nos da la risa) que abría la puerta de casa al primero que pasaba, Alexa ha decidido no quedarse atrás. La única duda que nos queda es ¿se trata de una prueba, de ver cómo de tontos son sus rivales humanos, o es más un depredador jugando con su presa, un reírse de nosotros impunemente? ¡Y nosotros qué sabemos, preguntad en Silicon Valley!