Tragedia en el boloencierro

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Ojalá poder escribir este texto sin usar otra palabra que “boloencierro”. BO LO EN CIE RRO B O L O E N C I E R R O
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Se te llena la boca a la vez que el alma, lloras de alegría al contemplar la esférica belleza que cumple por fin el sueño de tantos profesores de física, de tantos amantes de los animales y la simplicidad geométrica.

Por desgracia, el llanto es, en esta ocasión, serio: dos personas han sido heridas en un BOLOENCIERRO en la localidad pionera de semejante festejo. Festejo que surgió en un contexto de crisis económica, pero no de ideas: se sustituyó a la tradicional y cara vaquilla, toro, bóvido desconcertado y moderadamente furioso que persigue a la muchachada local, por una serie de bolas de 300 kilos que cumplirían la misma función, pero con menos sufrimiento animal y gasto económico.

No sabemos si alguien manifestó en algún momento alguna reserva hacia el renovado festejo y las letales posibilidades del BOLOENCIERRO pero, desde luego, poco caso le hicieron.

Esperamos ansiosos la recuperación de los heridos, así como las nuevas medidas de seguridad del BOLOENCIERRO. Sugerimos, como primera aproximación, que le añadan unas cuantas aristas a la bola, que la hagan menos esférica. Más vacuna.

 

 

¡Salve, Ganesha!

No estamos en España muy acostumbrados a muestras de sincretismo religioso (más allá de la evidente asunción del politeísmo pagano que supone el rezarle a los santos, claro). Hay otros sitios, como China, donde coger lo que te parezca de cada religión disponible es mucho más común. También hay religiones surgidas a partir de la fusión de creencias en principio difíciles de compatibilizar, pero que con imaginación y esfuerzo pueden dar lugar a maravillas como la santería cubana, surgida de la fusión del catolicismo con las creencias yorubas.

Esta falta de costumbre no es excusa para lo que ha hecho el obispado de Cádiz al forzar la dimisión de su vicario en Ceuta. El único crimen de este señor (que sepamos) fue tener la visión de futuro y la imaginación suficiente para permitir a sus conciudadanos hindúes pasear a una imagen de Ganesha, el dios elefante, patrón de las artes y las ciencias, por el templo de Nuestra Señora de África. Lugar en el que se le dedicó una salve rociera. ¡Sincretismo!

Si juntar las pintorescas costumbres de los creyentes en un dios con las de los creyentes en otro para dar lugar al maravilloso espectáculo de un coro rociero cantándole a un dios elefante es delito, llévennos presos ahora mismo.

(Mundo Extraño ha intentado elegir una fuente medianamente decente para esta noticia, dado que algunos medios, de filiación inequívocamente nacionalcatólica ahora y siempre, habían elegido referirse a uno o varios de los dioses implicados de formas poco precisas, ya fuera por falta de interés o por pura maldad.)

De caminar sobre el hielo en Siberia. Segundo paseo.

Nueva entrega de nuestra miniserie dedicada a niños siberianos perdidos en la taiga. La primera parte, la odisea de Tserin Dopchut, está aquí.

Tserin, como ya sabemos, se perdió con su perro y estuvo tres días vestido de primaverita y con solo una barrita de chocolate. Sobrevivió. La historia de Karina Chikitova es algo más dramática:

Para empezar, Karina vive en la República de Sakha, al lado de la cual la República Popular de Tuva, de donde era Tserin, está céntrica. Además, no es que se perdiera sin más: se fue de viaje con su padre, acompañada de su perrito, y el padre no se dio cuenta de que la niña lo seguía. Así que la niña se perdió y al bosque que se fue. Con el perrito. Su madre creía que estaba con su padre, su padre seguía con su alegre caminar. La niña (y el perrito), en medio de los árboles.

A los cuatro días se lanzó una operación de búsqueda. Cuatro días que la niña, de tres años, llevaba durmiendo en camas hechas de hierbas altas y comiendo frutos silvestres y bebiendo de los ríos. Con el perrito y rodeada de lobos y osos, que estaban preparándose para el invierno y comiéndose todo lo que pillaran. Afortunadamente, la temperatura no bajó de cero grados durante el tiempo que Katrina estuvo perdida. Lo que faltaba.

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Aguerridos buscadores y adorables perretes.

A los nueve días de estar perdida, su perrito la abandonó y volvió al pueblo. Esto causó gran consternación entre los rescatadores, ya que si había alguna posibilidad de encontrar a la niña viva, pasaba por que el perro la mantuviera calentita por las noches. Sin perro, poco se podía hacer.

Ante esta actitud derrotista, asumimos que el perro les dijo guau guau guau y tiró para el bosque de nuevo, obligándolos a seguirlo. Y, ¡tachán!, los llevó hasta la niña.

Katrina estaba flaca flaca, pero consciente y bien. Según una psicóloga local, ninguna secuela, tenía la mente en su sitio, qué se ha creído usted, señor periodista, pasarse once días sola y sin comida en el bosque no es nada. Katrina tenía algunas picaduras de mosquito y arañazos de andar descalza por el bosque, pero poco más.

Volvemos mañana con ¡parto en la taiga!

De caminar sobre el hielo (en Siberia). Primer paseo.

Sí, el título es un infame plagio a Herzog. Sí, ojalá grabara un documental sobre este tema. De momento, deberá el amable lector conformarse con esta miniserie de Mundo Extraño.

No son pocas las veces que hemos hablado de Siberia, tierra bendecida con una sobreabundancia de maravilla y una importante carencia de personas. Hoy volvemos a esta hermosa región para inaugurar una serie dedicada a (muy) menores de edad que sobreviven en el hielo siberiano. Uno podría pensar que no hay suficientes niños que se encuentren y sobrevivan a semejante tesitura. Uno estaría, en ese caso, fatalmente equivocado. Pese a la relativamente pequeña población de Siberia, hay una gran cantidad de niños heroicos. Atribuimos esto a que: a) el escenario se presta a las situaciones límite, b) la esperanza de vida es tan baja que, o te pones pronto a ello o mueres sin haber alcanzado el Olimpo del pasar frío y b) tampoco hay nada mejor que hacer.

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Pues claro que estás todo el rato al borde de la muerte en este sitio, qué te esperabas.

Vamos, sin más dilación, con nuestro primer protagonista. Quizá la menos impresionante de las historias que queremos relatar, lo cual sigue siendo bastante mejor que cualquier cosa que vaya usted a leer hoy por ahí. Hablemos de Tserin Dopchut, tres años de edad y natural de Khut, República Popular de Tuva, Federación Rusa.

Tserin jugaba con los perros de la familia cerca de la casa de sus padres, junto al bosque, cuando uno de los animales se extravió. El niño, siguiendo sus instintos, decidió extraviarse con él. Así que se metió en el bosque a buscarlo, escapando de la vigilancia de su bisabuela, encargada de cuidarlo. El bosque de los lobos. Y de los osos. Y de los ríos que corren como el reno cuando lo persigue el lobo. Y el oso. Pero más frío.

A Tserin lo salvaron tres cosas, quizá cuatro: la barrita de chocolate que llevaba, y que mordisqueó pacientemente durante el primer día; que la temperatura fuera ligeramente superior a cero salvo por la noche; su asombrosa capacidad, para ser un niño de tres años, de hacerse una cama con ramitas y hojas secas entre las raíces de un árbol, y la potra increíble de que ningún oso decidiera comérselo.

No sabemos qué pensó Tserin durante esos tres días, ni si tuvo una revelación que le acompañará el resto de su vida; sí que lo acabaron encontrando a tres kilómetros de su casa, tras haber buscado en un área de 120 kilómetros cuadrados, que ahora se llama Tserin Mowgli Dopchut y se ha decidido que será un gran rescatador de niños perdidos en el futuro, que los médicos dicen que está estupendamente y que sus cuatrocientos vecinos le hicieron tremenda fiesta cuando lo encontraron.

La semana que viene, más y mejor.

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También sabemos que dio lugar a preciosas escenas como esta.

Los relojes de Carlos I

Hoy, Cristina nos habla de la perfectamente natural y para nada enfermiza relación que algunos monarcas españoles tenían con la relojería de precisión. Un tema hasta ahora fuera del alcance del que no frecuentara páginas como todorelojes y relojeríafina, que gracias al esfuerzo de nuestra cronista podrá llegar a todos los hogares.

No es fácil ser rey. Quizá sea esta una afirmación poco popular en estos tiempos en los que la monarquía se esfuerza mucho en proyectar constantemente una imagen de sobriedad y raciocinio. Puede que para compensar pasadas afrentas.

El caso es que, atendiendo a la historia, tradicionalmente no ha sido nada fácil ejercer el puesto de monarca. Para empezar, uno (hablaremos de reyes pero podemos aplicarlo también a las reinas) debía tener casi por obligación una personalidad tendente al exceso. Incluso si el exceso se producía en sentido inverso; es decir, si el rey era austero debía ser patológicamente austero. Austero de rezar con el cilicio puesto.

Aunque no nos vamos a engañar; lo normal es que las excentricidades cayeran más del lado del atiborrarse a comer y a beber que del de cenar una pieza de fruta. Pero no solo con eso se podía obsesionar un rey. Resultaría demasiado mundano. Un buen rey tiene que tener una afición que lo acerque peligrosamente a las más profundas simas de la locura. Una afición que absorba al monarca durante horas y que haga a sus consejeros preguntarse internamente si hoy será el día en el que su majestad le prenda fuego a la capital del reino por capricho.
En el caso de los soberanos españoles, una de las más notables fue la relojería. Hoy presentamos uno de los ejemplos más destacados.

 

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Qué mentón, qué habsburguidad, Tiziano, qué bien visto todo.

Bien sabido es que en el reino de Carlos I de España (cuatro Carlos más en Alemania), al igual que en una rave en Valencia, nunca se ponía el sol.  A este enorme imperio se unió, en 1525, el Milanesado, para disgusto de Francisco I que había ayudado a Enrique II a recuperar el Reino de Navarra, demostrando no tener ojo para apostar por el caballo ganador. Después de la derrota francesa en la batalla de Pavía, Milán pasó por tanto a ser posesión española bajo la autoridad del emperador. Durante la coronación imperial en Bolonia, ya en 1530 (las cosas de palacio van despacio), Carlos I tomó contacto con una de las figuras clave en el desarrollo tecnológico español del siglo XVI: Juanelo Turriano.

De Juanelo Turriano, hombre orquesta de la ingeniería, se decía un poco lo mismo que se dijo posteriormente de Kubrick «este hombre es un genio, pero lo de la ducha diaria lo lleva regular». De hecho, la mayoría de las descripciones físicas de su persona (no sabemos hasta qué punto influidas por el gusto de la época por establecer paralelismos con elementos de la mitología grecolatina) lo asocian con el dios herrero Vulcano, es decir, con alguien estéticamente desagradable y de higiene más que cuestionable. Aunque la comparación no está tampoco exenta de cierto grado de alabanza. Y es que Turriano, figura sobresaliente dentro del ya de por sí extraordinario foco de innovación técnica e industrial que constituía el Milanesado, además de fabricar relojes inventaba toda clase de ingenios alucinantes, ya fueran sistemas de poleas, grúas, presas, juguetes o autómatas. Más interesado en la práctica que en los conocimientos teóricos, Turriano estaba siempre enfangado en el montaje o desmontaje de algún cacharro. Carlos V, tras conocer que Turriano era responsable de haber arreglado el Astrarium, el antiguo reloj de Giovanni Dondi que el emperador había recibido como obsequio durante su coronación, le encargó construir un reloj especialmente para él. Turriano creó entonces el famoso reloj Cristalino, que no solamente era una obra de arte sino que contaba con un planetario (reflejaba los astros y estrellas principales y las órbitas planetarias), daba las horas solares y lunares y los signos del zodiaco. Mejor que el Apple Watch. El reloj, hoy perdido, era tan complejo que décadas después se desmontó para desentrañar su funcionamiento y nunca más se pudo volver a montar.

En 1555 el soberano decidió abdicar y dedicarse a la vida contemplativa en el palacio que había mandado construir junto al monasterio de Yuste, en donde se entregó a la oración y otros menesteres acompañado de los monjes de la orden de los Jerónimos que habitaban el monasterio y de un selecto grupo de servidores. Entre los elegidos para acompañarle durante sus últimos años en el retiro de Yuste se encontraba Juanelo Turriano.

«Quién me mandaría a mí», seguramente pensó más de una vez.

Carlos I era, como cabe esperar, un hombre de carácter. Este rasgo se vio acentuado con la edad y con el avance de la gota que padecía (porque Carlos era de los que caía más en el exceso que en el defecto), enfermedad que sus doctores intentaron paliar con ungüentos, purgantes y amuletos (lo de dejar de comer y beber como un gorrino ya si eso otro día). Turriano se convirtió en uno de los asesores favoritos del monarca, llegando a ser la primera persona que le visitaba por las mañanas. Este favoritismo se produjo en parte porque Juanelo era el encargado de continuar las obras del palacio (el rey estaba empeñado en que algún día su hijo Felipe se mudaría a Yuste, por lo que mandó construir unos aposentos para él), aunque también por otro motivo fundamental: el emperador, que había trasladado parte de su vasta colección de relojes a su residencia junto al monasterio, exigía al propio Turriano que pusiera todos los relojes en hora… varias veces al día. Carlos no podía comprender cómo era posible que hubiera tenido un imperio en la palma de la mano pero que no consiguiera que todos sus relojes dieran la hora al mismo tiempo.

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Yuste lleno de gente a punto de cogerse la malaria.

La agenda de Carlos I en Yuste era sin duda la del perfecto jubilado: levantarse, llamar a Turriano, dar cuerda a los relojes, rezar, comerse un cordero para desayunar, rezar más, mandarle una carta a su hijo dando la murga para que viniera a ver las obras del palacio («dónde vas a estar mejor que en el pueblo, hijo»), dar cuerda a los relojes, rezar, inflarse otra vez a comer, desmontar un reloj y volverlo a montar, ir a ver las obras del palacio, dar cuerda a los relojes, rezar otra vez, escribirle una carta a su hijo diciendo cómo tiene que hacer las cosas  («pero tú todo menos hacerle caso a tu padre»), comer, rezar, dar cuerda a los relojes y a mimir.

Pues ahí estaba Juanelo al servicio del emperador, que cuando no era una cosa era la otra. Al menos no era el único al que daba castigo. Profundamente religioso, Carlos se emperró en que sus aposentos debían dar al altar mayor de la capilla para poder así escuchar misa desde su dormitorio, así que otra vez obras y los monjes a callar y rezar. Destacable fue también el follón que dio para que su hijo se uniera en segundas nupcias con Bloody Mary (la persona, no el cóctel). Carlos esperaba que casando a su hijo con la reina María I  conseguiría no solo sellar definitivamente la alianza de España con Inglaterra sino también traer de vuelta al redil católico a la pérfida Albión (le salió todo regular).

Tras dos años en Yuste, el emperador finalmente falleció, no debido a la gota o a las otras enfermedades crónicas que padecía. Lo que se llevó por delante al antiguo rey fue la malaria. Y es que, como parte de las obras de ampliación del palacio, Turriano, que además de relojería sabía mucho de ingeniería hidráulica, comenzó la construcción de dos estanques justo frente a los aposentos del emperador. Las aguas estancadas, como es lógico, propiciaron la aparición de mosquitos, los cuales transmitieron la enfermedad al monarca que finalmente falleció después de un mes luchando contra las fiebres palúdicas. Aunque Carlos I fue sepultado en un primer momento bajo el altar mayor del monasterio, poco después Felipe II decidió trasladar su cuerpo y sus relojes para que hallaran descanso eterno en el palacio del Escorial.

Dios nos libre en Mundo Extraño de pensar mal. Sin embargo, es demasiado tentador imaginarse al bueno de Turriano, después de haberse pasado todo el día poniendo en hora los relojes del soberano una y otra vez, sacando a su vetusta majestad a la balconada de su dormitorio: «Siéntese aquí, alteza. Relájese un poco antes de la cena. Observe la luz de este atardecer estival, aquí al fresquito».

No hay mayor mala leche que la de un ingeniero.