¡Salve, Ganesha!

No estamos en España muy acostumbrados a muestras de sincretismo religioso (más allá de la evidente asunción del politeísmo pagano que supone el rezarle a los santos, claro). Hay otros sitios, como China, donde coger lo que te parezca de cada religión disponible es mucho más común. También hay religiones surgidas a partir de la fusión de creencias en principio difíciles de compatibilizar, pero que con imaginación y esfuerzo pueden dar lugar a maravillas como la santería cubana, surgida de la fusión del catolicismo con las creencias yorubas.

Esta falta de costumbre no es excusa para lo que ha hecho el obispado de Cádiz al forzar la dimisión de su vicario en Ceuta. El único crimen de este señor (que sepamos) fue tener la visión de futuro y la imaginación suficiente para permitir a sus conciudadanos hindúes pasear a una imagen de Ganesha, el dios elefante, patrón de las artes y las ciencias, por el templo de Nuestra Señora de África. Lugar en el que se le dedicó una salve rociera. ¡Sincretismo!

Si juntar las pintorescas costumbres de los creyentes en un dios con las de los creyentes en otro para dar lugar al maravilloso espectáculo de un coro rociero cantándole a un dios elefante es delito, llévennos presos ahora mismo.

(Mundo Extraño ha intentado elegir una fuente medianamente decente para esta noticia, dado que algunos medios, de filiación inequívocamente nacionalcatólica ahora y siempre, habían elegido referirse a uno o varios de los dioses implicados de formas poco precisas, ya fuera por falta de interés o por pura maldad.)

Una solución para la consanguinidad borbónica

En estas señaladas fechas, Cristina Ortiz nos acerca a varios personajes LGTB reseñables y reivindicables.

En el caso de Francisco de Asís de Borbón, la realidad se mezcla con la leyenda y, sobre todo, con la mala hostia. Sobrino de Fernando VII, era el candidato perfecto para contraer matrimonio con Isabel II, hija del mismo Fernando. Por una vez, la consanguinidad borbónica no iba a ser un problema.

El matrimonio entre ambos pasó a la historia y la rumorología popular porque claro, él invertido y ella casquivana, pues para qué quieres más. Lo cierto es que los datos biográficos sobre Francisco de Asís y Borbón no están muy claros, dado que su condición sexual provocó que los propios historiadores se hicieran eco de decenas de cotilleos sobre su persona: que si Francisco de Asís era un flojo, que si le gustaban las joyas y lo caro, que si estaba obsesionado con lavarse mucho y oler bien. Vamos, claramente todas las señas que te caracterizan como homosexual. Lo heterosexual es ir hecho un ecce homo.

No ayudó el hecho de que, por lo visto, Francisco tenía una deformación en el pito y tenía que hacer pis sentado, lo cual provocó que se le dedicaran varias coplas.

Otra de las anécdotas más conocidas sobre Francisco son las frases que en teoría salieron de la boca de su señora, la reina Isabel. La primera de ellas, al conocer que iban a contraer matrimonio, “¡Con Paquita no!” y la segunda sobre su noche de bodas: “Qué podía esperar de un hombre que en la camisa de dormir lleva más encajes que yo”.

La reina, que tenía un temperamento fogoso, tuvo 12 embarazos y numerosísimos amantes, gustaba de disfrutar de la noche madrileña y citarse con sus amantes por toda la ciudad. En el Lhardy hasta se le hizo instalar un reservado —porque después de follar lo que mejor entra es un caldito­­—.

Francisco de Asís y Borbón, por su parte, era ante todo católico y ordenado, así que él se echó un novio, el noble Antonio Meneses, al que se mantuvo fiel toda su vida mientras reconocía a los hijos de Isabel y ponía la mano para que le diesen a cambio la paguita.

Cuando Isabel fue destronada en la revolución de 1868, La Gloriosa, los dos huyeron a París a vivir cada uno en un casoplón distinto. Isabel con sus hijos y Francisco con su novio de toda la vida. Final feliz.

 

Vergüenzas británicas I: el solomillo Wellington

No ha sido fácil elegir solo una de las delicias de la cocina británica para inaugurar esta serie, pero lo que teníamos claro es que su terrible cocina era el primer paso en esta ruta al infierno del Reino Unido. Hemos dejado que Cristina, experta gastrónoma, elija el plato que más ofensivo le resultara. Este es el resultado.

A pesar de que existen numerosas teorías sobre el origen del solomillo Wellington, a la hora de hacerse el listillo en la mesa durante una comida familiar o de responder desde casa a las preguntas de algún concurso que has pillado en la tele por casualidad (al fin y al cabo, los momentos en los que se forja el auténtico conocimiento), la respuesta siempre será la misma: se llama así porque le pirraba al duque de Wellington.

No es la primera vez que en esta santa casa se cantan las alabanzas del mencionado duque. Por añadir algo más a su hoja de méritos, mientras los Curro Jiménez de turno y los guerrilleros andaban partiéndose la cara con los franceses emboscándoles en las serranías, Wellington comandaba el ejército regular que luchaba contra la invasión napoleónica. Así pues, con una medidísima combinación de aguda estrategia inglesa y de temeridad y hostias como panes española, se expulsó a las fuerzas bonapartistas de la península. Toma unión europea.

A pesar de que el plato se popularizó en los años 60 de este siglo (al igual que el resto de fastuosos y complicados platos barrocos que toda madre ha querido preparar alguna Nochebuena), la leyenda asocia su origen al mariscal inglés. Y es que, por lo visto, el homenaje de Wellington al aguerrido pueblo español con el que había luchado codo a codo para expulsar a Bonaparte consistió en seleccionar la mejor y más tierna parte de la ternera, y meterla dentro de un hojaldre.

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No os dejéis engañar por su buen aspecto: esto es un despropósito.

¿Habrá peor maldad que coger un solomillo de calidad, acompañarlo de trufas, setas, foie gras fresco y vino de Madeira y una vez que reúnes todas esas delicias, decidir mezclarlas con un trozaco de masa? No solo parece contraproducente sino que se opone frontalmente a los principios básicos de la gastronomía española, en la que lo que se suele mezclar con masa o pan son las sobras (ahí están las croquetas, las reinas de nuestra cocina de aprovechamiento).

Existen múltiples versiones de la receta; algunas de ellas, puede que para compensar semejante atentado contra el sentido común, proponen sustituir el solomillo de ternera por cerdo, mucho más económico. No sabemos qué opinaría Wellington sobre el apaño, ni sobre la decisión de Reino Unido de partir caminos con Europa, pero quizá podamos imaginar lo que diría Napoleón, partiendo de la frase atribuida a otro francés, Voltaire, sobre que los franceses tienen buena cocina y los ingleses solamente buenas maneras:

“Yo seré un imperialista y un megalómano, pero hay que ser hijo de puta para hacerle eso a un solomillo de ternera.”

¡Bienvenidos a la semana británica de Mundo Extraño!

Es un día importante para el Reino Unido: hoy ponen en marcha todo el tema de irse de la Unión Europea. Lo que nadie pensaba que fuera a pasar, un hecho histórico, un error, una liberación, un farol que salió regular, qué más nos da. No estamos aquí para juzgar si el Brexit, una decisión tomada libremente por el pueblo británico de forma democrática y sin ninguna presión externa, como tomamos todos nuestras decisiones en este régimen de libertades que existe en un vacío perfecto.

Estamos aquí para juzgar al Reino Unido, así en general. Muy probablemente salvando a Escocia, porque tenemos nuestras filias, y sin darle mucha cera a Gales, que los pobrecitos no saben lo que hacen.

Durante una semana, una, Mundo Extraño se dedicará en cuerpo y alma a rescatar algunos de los más vergonzantes episodios de la historia del Reino Unido. Porque hace risa y porque si no lo hacemos ahora que está tan a mano, ¿cuándo?

No vamos a fijarnos en desgracias naturales de nombre sonoro como la Noche del Gran Viento, ni en desastres mortales que podrían pasarle a cualquiera. Nuestra atención se centrará en detalles francamente vergonzosos pero inequívocamente británicos. Sirva de advertencia que nuestras principales guías en este recorrido serán a) nuestros prejuicios y b) el volumen Astérix en Bretaña, de Goscinny y Uderzo.

Empezaremos, pues, por el solomillo Wellington.

De caminar sobre el hielo en Siberia. Segundo paseo.

Nueva entrega de nuestra miniserie dedicada a niños siberianos perdidos en la taiga. La primera parte, la odisea de Tserin Dopchut, está aquí.

Tserin, como ya sabemos, se perdió con su perro y estuvo tres días vestido de primaverita y con solo una barrita de chocolate. Sobrevivió. La historia de Karina Chikitova es algo más dramática:

Para empezar, Karina vive en la República de Sakha, al lado de la cual la República Popular de Tuva, de donde era Tserin, está céntrica. Además, no es que se perdiera sin más: se fue de viaje con su padre, acompañada de su perrito, y el padre no se dio cuenta de que la niña lo seguía. Así que la niña se perdió y al bosque que se fue. Con el perrito. Su madre creía que estaba con su padre, su padre seguía con su alegre caminar. La niña (y el perrito), en medio de los árboles.

A los cuatro días se lanzó una operación de búsqueda. Cuatro días que la niña, de tres años, llevaba durmiendo en camas hechas de hierbas altas y comiendo frutos silvestres y bebiendo de los ríos. Con el perrito y rodeada de lobos y osos, que estaban preparándose para el invierno y comiéndose todo lo que pillaran. Afortunadamente, la temperatura no bajó de cero grados durante el tiempo que Katrina estuvo perdida. Lo que faltaba.

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Aguerridos buscadores y adorables perretes.

A los nueve días de estar perdida, su perrito la abandonó y volvió al pueblo. Esto causó gran consternación entre los rescatadores, ya que si había alguna posibilidad de encontrar a la niña viva, pasaba por que el perro la mantuviera calentita por las noches. Sin perro, poco se podía hacer.

Ante esta actitud derrotista, asumimos que el perro les dijo guau guau guau y tiró para el bosque de nuevo, obligándolos a seguirlo. Y, ¡tachán!, los llevó hasta la niña.

Katrina estaba flaca flaca, pero consciente y bien. Según una psicóloga local, ninguna secuela, tenía la mente en su sitio, qué se ha creído usted, señor periodista, pasarse once días sola y sin comida en el bosque no es nada. Katrina tenía algunas picaduras de mosquito y arañazos de andar descalza por el bosque, pero poco más.

Volvemos mañana con ¡parto en la taiga!

De caminar sobre el hielo (en Siberia). Primer paseo.

Sí, el título es un infame plagio a Herzog. Sí, ojalá grabara un documental sobre este tema. De momento, deberá el amable lector conformarse con esta miniserie de Mundo Extraño.

No son pocas las veces que hemos hablado de Siberia, tierra bendecida con una sobreabundancia de maravilla y una importante carencia de personas. Hoy volvemos a esta hermosa región para inaugurar una serie dedicada a (muy) menores de edad que sobreviven en el hielo siberiano. Uno podría pensar que no hay suficientes niños que se encuentren y sobrevivan a semejante tesitura. Uno estaría, en ese caso, fatalmente equivocado. Pese a la relativamente pequeña población de Siberia, hay una gran cantidad de niños heroicos. Atribuimos esto a que: a) el escenario se presta a las situaciones límite, b) la esperanza de vida es tan baja que, o te pones pronto a ello o mueres sin haber alcanzado el Olimpo del pasar frío y b) tampoco hay nada mejor que hacer.

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Pues claro que estás todo el rato al borde de la muerte en este sitio, qué te esperabas.

Vamos, sin más dilación, con nuestro primer protagonista. Quizá la menos impresionante de las historias que queremos relatar, lo cual sigue siendo bastante mejor que cualquier cosa que vaya usted a leer hoy por ahí. Hablemos de Tserin Dopchut, tres años de edad y natural de Khut, República Popular de Tuva, Federación Rusa.

Tserin jugaba con los perros de la familia cerca de la casa de sus padres, junto al bosque, cuando uno de los animales se extravió. El niño, siguiendo sus instintos, decidió extraviarse con él. Así que se metió en el bosque a buscarlo, escapando de la vigilancia de su bisabuela, encargada de cuidarlo. El bosque de los lobos. Y de los osos. Y de los ríos que corren como el reno cuando lo persigue el lobo. Y el oso. Pero más frío.

A Tserin lo salvaron tres cosas, quizá cuatro: la barrita de chocolate que llevaba, y que mordisqueó pacientemente durante el primer día; que la temperatura fuera ligeramente superior a cero salvo por la noche; su asombrosa capacidad, para ser un niño de tres años, de hacerse una cama con ramitas y hojas secas entre las raíces de un árbol, y la potra increíble de que ningún oso decidiera comérselo.

No sabemos qué pensó Tserin durante esos tres días, ni si tuvo una revelación que le acompañará el resto de su vida; sí que lo acabaron encontrando a tres kilómetros de su casa, tras haber buscado en un área de 120 kilómetros cuadrados, que ahora se llama Tserin Mowgli Dopchut y se ha decidido que será un gran rescatador de niños perdidos en el futuro, que los médicos dicen que está estupendamente y que sus cuatrocientos vecinos le hicieron tremenda fiesta cuando lo encontraron.

La semana que viene, más y mejor.

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También sabemos que dio lugar a preciosas escenas como esta.

¡Docenas de ataúdes decimonónicos aterrorizan Filadelfia!

En la década de los sesenta del siglo XIX, alguien recibió el encargo de trasladar al Cementerio Monte Moriah de Filadelfia los cuerpos que reposaban en el camposanto de la Primera Iglesia Baptista de la ciudad, fundada en 1707. Filadelfia había crecido y el antiguo cementerio iba a utilizarse para otros fines, así que, para asegurar el reposo eterno de sus inquilinos, los ataúdes debían ser transportados al nuevo cementerio.

El encargado del traslado hizo su trabajo, en el mejor de los casos, de forma deficiente. Creyó, probablemente, que su chapuza no sería descubierta: ¿quién iba a ponerse a rebuscar en el viejo cementerio, sobre el cual los siglos irían acumulando capas y capas de calles? La mayoría de los difuntos eran del siglo anterior, además, nadie iba a interesarse por ellos. No había peligro.

Por desgracia para el anónimo (y, asumimos, fallecido) encargado, su falta de ética laboral ha sido puesta al descubierto, gracias a las obras de un edificio de apartamentos, que alguien pretendía construir sobre el antiguo cementerio. La secuencia es la que cualquier habitante de Mérida o Toledo conoce: se empieza la obra, se encuentra algo llamativo, se para la obra, comienza la fiesta arqueológica. Que en este caso se concreta en docenas de cadáveres que hay que analizar, examinar y entregar a sus descendientes, si es que existen. Luego se volverá a la obra, con un par de años de retraso, y los felices compradores tendrán sus casas.

Si es que alguien quiere vivir en un apartamento construido sobre un antiguo cementerio baptista que ha sido profanado por las grúas y los bulldozers, claro.

Los relojes de Carlos I

Hoy, Cristina nos habla de la perfectamente natural y para nada enfermiza relación que algunos monarcas españoles tenían con la relojería de precisión. Un tema hasta ahora fuera del alcance del que no frecuentara páginas como todorelojes y relojeríafina, que gracias al esfuerzo de nuestra cronista podrá llegar a todos los hogares.

No es fácil ser rey. Quizá sea esta una afirmación poco popular en estos tiempos en los que la monarquía se esfuerza mucho en proyectar constantemente una imagen de sobriedad y raciocinio. Puede que para compensar pasadas afrentas.

El caso es que, atendiendo a la historia, tradicionalmente no ha sido nada fácil ejercer el puesto de monarca. Para empezar, uno (hablaremos de reyes pero podemos aplicarlo también a las reinas) debía tener casi por obligación una personalidad tendente al exceso. Incluso si el exceso se producía en sentido inverso; es decir, si el rey era austero debía ser patológicamente austero. Austero de rezar con el cilicio puesto.

Aunque no nos vamos a engañar; lo normal es que las excentricidades cayeran más del lado del atiborrarse a comer y a beber que del de cenar una pieza de fruta. Pero no solo con eso se podía obsesionar un rey. Resultaría demasiado mundano. Un buen rey tiene que tener una afición que lo acerque peligrosamente a las más profundas simas de la locura. Una afición que absorba al monarca durante horas y que haga a sus consejeros preguntarse internamente si hoy será el día en el que su majestad le prenda fuego a la capital del reino por capricho.
En el caso de los soberanos españoles, una de las más notables fue la relojería. Hoy presentamos uno de los ejemplos más destacados.

 

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Qué mentón, qué habsburguidad, Tiziano, qué bien visto todo.

Bien sabido es que en el reino de Carlos I de España (cuatro Carlos más en Alemania), al igual que en una rave en Valencia, nunca se ponía el sol.  A este enorme imperio se unió, en 1525, el Milanesado, para disgusto de Francisco I que había ayudado a Enrique II a recuperar el Reino de Navarra, demostrando no tener ojo para apostar por el caballo ganador. Después de la derrota francesa en la batalla de Pavía, Milán pasó por tanto a ser posesión española bajo la autoridad del emperador. Durante la coronación imperial en Bolonia, ya en 1530 (las cosas de palacio van despacio), Carlos I tomó contacto con una de las figuras clave en el desarrollo tecnológico español del siglo XVI: Juanelo Turriano.

De Juanelo Turriano, hombre orquesta de la ingeniería, se decía un poco lo mismo que se dijo posteriormente de Kubrick «este hombre es un genio, pero lo de la ducha diaria lo lleva regular». De hecho, la mayoría de las descripciones físicas de su persona (no sabemos hasta qué punto influidas por el gusto de la época por establecer paralelismos con elementos de la mitología grecolatina) lo asocian con el dios herrero Vulcano, es decir, con alguien estéticamente desagradable y de higiene más que cuestionable. Aunque la comparación no está tampoco exenta de cierto grado de alabanza. Y es que Turriano, figura sobresaliente dentro del ya de por sí extraordinario foco de innovación técnica e industrial que constituía el Milanesado, además de fabricar relojes inventaba toda clase de ingenios alucinantes, ya fueran sistemas de poleas, grúas, presas, juguetes o autómatas. Más interesado en la práctica que en los conocimientos teóricos, Turriano estaba siempre enfangado en el montaje o desmontaje de algún cacharro. Carlos V, tras conocer que Turriano era responsable de haber arreglado el Astrarium, el antiguo reloj de Giovanni Dondi que el emperador había recibido como obsequio durante su coronación, le encargó construir un reloj especialmente para él. Turriano creó entonces el famoso reloj Cristalino, que no solamente era una obra de arte sino que contaba con un planetario (reflejaba los astros y estrellas principales y las órbitas planetarias), daba las horas solares y lunares y los signos del zodiaco. Mejor que el Apple Watch. El reloj, hoy perdido, era tan complejo que décadas después se desmontó para desentrañar su funcionamiento y nunca más se pudo volver a montar.

En 1555 el soberano decidió abdicar y dedicarse a la vida contemplativa en el palacio que había mandado construir junto al monasterio de Yuste, en donde se entregó a la oración y otros menesteres acompañado de los monjes de la orden de los Jerónimos que habitaban el monasterio y de un selecto grupo de servidores. Entre los elegidos para acompañarle durante sus últimos años en el retiro de Yuste se encontraba Juanelo Turriano.

«Quién me mandaría a mí», seguramente pensó más de una vez.

Carlos I era, como cabe esperar, un hombre de carácter. Este rasgo se vio acentuado con la edad y con el avance de la gota que padecía (porque Carlos era de los que caía más en el exceso que en el defecto), enfermedad que sus doctores intentaron paliar con ungüentos, purgantes y amuletos (lo de dejar de comer y beber como un gorrino ya si eso otro día). Turriano se convirtió en uno de los asesores favoritos del monarca, llegando a ser la primera persona que le visitaba por las mañanas. Este favoritismo se produjo en parte porque Juanelo era el encargado de continuar las obras del palacio (el rey estaba empeñado en que algún día su hijo Felipe se mudaría a Yuste, por lo que mandó construir unos aposentos para él), aunque también por otro motivo fundamental: el emperador, que había trasladado parte de su vasta colección de relojes a su residencia junto al monasterio, exigía al propio Turriano que pusiera todos los relojes en hora… varias veces al día. Carlos no podía comprender cómo era posible que hubiera tenido un imperio en la palma de la mano pero que no consiguiera que todos sus relojes dieran la hora al mismo tiempo.

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Yuste lleno de gente a punto de cogerse la malaria.

La agenda de Carlos I en Yuste era sin duda la del perfecto jubilado: levantarse, llamar a Turriano, dar cuerda a los relojes, rezar, comerse un cordero para desayunar, rezar más, mandarle una carta a su hijo dando la murga para que viniera a ver las obras del palacio («dónde vas a estar mejor que en el pueblo, hijo»), dar cuerda a los relojes, rezar, inflarse otra vez a comer, desmontar un reloj y volverlo a montar, ir a ver las obras del palacio, dar cuerda a los relojes, rezar otra vez, escribirle una carta a su hijo diciendo cómo tiene que hacer las cosas  («pero tú todo menos hacerle caso a tu padre»), comer, rezar, dar cuerda a los relojes y a mimir.

Pues ahí estaba Juanelo al servicio del emperador, que cuando no era una cosa era la otra. Al menos no era el único al que daba castigo. Profundamente religioso, Carlos se emperró en que sus aposentos debían dar al altar mayor de la capilla para poder así escuchar misa desde su dormitorio, así que otra vez obras y los monjes a callar y rezar. Destacable fue también el follón que dio para que su hijo se uniera en segundas nupcias con Bloody Mary (la persona, no el cóctel). Carlos esperaba que casando a su hijo con la reina María I  conseguiría no solo sellar definitivamente la alianza de España con Inglaterra sino también traer de vuelta al redil católico a la pérfida Albión (le salió todo regular).

Tras dos años en Yuste, el emperador finalmente falleció, no debido a la gota o a las otras enfermedades crónicas que padecía. Lo que se llevó por delante al antiguo rey fue la malaria. Y es que, como parte de las obras de ampliación del palacio, Turriano, que además de relojería sabía mucho de ingeniería hidráulica, comenzó la construcción de dos estanques justo frente a los aposentos del emperador. Las aguas estancadas, como es lógico, propiciaron la aparición de mosquitos, los cuales transmitieron la enfermedad al monarca que finalmente falleció después de un mes luchando contra las fiebres palúdicas. Aunque Carlos I fue sepultado en un primer momento bajo el altar mayor del monasterio, poco después Felipe II decidió trasladar su cuerpo y sus relojes para que hallaran descanso eterno en el palacio del Escorial.

Dios nos libre en Mundo Extraño de pensar mal. Sin embargo, es demasiado tentador imaginarse al bueno de Turriano, después de haberse pasado todo el día poniendo en hora los relojes del soberano una y otra vez, sacando a su vetusta majestad a la balconada de su dormitorio: «Siéntese aquí, alteza. Relájese un poco antes de la cena. Observe la luz de este atardecer estival, aquí al fresquito».

No hay mayor mala leche que la de un ingeniero.