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Lo de arriba es una obra de William Powell Frith pintada en 1860 y el tema del cuadro hace referencia al baile de Claude Duval, un bandido del siglo XVII.

El principal problema al respecto es que la biografía de Claude Duval (o Claude du Vall) la conocemos por el escritor William Pope; con lo que tampoco podemos estar muy seguros de hasta qué punto la historia es verdadera… El caso es que, según esa historia, Duval fue un highwayman francés emigrado a Inglaterra que operó en Holloway durante las últimas décadas de 1600.

Por partes. Los highwaymen o “caballeros de los caminos” fueron bandidos especializados en asaltar los carromatos de nobles. Se diferenciababan de los tradicionales asaltantes de caminos (por ejemplo de los bushrangers australianos) por hacer los asaltos con armas de fuego desde caballos y -generalmente- por ser gente mucho más culta y refinada. Y es que lo de “caballeros” en algunos casos fue literal. Muchos highwaymen fueron Sir que terminaron asaltando a sus colegas nobles, después de haber perdido sus riquezas durante la Revolución Inglesa del siglo XVII.

Claude Duval se hizo famoso por su elegancia, por evitar el uso de la violencia y -sobre todo- por la galantería con la que trataba a las mujeres que robaba. El episodio más famoso de su vida fue el que tenemos arriba retratado por Powell Frith:

Durante el asalto a un aterrorizado noble inglés, su esposa fue la única que mantuvo la calma. Duval, fascinado con ella, le pidió que le concediese el baile de una courante a cambio de dejar marchar a su marido. De acuerdo a esa historia los bandidos se llevaron sólo 100 libras como pago por el espectáculo de música y baile que interpretaron para el noble.

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Entre los efectos perniciosos que tuvo el ascenso del partido nazi en Alemania en la década de los treinta, uno de los más irrelevantes, pero sin duda molestos, fue el declive en las ventas de productos de artesanía americana.

Los nativos (navajos y hopi, entre otros), vieron cómo los turistas dejaban de comprar sus cestas y murales, ya que el símbolo que los adornaba, que llevaba siendo utilizado durante décadas, tenía nuevas connotaciones. Sin embargo, no fue hasta que los Estados Unidos declararon la guerra a Alemania -y les costó bastante: hasta 1942 las autovías de Arizona tenían estos indicadores– que varias tribus decidieron firmar un documento en el que declaraban el fin del uso de la esvástica en sus obras de arte.

No deja de tener su gracia un episodio tangencialmente relacionado con este: tras los problemas que los mensajes transmitidos en lenguas americanas provocaron al ejército alemán en la Primera Guerra Mundial, los nazis mandaron en los años treinta una expedición de falsos antropólogos a Estados Unidos. Su intención era utilizar los puntos comunes que fuera posible (la esvástica, esencialmente) para atraer a algunos indios a sus filas, de forma que pudieran descodificar los mensajes del ejército americano en caso de guerra. Pese al ofrecimiento de declararlos “raza aria” -debían de tener miles de carnets de ario en algún oscuro cuarto de Berlín, para ser utilizados en cuanto fuera necesario-, los americanos rechazaron la oferta, ya que eran conscientes de no tenían muchas papeletas de salir bien parados en el futuro mundo nazi.

Al final, la relación más estrecha que se estableció entre ambos colectivos estuvo mediada por los fusiles, ya que la mayoría de las naciones nativas declararon la guerra a Alemania -de forma independiente al gobierno de Estados Unidos, aunque para luchar tuvieron que alistarse en el ejército americano- y varios miles de nativos combatieron en todos los frentes del conflicto.