Comerse al Prójimo V – Le Connoisseur

Vivimos en un mundo de gente especializada en los campos de conocimiento más peregrinos. Desde doctores en mecatrónica hasta demonólogos vaticanos. Parece lógico que también haya expertos en lo de comerse al prójimo.

El ámbito criminológico ya prestó atención a la antropofagia desde hace siglos; Cesare Lombroso lo contemplaba en su “L’uomo delinquente”, el propio Freud tocaba el tema al hablar de los tabúes e incluso hoy reputados criminólogos como Jack Levin siguen interesados. A pesar de que el estudio teórico o conductual puede ser fascinante (hasta rozar lo profundamente aburrido), vamos a centrarnos en otro tipo de experto. Digamos el experto práctico: el connnoisseur del enfoque gastronómico.

Siempre ha habido ilustres caníbales con mayor o menor grado de infamia. Ratu Udre Udre, jefe de un clan fiji, mantiene desde el siglo XIX el record Guiness de comerse gente (no, no es broma). Convencido de que tras devorar a 1000 hombres se convertiría en inmortal, llegó a comerse entre 872 y 999 personas a lo largo de su vida. Viéndose ya ganador, decidió ir tapando su propia tumba con una piedra por cada cuerpo consumido (y de ahí el cálculo aproximado cuando hubo que quitarlas).

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Otro importante nombre propio es Albert Fish -aka El Hombre Gris o el Hombre lobo de Wysteria- que durante los locos años 20 se convirtió en el, probablemente, primer famoso célebre del ramo. Si bien su historia fue bastante típica/tópica en lo tocante al asesinato caníbal, sentó un precedente de esa morbosidad mediática a la cual ya hicimos referencia.

Ahora bien, si mencionamos casos mediáticos se nos hace imposible no hablar de Japón. Y es que algo chungo pasa con Japón.

Issei Sagawa, caníbal friendly.

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Nacido en Kobe en abril de 1949, Sagawa se hizo mundialmente famoso por matar y comerse a una joven en París.

El 11 de junio de 1981, mientras preparaba su doctorado en literatura de vanguardia en La Sorbona, invitó a cenar en su casa a Renée Hartevelt, estudiante holandesa. Una vez allí la mató de un disparo, practicó la necrofilia y se comió partes del cadáver a lo largo de tres días. Fue detenido por la policía francesa al intentar deshacerse del resto del cuerpo.

Tras confesar fríamente el delito, se le declaró irremediablemente loco y fue encerrado en un hospital psiquiátrico.
Una vez producida la extradición meses después, las autoridades japonesas le sometieron a nuevos exámenes y descartaron su demencia (el criterio de las autoridades japonesas podría dar para otro especial). En consecuencia, Issei fue trasladado a un centro de baja seguridad que le permitió salir en libertad a mediados del 86, gracias a la influencia de su padre.

Se dedicó a escribir novelas relacionadas con el canibalismo y publicó un libro en el que describe con absoluto lujo de detalles su delito (“In the fog”). Entre 1986 y 1997 fue tertuliano en programas de televisión, participó en la película “Uwakizuma” e incluso escribió como crítico gastronómico para la revista “Spa”. Entre sus trabajos también destacan los comentarios a crímenes ajenos, como los asesinatos de “Shonen A” en 1997.

¿Nos dejamos algo? Ah sí, cierto: los Rolling Stones le dedicaron una canción.

La aparición más reciente del proclamado Padrino del Canibalismo fue en 2009, en la entrevista “Who’s Hungry?” (¿Quién tiene hambre?) para la revista Vice.

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Pero a pesar de los innumerables casos famosos, seguimos prefiriendo las historias pintorescas más allá del espanto inherente al propio crimen.

Por ejemplo la figura de James Douglas, Earl de Drumlanrig y tercer marqués de Queensberry, también conocido como “El Caníbal idiota”. Por lo visto padecía algún tipo de discapacidad mental que le convertía en un individuo extremadamente peligroso. Por esta razón su padre, el duque de Queensbury, le mantuvo encerrado bajo llave en la casa familiar (que hoy forma parte del parlamento escocés). Durante las fiestas posteriores a la firma del Acta de Unión en 1707, James consiguió escapar de su encierro el tiempo suficiente para matar, cocinar y comerse a un criado. Respecto al tema sucesorio el asunto trajo varios dolores de cabeza a su padre, pero -por fortuna para él- James Douglas murió unos años después; pasando los títulos a su hermano menor. Como dato anecdótico: en los sótanos del Parlamento todavía se conserva el horno que utilizó para asar a su víctima hace 300 años.

Una parada importante en esta materia habría que hacerla en Italia, donde el tradicional talento culinario de las mujeres italianas alcanzó su máximo exponente en la década de 1930:

La jabonera de Correggio.

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Leonarda Cianciulli, conocida como “la jabonera de Correggio”, tuvo 17 embarazos. Perdió tres de ellos y diez de sus hijos murieron en la infancia. Esto volvió a la mujer extremadamente sobreprotectora con los cuatro que vivían, mientras empezó a culpar de todas sus desgracias a una supuesta maldición que su propia madre le había echado.

Cuando su hijo Giuseppe se unió a filas para la II Guerra Mundial, Leonarda llegó a la conclusión de que la única forma de proteger a su vástago sería mediante sacrificios humanos (suponemos que a través de algún tipo de encantamiento). Para ello planeó el asesinato de tres mujeres: Faustina Setti, Francesca Soavi y Virgina Cacioppo.

Todas fueron drogadas y asesinadas con un hacha. Troceó sus cuerpos y los disolvió en sosa cáustica para la fabricación de jabón perfumado. Su sangre coagulada fue desecada en el horno y mezclada con harina, azúcar, chocolate leche, huevos (y un poco de margarina). Luego utilizó esa masa para elaborar muffins que sirvió con té a las visitas.

Fue descubierta -y denunciada- por su cuñada. Durtante el interrogatorio y juicio no tuvo reparos en explicar con todo detalle sus actos (y recetas), por lo que fue condenada a treinta años de prisión y tres de manicomio. Falleció de una hemorragia cerebral en 1970, pero parte de su menaje de cocina todavía puede verse expuesto en el Museo Criminológico de Italia.

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Pero en fin, nos dejamos de divagaciones.

Estábamos diciendo que nos fascina la figura del experto práctico. Pero no la de estos que se entregan a la vileza y terminan comiendo humano por sabrá Dios qué razones. Nos fascinan aquellos cuyo motor es esa proverbial curiosidad capaz de matar gatos. Hombres y mujeres renacentistas; doctos en mil materias, con inquietudes, pocos prejucios y mucho estómago:

William Buehler Seabrook

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Esperad, ¿qué? ¿El escritor? Efectivamente: William Seabrook, el autor perteneciente a la Generación Perdida (junto a otros como Hemingway o Faulkner) fue escritor, ocultista, explorador… y caníbal.

Nacido en 1884 en Maryland, se crió en una familia religiosa que marcó su interés por el misticismo y la espiritualidad. Tras estudiar filosofía, ejerció como reportero en Georgia. Con 32 años se fue a luchar en la Primera Guerra Mundial, lo cual le valió la Croix de guerre por sobrevivir al gas mostaza en Verdún.

Tras la guerra se convirtió en corresponsal del New York Times mientras escribía sus libros y colaboraba con artículos en numerosas revistas. Pasó una semana con Aleister Crowley escribiendo sobre brujería (de cuya colaboración salió más tarde el libro “Witchcraft: Its power in the World today”) y viajó por Arabia viviendo con beduinos.

Fascinado por el satanismo y el vudú visitó Haití en 1927, lo cual le sirvió para escribir su obra más famosa: “La Isla Mágica”. Aquí fue donde empezó a interesarse por la antropofagia. Sus inquietudes sobre el tema le llevaron al oeste de África, donde convivió con la tribu Guere con la esperanza de documentarse sobre el canibalismo. No obstante, todas las descripciones que le ofrecía el jefe de la tribu le resultaban insatisfactorias.

Contrariado, William Seabrook puso rumbo a la Sorbona decidido a satisfacer su curiosidad. Allí -escamoteado por un contacto- consiguió un trozo de carne humana fresca procedente de hombre sano, fallecido en accidente de tráfico. Comió una parte estofada con arroz y otra asada y tras ello escribió:

Sabía bien, como ternera, pero no tan joven como cría ni tampoco como un filete de vacuno adulto. Fue talmente así, como ninguna carne que haya probado nunca. Una carne cerca de ser tan buena ternera que dudo que alguien con un paladar oridinario pudiese distinguirla de aquella.

En los últimos años de su vida, Seabrook volvió a viajar por África, estuvo internado en el psiquiátrico de Bloomingdale y se casó y fundó una agencia de publicidad (lo cual, si nos preguntan, nos parece bastante peor que lo del canibalismo). Seis años después de la boda, su adicción al alcohol y la práctica del sadismo abocaron su matrimonio al divorcio.

Al igual que otros autores de su generación, William Seabrook se quitó la vida en septiembre de 1940.

Y con esto nos despedimos hasta el lunes.
Mundo Extraño vuelve la semana que viene. Bon appetit!

Comerse al Prójimo IV – Normalización

Hablábamos ayer de manifestaciones culturales del canibalismo, y también de gente que busca cierta notoriedad mediante la práctica del mismo, o que se ven impelidos a comerse a sus semejantes por algún desarreglo mental o químico. Hoy queremos imprimir un suave giro hacia lo cotidiano, hacia la desdramatización de la antropofagia. No todos los casos de canibalismo son así, entiéndanlo. Los hay que son cuestiones más íntimas, acuerdos entre particulares, o ni siquiera eso. 

Podríamos hablar del más o menos modélico canibalismo alemán y sus derivaciones musicales, pero en estos casos el puro disfrute culinario queda más o menos eclipsado por el tinte sexual de los banquetes. No es lo que buscamos. Queremos una experiencia más pura. Una situación en la que el implicado no busque otra cosa que el probar la carne humana, sin sufrir ni infligir daño, ni experimentar otro placer que no sea el culinario.

Una historia adecuada a nuestros propósitos podría desarrollarse de la siguiente forma:

Dave es uno de los 23039 heridos graves en accidente de tráfico en Gran Bretaña en el año 2012. En un desafortunado accidente con la moto, su mano ha quedado mutilada. Le han tenido que amputar un dedo, primero, y toda la mano, después, debido a la gangrena.

Pero Dave no es una persona dada a llorar y lamentarse por lo que ha perdido. Dave es un visionario, un emprendedor. Ve oportunidades donde los demás solo ven el garfio que van a tener que llevar el resto de sus días. En este caso concreto, ve una ocasión única de satisfacer uno de sus más antiguos anhelos: probar la carne humana, y sin quebrantar la ley.

Dave pide al personal del hospital que guarde el dedo amputado en frío, que va a querer llevárselo. Ellos acceden, al no existir una buena razón para negarse. Al fin y al cabo, es su dedo, ¿no?

Tras el alta, y con su dedo perfectamente conservado, Dave lo cuece en agua con sal, para ablandarlo. Lo consume sin condimento, y acompañándolo solo de agua, para poder apreciar plenamente su sabor. Luego hierve los huesos para conservarlos como recuerdo. No se trata solo de satisfacer la natural curiosidad -quién no se ha preguntado por el sabor de su propio dedo-, sino de una cuestión de completitud: al consumir la carne y guardar los huesos, Dave siente que no ha perdido del todo ese dedo. Que ese dedo sigue en él, de alguna forma.

Tras el ritual del almuerzo, Dave deja la olla, el plato, el cuchillo y el tenedor en el fregadero con una pizca de detergente. Vuelve a llenar el vaso y bebe un traguito de agua. Mira la pila de exámenes por corregir mientras piensa si tiene tiempo de echarse una siesta. Se encoge de hombros y se dice que claro que sí. Al fin y al cabo, está convaleciente.

Comerse al Prójimo III – Rompiendo Esquemas

Siendo el canibalismo uno de los mayores tabúes culturales, es evidente que su influencia social presenta no pocas peculiaridades. Su tratamiento conceptual viene a ser un cacao maravillao en el que, una vez introducidos los elementos, la mezcla puede salir por cualquier petenera.

Sin ir más lejos, fue la forma favorita de desprestigiar durante los 20 siglos en los que no hubo Internet: Soltar un “alguien se ha comido a alguien” era mano de santo, ya fuera para echar cristianos a los leones o para hablar de las hijoputadas de Don Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel.

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Durante nuestras búsquedas en los Archivos dimos con la leyenda de un libro, el Santo Grial de los tomos prohibidos. Una supuesta colección de hojas de cáñamo chinas que contendrían enrevesadas recetas para cocinar personas. Detallados diagramas antiquísimos con instrucciones de preparación para toda la anatomía humana. Con esos datos había que lanzarse a la búsqueda enloquecida.

Y sin embargo lo más parecido que encontramos fue el “Shih Tan”, un tomo que parecía reunir todas esas características… Excepto la de ser real.
El libro aparecía en un relato del escritor Graham Masterton -y luego en su adaptación televisiva– como un homenaje al legendario “Necronomicón”. Nuestra conclusión es que la morbosidad de la antropofagia, unida a la poca fama del texto, fue un caldo de cultivo excelente para la leyenda urbana.

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No fue, ni mucho menos, el único caso en el que la realidad no estuvo a la altura de La Maravilla. En 1980 Ruggero Deodato fue detenido por grabar el asesinato de cuatro personas durante el rodaje del pseudo documental “Holocausto Caníbal” (en el que una tribu Yanomami descuartiza y se come a varios científicos).

Nuevamente el mundo se volvía loco ante la presencia de esos elementos culturales: Ni se trataba de una película snuff, ni los actores estaban desaparecidos. Sencillamente habían firmado un contrato para mantener perfil bajo durante un año; en aras de reforzar el “realismo” que buscaba el marketing de la película. Después de muchas vueltas judiciales, Deodado fue exculpado de todos los cargos.

De este modo, teniendo presente lo anterior, llegamos al más famoso evento canibalístico-contracultural reciente. Una historia que tuvo los dos elementos fundamentales para explotar con la fuerza de siete soles: Drogas y gente comiéndose a otros


La crisis caníbal de 2012

En pleno boom de Lo Zombie, se popularizó un psicotrópico que talmente parecía sacado de un libro de David Wong: Las Sales de Baño. Nombre coloquial para una serie de catinonas sintéticas (mefedrona en Europa, MDPV en EEUU) de efectos estimulantes parecidos a las anfetas.

La droga saltó a la fama internacional en mayo de 2012, cuando Rudy Eugene, presuntamente bajo los efectos de aquella, le devoró la cara a un hombre. Sólo un par de días después las Sales de baño ya eran conocidas como “La Droga Caníbal” o “La Droga Zombie” (arrebatándole este título al infame Krokodil). De acuerdo a los testigos el agresor se quitó toda la ropa, golpeó a la víctima y acto seguido comenzó a morderle la cabeza y el rostro. El ataque duró casi 20 minutos y, aunque el hombre sobrevivó, Eugene fue abatido por la policía. La causa quedó establecida desde un principio: Rudy había consumido MDPV.

Entre mayo y junio de 2012 ocurrieron otros tres incidentes de similares características: El actor porno Luka Rocco Magnotta cometía un violentísimo crímen en Montreal (que incluyó antropofagia, necrofilia, snuff movie y envío postal de miembros corporales); Alexander Kinyua se comía el corazón y el cerebro de su compañero de piso en Maryland y, finalmente, Pamela McCarthy resultaba muerta por táser tras atacar a su marido e hijos (e intentar morder a los policías). En todos los casos se dijo que los hechos estaban relacionados con el consumo de MDPV pero la pregunta clave siempre fue: ¿Lo estaban?

El incidente caníbal de las Sales de Baño es uno de los mejores ejemplos actuales de desinformación por exceso de información. El contexto temporal sirvió para construir lo que hoy parece uno de los grandes hoax mediáticos recientes: Luka Magnotta resultó ser un piscópata extremo y a Kinyua se le diagnosticó una esquizofrenia paranoide. En el mar de información sólo parece estar confirmado que Pamela McCarthy fuera adicta a las Sales ya que incluso en Miami, el caso que hizo saltar la liebre, la autopsia sólo confirmó la presencia de marihuana.

¿Ocurrió entonces en 2012 una crísis caníbal a causa de una droga? Probablemente no. El consumo de las Sales de Baño es, obviamente, perjudicial y su uso puede desencadenar problemas que SÍ sean causa apta (por ejemplo un ExDS). Pero ninguna composición química parece susceptible de crear una zombificación; lo cual sirve para descartar cualquier relación entre las historias.

Y sin embargo… lo inquietante es que durante mayo de 2012 SÍ hubo numerosos incidentes caníbales además de los comentados. Sin ir más lejos, ese mismo mes un sueco se comió los labios de su esposa mientras un chef japonés sirvió sus propios genitales cocinados. Y en este último caso el banquete fue permitido por las autoridades, en tanto que Japón no tiene ninguna ley que prohíba el canibalismo.

Comerse al Prójimo II – El Hambre aprieta

En la segunda entrega de nuestro Especial Canibalismo queremos centrarnos en la cara más trágica de esta variedad gastronómica: La de aquellos que no tuvieron más remedio, en algún momento de sus vidas, que recurrir a comerse a amigos, conocidos o viandantes. O eso, o acababan igual. En vez de dispersarnos con multitud de anécdotas menores en las que dos o tres personas prueban la carne humana*, vamos a centrarnos en un episodio fundamental.

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La Expedición Donner

(Aquí hay una cronología de la expedición, usar como referencia. En serio, viene bien).

Dejando a un lado el infinito abanico de chistes fáciles que ofrece el nombre, la Expedición Donner fue una caravana de pioneros norteamericanos que en 1846 sufrieron La Putada (como fuerza cósmica) a causa de una interminable cadena de desventuras. Es muy recomendable leer el enlace del encabezamiento, pues es difícil sintetizar la cantidad de desgracias que les ocurrirero en su viaje desde Springfield hasta California. 

La expedición la formaban tres familias de Illinois y sus empleados -ochenta y siete personas en total- y se diferenció de muchas otras, que en esa época (partieron en abril de 1846, en un viaje que debía durar menos de seis meses) también emigraban hacia las prometidas riquezas de California, en su intento de usar el Atajo de Hasting; un nuevo sendero cuyo descubridor estaba promocionando (era práctica habitual repartir folletos con la información sobre cómo encontrar el nuevo camino a las expediciones que se dirigían al oeste). El nuevo atajo reducía sensiblemente el recorrido al precio de atravesar las montañas Wasatch -que en algunos puntos son superiores a las Rocosas- y el Gran Desierto de Salt Lake, una enorme planicie de arena cubierta de sal, en la que no se podía conseguir agua ni comida.

Tras sufrir penurias sin cuento (muerte por tuberculosis, vagones destrozados, animales cansados, muertos o robados por los nativos en sucesivos ataques y peleas entre los viajeros que, en una ocasión, resultaron en una muerte y la expulsión de Reed, uno de los líderes de la caravana) volvieron a la ruta habitual, ya en Nevada. Esto no quiere decir que sus problemas acabaran. Los nativos siguieron robando ganado y espantando a los caballos, se rompieron más vagones y la comida empezó a agotarse. Para el veinte de octubre creían que solo les quedaba cruzar la Sierra Nevada, ya en California, y estarían cerca de su destino. No debía de haber nieve hasta mediados de noviembre, tiempo suficiente para llegar al otro lado de la sierra.

La intención de Donner era atravesar el paso de Truckee. Consiguieron llegar hasta el lago del mismo nombre e intentaron alcanzar el paso, a menos de cinco kilómetros. No fue posible. Más de dos metros de nieve en muchos puntos impedía que los carros circularan. Así que prepararon un campamento a orillas del lago, levantando cabañas de madera junto a una que otros pioneros habían construido, para esperar a que la tormenta amainara.

Tardaron al menos un mes en probar la carne humana.

Al principio intentaron cazar, pero solo consiguieron un oso. Luego sacrificaron los bueyes y los caballos, que serían fundamentales para cuando consiguieran cruzar. Los huesos se usaron una y otra vez para hacer caldo. Luego empezaron con las pieles de buey que habían utilizado como techo de las cabañas. Mientras, se hacían sucesivos intentos de cruzar a pie; por grupos o parejas. Todos volvían, antes o después.

Finalmente, diecisiete personas -hombres, mujeres y niños (no todos los hijos de los anteriores: algunos quedaron al cuidado de los demás, en previsión de que fracasara el intento de asaltar la cumbre)- intentaron la ascensión con raquetas de nieve hechas de piel de buey. El 23 de diciembre, a los ocho días de ascenso, Patrick Dolan propuso que alguien se ofreciera voluntario para morir y servir de alimento. Horas después uno de los encargados de los animales murió y, tras él, otro componente de la expedición. Sin embargo, fue el propio Dolan el primero al que se comieron, después de que, en medio de un delirio, se desnudara y echara a correr en la tormenta. Otro chico murió poco después y esa noche separaron la carne y órganos de los huesos de los cuatro fallecidos para ponerlos a secar. Hicieron paquetes separados, de forma que nadie tuviera que comerse los restos de sus familiares.

La carne no duró mucho y se empezaron a comer los zapatos de nieve, hechos de piel de buey. Luego, tras plantear el comerse a dos guías indios que iban con ellos, uno de los pioneros los advirtió y huyeron por la noche. Unos días después (veinticinco desde haber dejado el campamento del lago, y tras haber devorado a otra mujer) los encontraron, desorientados. Les dispararon nada más verlos.

Ocho días después, los seis supervivientes (otros cuatro habían fallecido por el camino) llegaron a un poblado al pie de las montañas.

Esto no implicó el final de la aventura para los que se habían quedado en el campamento en Truckee: Reed, el hombre que había sido expulsado de la caravana por matar a otro en Utah, consiguió cruzar Sierra Nevada por su cuenta y presionó al comandante de un destacamento militar para que enviara ayuda a su familia. Hay que tener en cuenta que California no era parte de los Estados Unidos, ni existía una autoridad responsable de los que allí vivían: el que emprendía el camino al oeste iba a lo desconocido y dependía de sus propios medios. Por eso, no fue posible organizar ninguna operación de rescate a gran escala; sino que poco a poco grupos de gente, familias, fueron cruzando las montañas, con o sin ayuda. Todos los grupos recurrieron al canibalismo en alguna ocasión. Al terminar el viaje, en abril de 1847, quedaban cuarenta y ocho de los ochenta y siete pioneros. Cerca de veinte de los que faltaban habían sido consumidos por sus compañeros, y no todos los grupos habían sido tan cuidadosos como el primero evitando que los familiares se comieran entre sí.

Aunque sin duda se trata de una tragedia, en Mundo Extraño suscribimos letra por letra las palabras de Ethan Rarickl, autor de un libro sobre esta expedición: “Más que una historia de brillantes heroicidades o asquerosa vileza, la de la Expedición Donner es una historia de decisiones duras, que no fueron ni heroicas ni viles”

Es decir; estamos casi seguros de que ninguno de los miembros de la expedición salió de casa en abril de 1846 y miró a sus acompañantes con mirada calculadora, pensando en quién sería el primero en convertirse en salchichón. Pero, cuando no hubo más remedio, hicieron lo que tuvieron que hacer. 

El Especial Canibalismo continuará mañana con un análisis de andar por casa sobre antropofagia y choque cultural.

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*De no haber tenido un candidato tan espectacular en el episodio que relatamos, habríamos elegido los casos documentados de canibalismo por parte de soldados alemanes cercados en Stalingrado durante la segunda guerra mundial. Soldados que, al ser apresados por los soviéticos y enviados a campos de concentración, continuaron la senda que ya habían iniciado porque, total, mejor que la comida del campo era la carne de fusilero del Reich. En el caso de sus colegas japoneses en Nueva Guinea (qué malas eran las potencias del Eje, hay que ver), parece que se convirtió en algo más institucionalizado, debido en gran medida a las escasísimas raciones que recibían los soldados destinados allí (pasaron de 800 a 50 gramos diarios de arroz y carne en lata).

De lo que ocurrió durante la hambruna de Corea del Norte en los años noventa del siglo pasado no vamos a hablar, pero hay bastante tela que cortar. Aunque seguro que es todo propaganda imperialista.

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Durante la investigación en los archivos nos hemos venido encontrando con noticias que, ya fuera de forma expresa o velada, tocaban el tema de la antropofagia. No podemos negar nuestro interés en la materia; a fin de cuentas armoniza de una forma un tanto sui generis dos de nuestras grandes pasiones: las historias truculentas y el buen comer.

Sin embargo, tras debatir el tema hasta altas horas de la madrugada, hemos concluido que el interés de Lo Extraño no está en el acto en sí mismo considerado. Aquí somos gente pragmática y tampoco se nos caen los anillos porque un Homo Sapiens recurra a lo primero que tenga a mano cuando las está pasando canutas. Los Neandertales lo hacían, nosotros somos medio Neandertales, y nadie monta un drama.

Decimos por tanto que el interés no está en el acto de comerse a otro señor, sino en las circunstancias que concurren. Este es el criterio que nos permitirá obviar los lugares comunes y centrarnos en los extraordinarios acontecimientos que reseñaremos durante este monográfico.

Un rápido vistazo a la red nos revela que “canibalismo” es una deformación de la palabra caribe en taíno (los habitantes precolombinos del Caribe). En la época siguiente al descubrimiento de América, los taínos cosecharon entre los europeos la fama de practicar la antropofagia, si bien existen dudas respecto a la veracidad de este punto.

Lo que sí está claro es que en América hubo poblaciones que efectivamente practicaban un canibalismo de tipo ritual. Los colegas de Hernán Cortes contaban cómo los indígenas llevaban sal a las escaramuzas para conservar la carne de sus oponentes.

Dejando aparte los casos de, digamos, necesidad (de los cuales hablaremos también esta semana), queda bastante claro que la antropofagia tiene una importante dimensión de naturaleza cultural. Tanto el hecho de comerse gente como su el tabú al respecto, aparecen en forma de construcciones sociales que se fundamentan en razones de tipo moral o religioso. De todo esto sacamos la segunda pista hacia La Maravilla.

Y es que esas circunstancias que engrandecen las historias, no tienen que ver con la realidad antropológica stricto sensu, sino con el choque de los elementos culturales. Algo así como un paso de procesión delante de mozas alemanas en bikini.

Por ejemplo San Jerónimo; que ya en el siglo IV proponía en su Contra Joviniano” dejar de comer carne aduciendo que los attacotti habían empezado así y habían terminado comiéndose a sus vecinos. Lo cual, dicho sea de paso, también parece poco probable. Sin embargo la moralina del canibalismo (“Son muy malos, hasta se comen gente”) la encontramos en los mitos griegos y la vemos en la prensa actual.

A pesar de que volveremos a tocar el tema en el futuro, queremos cerrar esta introducción hablando del oro entre la paja de los usos moralizantes. Tal vez porque creemos que él habría entendido este especial, tal vez porque su obra es una maravilla en sí misma.

Hablamos del alegato de un hombre que, prescindiendo de la corrección política y cultural, escribió sobre el canibalismo para exponer sus puntos de vista: un plan maestro para salvar Irlanda comiéndose a los niños pobres.

Una modesta proposición. Jonathan Swift, 1729.

Me ha asegurado un joven americano muy entendido que conozco en Londres, que un tierno niño saludable y bien criado constituye, al año de edad, el alimento más delicioso, nutritivo y sano, ya sea estofado, asado, al horno o hervido; y yo no dudo que servirá igualmente en un fricasé o en un guisado.
Por lo tanto, propongo humildemente a la consideración del público que de los ciento veinte mil niños ya anotados, veinte mil sean reservados para la reproducción; de ellos, sólo una cuarta parte serán machos, lo que ya es más de lo que permitimos a las ovejas, los vacunos y los cerdos. Mi razón es que esos niños raramente son frutos del matrimonio, una circunstancia no muy venerada por nuestros rústicos: en consecuencia un macho será suficiente para servir a cuatro hembras. De manera que los cien mil restantes pueden, al año de edad, ser ofrecidos en venta a las personas de calidad y fortuna del reino, aconsejando siempre a las madres que los amamanten copiosamente durante el último mes, a fin de ponerlos regordetes y mantecosos para una buena mesa. Un niño hará dos fuentes en una comida para los amigos, y cuando la familia cene sola, el cuarto delantero o trasero constituirá un plato razonable. Y hervido y sazonado con un poco de pimienta y sal, resultará muy bueno hasta el cuarto día, especialmente en invierno.
He calculado que, por término medio, un recién nacido pesa veinte libras, y en un año solar, si es adecuadamente criado, alcanzará las veintiocho.
Concedo que este manjar resultará algo costoso, y será, por lo tanto, muy adecuado para terratenientes, que como ya han devorado a la mayoría de los padres, parecen acreditar los mejores títulos sobre los hijos.

Ante las deplorables condiciones en las que se encontraban los jornaleos irlandeses, Jonathan Swift decidió publicar su ensayo satírico cargado de humor negro y sarcasmo. Por desgracia no fue del todo bien recibido y, en el mejor de los casos, recibió críticas salvajes debidas a su mal gusto. Tampoco faltaron quienes lo tomaron por un texto serio (tal vez una aplicación de la Ley de Poe pre-Ley de Poe).

Mañana les traeremos una historia de supervivencia que ayudará relativizar nuestras desgracias domésticas. Mientras tanto, dejamos enlazado el texto completo del ensayo de Swift para amenizarles la espera.