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El primer mapa de carreteras detallado, con indicaciones útiles para el viajero, fue Britannia-disponible entero en el enlace, y una maravilla que les emplazamos a ver ya mismo-, el volumen I de la que habría sido la obra magna de John Ogilby si no hubiera muerto al poco de publicarlo, en 1675.

Este conjunto de mapas, por su exhaustividad, riqueza y -lo más importante- facilidad de comprensión y belleza, se convirió, desde el mismo momento de su publicación, en un estándar y un modelo para todos los fabricantes de mapas de Gran Bretaña y el resto de Europa. En él se podían ver las posadas, cruces y lugares de interés, como era habitual ya en aquella época. Pero también, y esta es la principal novedad, se indicaba la distancia exacta de los recorridos (inventó la escala de una pulgada-una milla) y la inclinación aproximada del camino, ya que Ogilby se jactaba de haber mandado recorrer más de veinte mil millas de caminos y carreteras por toda la isla.

No es poca cosa.

Pero tampoco es lo más interesante de esta historia, que puede leerse con más detalle en En el mapa, un libro estupendo de Simon Garfield que pueden comprar en su librería de confianza o encontrar tirado por internet. John Ogilby tenía setenta y cinco años cuando publicó Britannia, la obra que le hizo pasar a la posteridad. Pero, a diferencia de otros fabricantes y dibujantes de mapas, que pasaban años dedicados al oficio, John solo se había puesto a ello nueve años antes, tras fracatriunfar en todas y cada una de sus empresas anteriores.

John Ogilby, que de no haber nacido en Kirriemuir, Escocia, probablemente lo habría hecho en Cádiz, se hizo cargo de su familia cuando encarcelaron a su padre por unas deudas que tenía. Trabajó en varias cosas, pero también compró dos (2) billetes de lotería. Uno fue premiado, aunque modestamente. Pagó las deudas y multas de su padre, como un hijo modélico, y el resto lo dedicó a pagarse clases de baile. Hasta que se quedó cojo de por vida debido a una caída mientras bailaba ante unos nobles. Si hacemos caso a los testimonios, antes de eso era un gran bailarín. Primer triunfracaso.

No se arredró, y consiguió que uno de sus clientes nobles lo llevara con él a Irlanda, como parte de la campaña de opresión de los pérfidos ingleses. Allí fundó el primer teatro del país. Que duró cuatro años, hasta la rebelión de 1641. Segundo triunfracaso. Estuvo a punto de ser el último: el castillo en el que estaba explotó, y el barco en el que huyó de Irlanda se hundió. Pero no. Era John Ogilby, y todavía le quedaba mucho por hacer.

Por ejemplo, llegar andando a Cambridge y convencer a unos monjes de que le enseñaran latín. Y traducir a Virgilio en verso. No parecía tonto el hombre, la verdad. A partir de ahí empezó a hacerse más o menos rico. Pero no se durmió en los laureles: decidió que era el momento de aprender griego, que había mucho que traducir en ese idioma.

Como parte de su emprendimiento, casó con una viuda rica, lo que no le perjudicó demasiado. A partir de ahí, y resumo, escribió poesía y tradujo y publicó las fábulas de Esopo, huyó de la gran epidemia de peste que asoló Londres en 1665, perdió al menos dos tercios de sus libros y su taller en el Gran Incendio de 1666, y participó como agrimensor en la reconstrucción de la ciudad.

Y luego ya, a los sesenta y seis años, en vez de morirse como hacía la gente decente en esa época, se puso con la cartografía. Y lo hizo tan bien como todo lo demás, si no mejor.

Salvo por su último triunfracaso, el morirse con un volumen publicado de los seis que tenía previstos de su gran Atlas. Tampoco es cosa de exigir más.

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