Los osos y las cabezas

Este mes de octubre apareció en bastantes medios la escalofriante historia con final aproximadamente feliz del cazador de Idaho (de apellido Vouch) que se despertó con las fauces de un oso negro alrededor de la cabeza. El episodio, que finalizó trágicamente para el oso al ser abatido a disparos por el mordido y un amigo, fue claramente fruto de un malentendido: los humanos estaban cazando ovejas cornudas, no osos, y los osos negros no suelen atacar a personas. Entre otras cosas, porque las personas suelen ser más peligrosas que las bayas y animales muertos que componen su dieta. Y aquí hay un vídeo de un señor de setenta y tres años contando cómo pegó un puñetazo a un oso para demostrarlo.

Volviendo a Idaho: tras ser salvado por sus colegas, el cazador de ovejas seguía teniendo unas heridas bastante feas en la cabeza. El tipo de heridas abiertas que te dejan los dientes de un oso queriendo cenar, vaya. Tenían por delante la dificultad añadida de estar a tres días de distancia -por el río, además de matar ovejas su otro objetivo era hacer rafting- de cualquier lugar civilizado. Y de encontrarse en una zona llamada River of No Return Wilderness. Que es el mejor nombre del mundo salvo cuando tienes heridas de diente de oso en la cabeza.

La verdad es que la cosa no es mucho más emocionante: consiguieron volver, el muchacho no tenía tétanos ni rabia, sobrevivió sin secuelas físicas importantes. En cuanto a lo espiritual, declaró que la experiencia había sido “un baño de humildad”. Suponemos que el verte convertido en una merendola de medianoche puede tener esos efectos.

Pasamos ahora a otra historia que tuvo menos difusión, pero que para nuestro gusto es mucho más bonita. Porque si para Vouch la salvación vino de parte de un amigo con un revólver del .45 y su propia escopeta, Chase Dellwo, que estaba cazando wapitíes (ya le vale cazar estos encantadores animales) en Montana, tuvo que apañarse con la sabiduría popular y los consejos de su abuela. Y no se trataba de un oso negro (peso medio: 85 kg), sino de un oso grizzly (peso medio: 270 kg).

El accidente: Dellwo estaba ascendiendo sigilosamente por un arroyo seco, armado con su ballesta (exactamente, sí), intentando inducir a una manada de wapitíes a acercarse a donde su hermano (también apellidado Dellwo) los esperaba con otra ballesta para abatir a los que pudiera. Hacía viento y llovía, por lo que ni el cazador vio la mole de pelo y carne que estaba a punto de pisar, ni el fino oído del oso se dio cuenta de que llegaba el desayuno.

Pisotón.

El oso se despierta.

El cazador trastabillea para atrás.

El oso se le echa encima y le muerde la cabeza. Una fijación que tienen estos bichos por morder la parte más dura en un cuerpo lleno de cosas blandas y arrancables.

El oso suelta el bocado y ruge ensordecedoramente mientras araña y desgarra lo que pilla.

Chase Dellwo, viendo que palma sí o sí, recuerda a su abuela dándole un artículo de una revista en el que contaban que los animales grandes son de arcada fácil. Entiende que su única oportunidad de sobrevivir es meter la mano en la boca del oso todo lo que pueda. Y apretar.

Aprieta la garganta del oso.

El oso flipa en colores ante la evidente falta de urbanidad de su presa, empieza a dar arcadas y se larga, asustado y confuso. 

Y así, Chase Dellwo sobrevivió, con apenas unos puntos en la cabeza, un ojo morado, heridas graves en una pierna y alguna cosa más. Aun así, en todas las declaraciones que ha hecho tras el accidente, ha puesto mucho énfasis en dejar claro que el oso no tuvo ninguna culpa: él estaba cazando en su territorio, se chocaron, hubo un malentendido, lo arreglaron lo mejor que pudieron, y cada cual a lo suyo.

Si
por algún casual está entre sus planes, queridos lectores, el ir a
cazar osos en un futuro, no olviden llevar casco. Tampoco está mal recordar las instrucciones sobre cómo sobrevivir al ataque de un oso*. Y encomendarse a Hugh Glass.

*Advertencia: absolutamente nada de lo dicho es válido para un oso ruso hambriento. Si un roso te vacila, tú te calla y lo asimila.