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Osos hambrientos asedian un pueblo ruso

Llevábamos demasiado tiempo sin hablar de Rusia. Una semana, por lo menos. O seis días. Y hace mucho más que no hablamos de animales violentos.

No sé por qué estamos dando tantas explicaciones. El titular se defiende solo.

Eres ruso. Pero no ruso del oeste, ni del medio, ni del norte. Vives en el extremo de la Gloriosa Unión Madre Patria, entre la Korea Buena y la China excomunista. En Moscú nadie se acuerda de ti, pero en fin, hay una pequeña subvención para los que acepten vivir en Primorsky, junto al mar de Japón, y entre eso y que tus abuelos eran de allí, pues qué remedio. Además, el frío, el aislamiento y el vivir en un pueblo de 20000 habitantes junto a dos fronteras levemente conflictivas no te importan mucho. Al fin y al cabo, eres ruso. ¿Qué podría asustarte?

Eres un oso. Los osos, como los ciervos, las golondrinas y algunas personas, no tienen patria ni bandera. Pero alguna vez, cuando te has alejado demasiado de tu zona habitual de forrajeo, te has encontrado con otros osos que parecían algo tímidos. No, no tímidos, la palabra que buscas en tu cerebro de oso, que no está demasiado bien preparado para realizar juicios de carácter, y menos para expresarlos con palabras, es pusilánime. Esos osos, que a veces eran más grandes que tú y tus colegas, sistemáticamente agachaban las orejas y te dejaban las mejores bayas, aunque estuvieras en su territorio. Tú te encogías de hombros y comías gustosamente, pero no puedes negar que hay algo en ti que te hace diferente. Además, alguna vez ha llegado hasta tus oídos una musiquilla que ha hecho que se te erice el pelaje. No puedes negarlo: eres un oso, pero también eres ruso. Eres un roso.

En efecto, lo único que puede aterrorizar a un curtido ruso del este es otro curtido (plantígrado) ruso del este. Los ciudadanos de Primorsky lo han descubierto recientemente, cuando al menos treinta osos hambrientos (este año ha habido pocas nueces y los osos se han puesto nerviosos) han empezado a atacar a personas y animales en los alrededores de varias ciudades. Y, en el caso de Luchegorsk, dentro del pueblo: según las autoridades locales, dos osos, uno del Himalaya y otro marrón, se han enseñoreado de la ciudad, y atacan a quien les parece. Hay al menos otras tres docenas de osos rodeando la ciudad. De momento, los ataques se han limitado a panales de abejas, señores que pasean su perro y señores que salen al balcón (un oso estaba escondido debajo y le saltó encima. Tremenda y terrorífica inteligencia la de estos animales). Así que, si no tienes perro, ni panales ni balcones, estás a salvo. Dentro vídeo de ataque a señor con perro.

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Las autoridades han empezado a cazarlos y asustarlos con las sirenas de los coches de policía (precioso vídeo; piensen en ese bicho corriendo a esa velocidad hacia uno, y no huyendo), y dicen que está la cosa controlada. No sabemos si creerlo. De momento, al menos, los osos no han empezado a profanar tumbas para buscar comida (saludos al Guardian, que usa la misma foto de stock para todas sus noticias sobre plantígrados). Aunque los Expertos dicen que la cosa va a ir a más, que los osos se están quedando sin comida, y las ciudades están llenas de proteínas.

Osos hambrientos asedian un pueblo ruso

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Dos niños de cinco años escapan de una guardería rusa cavando un túnel

Que dos niños de cinco años quieran conseguir un coche deportivo nos parece muy mal, un síntoma de una sociedad enferma y cochecéntrica obsesionada con el consumo.

Que dos niños de cinco años excaven un túnel bajo una verja y escapen de la guardería nos parece maravillosamente bien, sea cual sea su objetivo.

Por resumir: niños rusos (¡bien!) que deciden huir de la guardería (¡magnífico!) cavando un túnel como si fueran prisioneros de los nazis (¡esplendoroso!). Podemos perdonarles lo del coche.

No solo eso, sino que construyeron el túnel (que empezaba en el cajón de arena, obvio punto débil en la arquitectura opresiva de la guardería, conducto de ventilación en la Estrella de la Muerte de la educación preescolar) a lo largo de varios días, hasta que un día de paseo vigilado llegó su oportunidad y, veloces como moradores de las arenas, escaparon de la no demasiado atenta mirada de sus guardianes.

A continuación caminaron durante media hora hasta un concesionario, donde pretendían comprar un Jaguar. Una conductora los recogió antes de que llegaran, frustrando su intento de explicarle al vendedor que no tenían dinero, pero sí mucha ilusión.

Dos niños de cinco años escapan de una guardería rusa cavando un túnel

Vídeo

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Advertimos, en primer lugar, que este vídeo tiene toda la pinta de ser un montaje, una campaña publicitaria o algo así. Pero, ¿y si no?

¿Y si hay una motorista rusa (¡claro!) que recorre el país -¿por qué ceñirnos a una ciudad?- arrojando basura a los coches de los desconsiderados? ¿Y si realmente hay alguien que ha entendido a la perfección los fundamentos del superheroísmo -tener un vehículo poco práctico, llevar a cabo acciones que tengan un impacto nulo o muy escaso en la sociedad, poner en peligro las vidas de inocentes y, en general, hacer caso omiso a las leyes, en este caso a las de circulación- y, llevada por un traumático acontecimiento, tipo una cáscara de plátano que mató a sus padres, se dedica a hacer cumplir SU justicia? Ese es el mundo en el que queremos vivir, claro que sí. 

Lo vio primero Aborigen de Salón, el Robin de nuestra Batman.

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¡Perdido el control del Satélite del Amor de los Guecos!

Ya tuvimos un primer susto con el Lyubov Orlova, el barco fantasma cargado de ratas reproduciéndose salvajemente que se dirigía a Reino Unido (por cierto, que los guardacostas dicen que se ha hundido, y Uri Geller se ofreció a encontrarlo). Aquello fue relevante por las terroríficas connotaciones que tenía, aparte de por las posibilidades que abría, pero su alcance era limitado (una isla arrasada por las ratas, pero poco más).

Ahora traemos algo en principio inocuo, pero con posibilidades mucho más interesantes. Rusia lanzó un satélite para estudiar el apareamiento de animales en gravedad cero, y han perdido el control sobre él, de forma que no podrán hacerlo aterrizar de forma segura cuando acabe la misión. Ellos están preocupados porque llevan unos cuantos seguidos, y no les apetece que mueran otros cinco animales a su cargo, entre otras cosas porque da un poco de mala imagen del programa espacial ruso. Pero a nosotros lo que nos preocupa (o ilusiona) es la posibilidad (casi certeza, según nuestro Robot de las Probabilidades) de que los guecos vuelvan dentro de varias décadas convertidos en mutantes superinteligentes, tras un viaje alrededor del Sistema Solar. O colonicen un nuevo planeta. 

Según algunas fuentes, los guecos tardan dos años y pico en estar preparados para reproducirse, de forma que al menos tenemos una década antes de que su número alcance cifras preocupantes. Sin embargo, no hay que olvidar que algunos guecos se reproducen por partenogénesis, un mecanismo especialmente indicado para colonizar rápidamente nuevas islas. ¿Y qué es un planeta sino una isla en el espacio?

Deseamos a nuestros futuros líderes reptilianos (¿o no tan futuros?) un agradable viaje por el espacio, y rogamos a las potencias mundiales que no les impidan alcanzar su destino manifiesto.

¡Perdido el control del Satélite del Amor de los Guecos!

Semana de Puertas Abiertas – III

Llegamos a la mitad de esta semana de Puertas Abiertas con una historia de las que nos gustan, de gente muy loca que hace cosas propias de gente muy loca. El ilustre Usagi2099, que vive aquí, nos trae la historia de la familia Lykov, campeones de las decisiones desafortunadas y rusos de pro.

La familia Lykov

Es de esperar que a estas alturas queden pocas dudas de que habitamos un mundo extraño; el más apacible de los entornos puede haber sido testigo de las más asombrosas historias, el lugar más anodino puede contener recuerdos de la truculencia más insospechada. Dicho esto, ¿se distribuye la rareza de manera uniforme por todo el planeta? Es evidente que no.  A efectos de lo extraño hay regiones que parecen más propicias que otras. Y pocas como la sagrada madre Rusia, donde la caída de los meteoritos puede seguirse segundo a segundo gracias a que los conductores llevan cámaras en el salpicadero para evitar estafas y abusos por parte de sus conciudadanos.

Claro, que en 1936 no había ni cámaras ni salpicaderos. No sabemos si hubo meteoritos. Lo que sí hubo fueron purgas religiosas por parte de las muy ateas autoridades bolcheviques. La familia Lykov pertenecía a los “Viejos creyentes”, una rama cristiana ortodoxa particularmente perseguida durante los tiempos de Pedro el Grande. Como buena ortodoxia, sus preceptos eran muy estrictos e imponían todo tipo de prohibiciones, incluyendo la de cortarse la barba. Cuando los Lykov (en aquel entonces los padres Karp y Akulina y sus dos hijos Savin y Natalia de 9 y 2 años respectivamente) vieron el percal decidieron cortar por lo sano y huir lejos para poder vivir de acuerdo a sus creencias. Hasta aquí todo correcto, pero no olvidemos que además de cristianos ortodoxos, eran rusos. Extraños. Puestos a emigrar, lo suyo es elegir un lugar tranquilo, agradable para la vida contemplativa, relajado. Un lugar como Siberia (ojo, no confundir con la región extremeña del mismo nombre). Los cuatro cargaron sus pertenencias (incluyendo un telar, porque eso es lo que toda taiga despoblada necesita, un buen telar) y se internaron en una región remota, a más de 250 km del humano más próximo. Insistimos, con un telar. A cuestas. Y dos niños.

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Las condiciones de vida en su nuevo hogar eran duras pero, es importante no olvidar esto, no dejaban de ser rusos. La familia construyó una cabaña cuya estabilidad daría para otro monográfico de Mundo Extraño, y se instaló como pudo. Una vez allí, en medio de la nada, tuvieron dos hijos más. Porque de alguna manera habría que matar el tiempo, suponemos. En 1940 nació Dimitry, y en 1943 Agafia. Con el tiempo las condiciones empeoraron. La ropa se convirtió en harapos hasta consumar su desintegración, siendo sustituida con el tiempo por prendas confeccionadas a partir de corteza de sauce. Los objetos de metal se oxidaron hasta quedar inservibles (adiós, joven telar, fue un placer haberte conocido). Sin armas ni material de trampeo, su única forma de cazar era perseguir a la presa hasta que cayera exhausta. De todas formas, al ser casi todos sus utensilios de madera, apenas podían cocinar nada.

A finales de la década de los 50 llegaron los años del hambre. Cada año debían reunirse en un consejo y decidir si se comían todas las reservas o si guardaban parte de las semillas para sembrar de cara al año siguiente. Aun así, el auténtico desastre llegó en 1961, con la nevada de junio que acabó con su cosecha. Para la primavera siguiente apenas tenían nada que llevarse a la boca salvo sus zapatos y la corteza de los árboles. Se los comieron. Akulina decidió sacrificarse por sus hijos y murió de inanición. El resto de la familia sobrevivió gracias a un único grano de centeno que logró germinar. Lo guardaron día y noche, lo protegieron del frio y de los malditos roedores, hasta le construyeron una cerca. Por fin produjo otras 18 semillas, gracias a las cuales pudieron empezar a recuperar su cosecha.

En 1978 un grupo de geólogos que sobrevolaba la zona los encontró por casualidad. Tras entablar conversación con ellos les contaron toda su historia. El mundo que les describieron había cambiado tanto que apenas lo reconocían. Se negaron a aceptar la idea de que el hombre hubiese llegado a la Luna, pero no tuvieron problemas en aceptar la existencia de satélites artificiales. Al fin y al cabo, hacía tiempo que se habían percatado de que algunas estrellas se movían de modo anormal.

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Tres años después de la llegada de los geólogos, en 1981, Natalia, Savin y Dimitry murieron de forma inesperada. Karp les siguió en 1988. Desde entonces, Agafia sigue allí, en la taiga. Rusos. La gente extraña del mundo extraño.