De babosas marinas multicolores y ladrones de veneno

Otra brillante aportación a Mundo Extraño de Ramón Carrero, catador de venenos y criador de babosas de nuestro chiringuito.

Si es usted de los que piensa que la vida es gris y vulgar, que no hay nada capaz de satisfacer su hambre de belleza y portentos, hágase un favor y observe con detenimiento las siguientes fotografías, ninguna de ellas retocada.

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Si esta explosión de colores brillantes y transparencias asombrosas no le ha conmovido ni un ápice, es usted un caso perdido y le invitamos a que abandone esta página. Si antes bien han despertado su curiosidad, quizá le interese saber que todas estas maravillas invertebradas pertenecen al orden de los nudibranquios, unos gasterópodos sin concha que viven en el océano, por lo que informalmente se les llama «babosas de mar».

Los nudibranquios son uno de los ejemplos más espectaculares de aposematismo: sus brillantes colores llaman la atención de su enorme toxicidad a los posibles depredadores, como ocurre con muchas ranas tropicales. Las estructuras que tienen en el dorso son sus branquias («nudibranquio» significa eso, «branquias al desnudo») y suelen vivir en el fondo marino, con pocas excepciones.

Este animalito con pinta de Pokémon es una de ellas. Se llama Glaucus atlanticus y vive en la superficie de los mares de Australia, el sur de África y Europa, flotando «panza arriba» gracias a una vejiga llena de aire. Por ese lado su cuerpo es azul con vetas blancas, para camuflarse a la vista de las aves marinas; por la parte sumergida, plateado, para hacer lo propio con los peces que se alimentan cerca de la superficie.

Las carabelas portuguesas tampoco pueden moverse por sí mismas. Estas falsas medusas (son colonias de miles de individuos microscópicos que funcionan como un solo organismo) «navegan sin timón» con su vela orgánica, el neumatóforo, por lo que es frecuente que acaben concentrándose en grandes grupos si el viento sopla fuerte y sin cambiar de dirección. Cazan y se defienden de otros cazadores con sus únicas y letales armas: los cnidoblastos de sus tentáculos, las células que liberan el temible veneno neuro, cito y cardiotóxico que conocen tantos bañistas desafortunados. Pocos habitantes del mar se atreven a comérselas. Nuestra babosita azulada, si.

Cuando en medio del océano un ejemplar de Glaucus atlanticus choca por casualidad contra una carabela portuguesa, la medusa está perdida. Esta babosa marina ha desarrollado inmunidad a su veneno y comienza lentamente a devorarla. La medusa no tiene otra forma de defenderse y no puede huir: solo le queda esperar su muerte. Pero lo más curioso es que Glaucus atlanticus se come también los cnidoblastos, que pasan intactos a través de su tracto digestivo. La babosa marina almacena las toxinas en los extremos de sus apéndices con forma de guante de cocina alienígena, para defenderse ella de sus propios depredadores. Los expertos creen incluso que selecciona las partes más venenosas para su propia defensa, y acaba siendo mucho más tóxica que las carabelas portuguesas de las que se alimenta. No solo se come a la medusa, sino que le roba sus armas y las perfecciona.

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Por suerte para las carabelas portuguesas, Glaucus atlanticus es muy sensible a las condiciones ambientales y no se reproduce mucho, por lo improbable del choque en la inmensidad del mar de dos cuerpecitos de apenas 4 cm. Y cuando eso pasa, a veces una lleva tanto sin comer que devora a su pareja. Unos bichos muy simpáticos.

Inspirados por Glaucus atlanticus, enésimo ejemplo de que todo lo que hay de bello en la Tierra tiene relación con el sexo o el veneno, nos despedimos hasta la semana que viene.