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Freydís Eiríksdóttir, emprendedora, traidora y asesina

Ya hemos hablado en alguna ocasión de vikingos, y de las indudables dotes para la exploración y el mando que mostraban. Apenas hemos dicho nada, sin embargo, de la violencia que eran capaces de desatar en cuanto se les cruzaba un cable, y muy poco más de sus hazañas conquistatorias en América del Norte, llevadas a cabo a sangre y fuego por Erik el Rojo y sus descendientes. Empezaremos a corregir ese error con la historia de Freydís Eiríksdóttir, hermana de Leif -y, por tanto, cuñada de Gudrid Thorbjarnardóttir.

Después de varias expediciones a Vinland por parte de Erik el Rojo y sus hijos Leif, Thorvald (que murió allí) y Thorstein, Freydís, hermana de estos tres, decidió que también quería probar suerte, y propuso a los hermanos Helgi y Finnbogi una expedición conjunta desde Groenlandia a Vinland, con unas reglas claras: reparto de las ganancias a partes iguales (dos partes, los hermanos eran una unidad), ellos llevarían un barco con 30 hombres y algunas mujeres, y ella haría otro tanto.

Los hermanos llegaron un poco antes al asentamiento vikingo en Vinland, y descargaron sus cosas en el refugio construido por Leif. Freydís apareció al poco y les dijo que su hermano le dejaba estar allí a ella, no a cualquier advenedizo. Refunfuñaron, pero el problema no fue a más. Construyeron su propio hogar. Sin embargo, esto fue solo el principio de un largo invierno de peleas, discusiones y desavenencias entre los dos grupos de vikingos.

Al final del invierno, Freydís se dirigió una mañana a la casa ocupada por los hermanos, para aclarar las cosas. Uno de ellos, Finnbogi, salió a hablar, y quedaron en que ella se volvería a Groenlandia -en efecto, estos vikingos vivían en Groenlandia-, y los hermanos seguirían en Vinland. Los beneficios conseguidos hasta el momento por la expedición se repartirían a partes iguales.

Y aquí viene el meollo del asunto. Aparentemente, la pérfida de Freydís volvió al lecho conyugal, y su marido, Thorvard, le preguntó dónde había estado (según la Saga de Groenlandia, ella lo despertó con sus pies fríos y húmedos, lo cual nos parece un crimen mucho peor que cualquier otra cosa que pudiera hacer). A esto ella respondió que había intentado negociar con los hermanos, pero que se habían negado y uno de ellos la había golpeado. Y que si Thorvard no la vengaba se divorciaría de él. 

Thorvard, claro, reunió a sus hombres, y pasaron a chuchillo a los hermanos y sus guerreros. Al final solo quedaron cinco mujeres, a las que los colonos vikingos no querían matar. Freydís, que no quería dejar el trabajo a medias, pidió un hacha y les rebanó el cuello a las cinco.

Tras esta jovial masacre a traición, la partida de Freydís volvió a Groenlandia. La líder y su marido pagaron bien a sus hombres para que mantuvieran la boquita callada, además de amenazarlos de muerte. Si alguien preguntaba, los hermanos Helgi y Finnbogi estaban en Vinland, que les había gustado aquello.

La historia de Freydis concluye ahí. Aparentemente, Leif se enteró de su cruel comportamiento y su familia cayó en desgracia, por lo que la historia de su linaje se haya perdido en la noche de los tiempos.

Nota: ¿cómo? ¿Que esta historia sobre Freydís Eiríksdottir es absolutamente incompatible con la que contamos la semana pasada? ¡En efecto! Las fuentes de información sobre personajes históricos nórdicos en esta época (finales del siglo X y principios del XI) son escasas y contradictorias. En la primera entrega tomamos como fuente la Saga de Erik el Rojo, y ahora hemos utilizado la Saga de Groenlandia (que no está disponible en castellano ni inglés, más allá del resumen hecho en la Wikipedia). Los personajes son en gran medida los mismos, pero las historias cambian radicalmente. ¡Las maravillas de la historiografía, que nos permite hablar dos veces de la misma persona y que no tenga nada que ver una con la otra! 

Además, en la Saga de Groenlandia Gudrid, cuñada de Freydís, es presentada como una mujer santa, como contamos en su momento. Esto hace que Freydís parezca aún peor, por contraste, y como mínimo arroja ciertas dudas sobre si el interés de los cronistas vikingos era tanto el recoger fielmente los acontecimientos como aleccionar sobre La Vida y sus Peligros.

Mundo Extraño vuelve la semana que viene, con aún más historias de traiciones.

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Freydís Eiríksdóttir, el terror de los skraeling

Ya hemos hablado en alguna ocasión de vikingos, y de las indudables dotes para la exploración y el mando que mostraban. No hemos hablado aún, sin embargo, de la violencia que eran capaces de desatar en cuanto se les cruzaba un cable, y muy poco de sus hazañas
conquistatorias en América del Norte, llevadas a cabo a sangre y fuego
por Erik el Rojo y sus descendientes. Empezaremos a corregir ese error con la historia de Freydís Eiríksdóttir, hermana de Leif -y, por tanto, cuñada de Gudrid Thorbjarnardóttir.

Es sabido que, cuando los aguerridos nórdicos llegaron a lo que hoy es Terranova
en busca de madera, gloria, tierras de cultivo y, suponemos, bacalao
fresco, se encontraron con que ya había gente viviendo allí: los skraelings,
palabra con la que los vikingos designaron a estas criaturas humanoides
desconocidas y enjutas, que bien podrían haber sido elfos mágicos
producidos por la ingesta de setas.
Empero, pronto quedó claro que se trataba de señores y señoras de carne
y hueso que blandían armas y tenían un cierto aprecio a la tierra en la
que habían nacido y crecido. Podrían haber sido sorianos, vaya.

Una de las sentadas pacíficas en la puerta del ayuntamiento vikingo
incursiones violentas de los nativos de Terranova cogió por sorpresa a
los invasores vikingos, que probablemente estarían envueltos en los
vapores del hidromiel, esperando el autobús que lleva al Valhalla o
alguna otra cosa propia de su cultura. Tampoco ayudó que los skraelings
usaran catapultas para atacar el campamento durante la noche.

Los
sorprendidos guerreros del norte, viendo que una turba de seres de
fantasía se les echaba encima con arcos, lanzas, mazas y demás enseres
propios del oficio del matar, decidieron huir, Leif el primero. Hubo,
sin embargo, alguien que mostró educadamente su disconformidad con ser
masacrados y expulsados de esa tierra a la que tanto les había costado
llegar. Freydís Eiróksdóttir, a la sazón embarazada de ocho meses -nos
importa bien poco de quién, la verdad: un vikingo cualquiera-, decidió
que no tenía ganas de huir cual conejo ártico hacia los barcos y dejar
el huerto, las vides, las orcas o lo que sea que criaran en aquella
región a merced de los furiosos nativos. Así que, viendo que su hermano y
compañeros no compartían sus inquietudes, no tuvo más remedio que coger
la espada de Thorbrand, hijo de Snorri, no sin antes gritar a sus
compatriotas: “¿Por qué huis de estas criaturas despreciables, hombres
fuertes, si es evidente que los masacraríais como a ganado? Dadme un
arma y lucharé mejor que cualquiera de vosotros?”

A continuación, descubrió uno de sus pechos (táctica de probada eficacia, como ya vimos)
y lo golpeó con la espada mientras gritaba con furia. Esto desconcertó y
asustó a los atacantes, que huyeron a sus barcos (si alguien duda de la
veracidad de esta historia, que proteste a los poetas guerreros que
escribieron las sagas. A ver qué le cuentan). Los vikingos vieron que la
cosa mejoraba, y volvieron al asentamiento. Pero, lejos de jalear a
Freydís y prepararle un banquete de bacalao y vino vinlandés (o, al
menos, callarse discretamente y hacer como si el ataque y la cobarde
huida nunca hubieran tenido lugar), no se les ocurrió otra cosa que
reñir a la que les había salvado, afeándole su inadecuado
comportamiento.

La historia de Freydis, que es relatada en la saga de Erik el Rojo
concluye ahí. La teoría mayoritaria es que, debido a su descaro -y, en
mayor medida, a que no se convirtió al cristianismo, que en esa época se
imponía entre los vikingos- su familia cayó en desgracia, y la historia
de su linaje no ha llegado hasta nosotros.

Mundo Extraño vuelve la semana que viene con más historias de valentía sin adulterar.

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Freydís Eiríksdóttir, el terror de los skraeling

Ya hemos hablado en alguna ocasión de vikingos, y de las indudables dotes para la exploración y el mando que mostraban. No hemos hablado aún, sin embargo, de la violencia que eran capaces de desatar en cuanto se les cruzaba un cable, y muy poco de sus hazañas
conquistatorias en América del Norte, llevadas a cabo a sangre y fuego
por Erik el Rojo y sus descendientes. Empezaremos a corregir ese error con la historia de Freydís Eiríksdóttir, hermana de Leif -y, por tanto, cuñada de Gudrid Thorbjarnardóttir.

Es sabido que, cuando los aguerridos nórdicos llegaron a lo que hoy es Terranova
en busca de madera, gloria, tierras de cultivo y, suponemos, bacalao
fresco, se encontraron con que ya había gente viviendo allí: los skraelings,
palabra con la que los vikingos designaron a estas criaturas humanoides
desconocidas y enjutas, que bien podrían haber sido elfos mágicos
producidos por la ingesta de setas.
Empero, pronto quedó claro que se trataba de señores y señoras de carne
y hueso que blandían armas y tenían un cierto aprecio a la tierra en la
que habían nacido y crecido. Podrían haber sido sorianos, vaya.

Una de las sentadas pacíficas en la puerta del ayuntamiento vikingo
incursiones violentas de los nativos de Terranova cogió por sorpresa a
los invasores vikingos, que probablemente estarían envueltos en los
vapores del hidromiel, esperando el autobús que lleva al Valhalla o
alguna otra cosa propia de su cultura. Tampoco ayudó que los skraelings
usaran catapultas para atacar el campamento durante la noche.

Los
sorprendidos guerreros del norte, viendo que una turba de seres de
fantasía se les echaba encima con arcos, lanzas, mazas y demás enseres
propios del oficio del matar, decidieron huir, Leif el primero. Hubo,
sin embargo, alguien que mostró educadamente su disconformidad con ser
masacrados y expulsados de esa tierra a la que tanto les había costado
llegar. Freydís Eiróksdóttir, a la sazón embarazada de ocho meses -nos
importa bien poco de quién, la verdad: un vikingo cualquiera-, decidió
que no tenía ganas de huir cual conejo ártico hacia los barcos y dejar
el huerto, las vides, las orcas o lo que sea que criaran en aquella
región a merced de los furiosos nativos. Así que, viendo que su hermano y
compañeros no compartían sus inquietudes, no tuvo más remedio que coger
la espada de Thorbrand, hijo de Snorri, no sin antes gritar a sus
compatriotas: “¿Por qué huis de estas criaturas despreciables, hombres
fuertes, si es evidente que los masacraríais como a ganado? Dadme un
arma y lucharé mejor que cualquiera de vosotros?”

A continuación, descubrió uno de sus pechos (táctica de probada eficacia, como ya vimos)
y lo golpeó con la espada mientras gritaba con furia. Esto desconcertó y
asustó a los atacantes, que huyeron a sus barcos (si alguien duda de la
veracidad de esta historia, que proteste a los poetas guerreros que
escribieron las sagas. A ver qué le cuentan). Los vikingos vieron que la
cosa mejoraba, y volvieron al asentamiento. Pero, lejos de jalear a
Freydís y prepararle un banquete de bacalao y vino vinlandés (o, al
menos, callarse discretamente y hacer como si el ataque y la cobarde
huida nunca hubieran tenido lugar), no se les ocurrió otra cosa que
reñir a la que les había salvado, afeándole su inadecuado
comportamiento.

La historia de Freydis, que es relatada en la saga de Erik el Rojo
concluye ahí. La teoría mayoritaria es que, debido a su descaro -y, en
mayor medida, a que no se convirtió al cristianismo, que en esa época se
imponía entre los vikingos- su familia cayó en desgracia, y la historia
de su linaje no ha llegado hasta nosotros.

Mundo Extraño vuelve la semana que viene con más historias de valentía sin adulterar.

La guerra de los emúes

Por Ramón Carrero, firma invitada y erudito neorrenacentista.

Ahí, abajo a la derecha en los mapas, Australia es una nación con una notable tendencia a generar toda clase de hechos y sucesos insólitos: primeros ministros tragados por las olas o que establecen récords de beber cerveza, calvos multitudinarios, partidos de fútbol ganados por 31 a 0 o vallas de 5.614 km (seiscientos más que la distancia en línea recta entre La Coruña y Teherán) para protegerse de los dingos. Pero entre todas estas gemas para el intrépido coleccionista de lo disparatado, sobresale la especial belleza de la siguiente historia.

En 1932, la vida de los colonos del Oeste de Australia no era fácil. En los años anteriores, la Gran Depresión había provocado que los precios del trigo cayeran en picado y los granjeros (la mayoría, soldados licenciados tras la Primera Guerra Mundial) vivían esperando unos subsidios estatales que nunca llegaban. Un paisaje similar al presentado en Las uvas de la ira, pero no olvidemos que estamos en Australia: los agricultores aussies tenían también que hacer frente a la gigantesca bandada de 20.000 emúes que estaba arrasando sus campos.

Para quienes no conozcan a estos bichos tal vez resulte difícil imaginar la magnitud del problema. Los emúes son unas aves de 1,90 que corren a 50 km/h y que pueden pasar semanas sin comer. Cuando lo hacen (cactus, entre otras cosas) buscan y tragan piedras, cristales y trozos de metal para digerir mejor. Veintemil de estos badasses.

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Desesperados por esta inesperada plaga, pidieron ayuda al Ministerio de Defensa, que accedió a enviar al comandante de artillería G.P.W. Meredith junto a dos soldados armados con una ametralladora pesada. Les acompañaba un cámara, para documentar los esfuerzos del gobierno australiano para proteger a los colonos, porque se las prometían muy felices en su «guerra» contra los emúes.

Pero desde el principio los pájaros demostraron ser mucho más perspicaces que los humanos y se revelaron como unos maestros en tácticas de guerrilla. Todas las trampas de los esforzados militares fueron inútiles: los pájaros se dispersaban al primer disparo y volvían a reunirse en otro campo de trigo kilómetros más allá.

La «batalla» más importante de la guerra tuvo lugar el 4 de noviembre, cuando consiguieron atraer a cientos de emúes hacia una de las ametralladoras y abatieron a doce antes de que esta se encasquillase. Uno de los encargados de manejarla declaró a la prensa:

«Los emúes han demostrado que no son tan estúpidos como generalmente se piensa. Cada grupo tiene su líder, siempre un enorme pájaro negro de dos metros, que monta guardia mientras sus compañeros se ocupan del trigo. A la primera señal sospechosa, da una señal, y docenas de cabezas emergen de las espigas. Unos cuantos inician una estampida hacia los matorrales, pero el líder no abandona su puesto hasta que sus compañeros se han puesto a salvo».

El 8 de noviembre, desesperados, Meredith y sus dos artilleros montaron la ametralladora en un camión y persiguieron a un pequeño grupo. Esta vez no consiguieron matar a ninguno, porque el soldado encargado de la ametralladora no podía mantener el equilibrio con el vehículo en movimiento. Acabaron atropellando a un emú, que salió del accidente con vida, y chocaron el camión contra una cerca.

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                                            Los temibles guerilleros

El ridículo estaba siendo tan espantoso que el 8 de noviembre se debatió en el parlamento de Canberra, donde un representante propuso condecorar a los emúes. Pero vivimos en un mundo donde casi todo lo bello acaba pronto, y esta disparatada campaña lo hizo el 10 de diciembre de 1932. Según las cifras oficiales, en el mes largo de guerra se mataron 986 emúes con 9.860 rondas de munición de ametralladora: en promedio, gastaron 10 cintas de balas para abatir a cada pájaro. Años más tarde Meredith declararía:

«Si tuviésemos una división con la capacidad de recibir impactos de bala de estos pájaros, sería capaz de enfrentarse a cualquier ejército. Pueden enfrentarse a las ametralladoras con la invulnerabilidad de los tanques».

Tal vez sea el momento de cerrar los ojos y soñar una enorme bandada de emúes sembrando el caos en las playas de Normandía. Si el ejército australiano hubiera aprovechado la lección que recibió su sufrido cuerpo de artillería, habrían ganado, además de la Segunda Guerra Mundial, la batalla inmortal contra lo ordinario y lo aburrido, que seguirá en Mundo Extraño la semana que viene.

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El asesino, la víctima, el perro detective y el rey de Francia

Algo hemos hablado de duelos anteriormente, y sin duda volveremos a este tema, pues la lista es larga y variada, y dos paisanos quedando para matarse por una ofensa sacada de proporción es exactamente lo que nos gusta en esta casa.

Hay, sin embargo, algo que nos gusta todavía más: las interpretaciones retorcidas de leyes arcaicas que dan lugar a situaciones maravillosas. Situémonos. Bosque cercano a París, 1361. Monsieur Aubry de Montdidier viaja por esos caminos de Dios con su perro, cuando es asaltado, asesinado y enterrado bajo un árbol por un desaprensivo.

El asaltante huye, el perro queda aullando sobre la tumba de su amo. Permanece allí siete días con sus noches, hasta que decide que ya es hora de actuar: se va a París y llega a casa de un amigo de su amo -las malas lenguas dicen que fue el hambre lo que le llevó a la ciudad, pero vamos a quedarnos con que era la sed de justicia. Lo alimentan, y apenas ha terminado de comerse las gachas o lo que sea que comieran los perros en esa época, se dirige a la puerta. Ve que no le siguen, así que vuelve y tironea con la boca de la ropa del señor francés hasta que, con un suspiro, este decide seguirlo. 

Obviamente, el perro llevó al amigo de su dueño hasta el claro del bosque donde había ocurrido la tragedia. Pero no quedó aquí la cosa. La siguiente vez que el nuevo dueño del perro y el can se cruzaron con un tal Robert Macaire, el animal lo atacó ferozmente, y a pique estuvo de herirlo. Este comportamiento se repitió en otras ocasiones (París debía de ser un pueblito en esa época, si la gente se encontraba todo el rato y los perros tenían la oportunidad de remarcar con su feroz comportamiento que oye, igual algo pasaba con Macaire), hasta que alguien recordó que el tal Robert no quería bien al fallecido Monsieur de Montdidier.

La cosa pasó de rumor de pueblo a Asunto de Estado cuando el rey Charles V ordenó que le llevaran al perro. Y en la corte real, de entre una multitud de caballeros, cortesanos, bufones y extras con relojes de oro, el perro reconoció a Robert Macaire de nuevo, y se lanzó contra él. El rey, que dada la juventud de la Casa de Valois estaba a salvo de la consanguinidad y era muy astuto, lo vio claro: algo oscuro había pasado. Como el perro hablar no sabía, la forma de averiguar la verdad estaba clara: ¡juicio por combate! 

Se dispuso un cuadrilátero frente a Notre Dame, y se permitió que Macaire tuviera un palo, mientras que al perro se le proporcionó un tubo hueco en el que podía esconderse de los golpes del palo. Ni le hizo falta: su furia justiciera y agilidad perruna le permitieron morder el cuello de su rival a los pocos minutos de que empezara el duelo, ante lo cual se declaró que el perro tenía razón. Por si fuera poco, el criminal confesó su culpa, y fue debidamente ajusticiado a la mañana siguiente.

No existe información sobre qué ocurrió con el perro, aunque nos gustaría pensar que se le concedió una pensión vitalicia de muslos de pollo, una capa de piel de oso y una caseta en la corte real.

Mundo Extraño vuelve la semana que viene.

El asesino, la víctima, el perro detective y el rey de Francia

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Poco hablamos de cantar y bailar en esta casa, y eso que la mitad de los archivistas son excelentes bailarines (la otra mitad tienen la capacidad de movimiento armonioso de un búho con un ala atada a un burro epiléptico). Es el momento de remediar eso. Y no con un personaje, sino con dos.

Las hermanas Millie y Christine nacieron en una granja de Carolina del Norte, EEUU, en julio de 1851. Eran siamesas e hijas de esclavos. Dos circunstancias que, en principio, no auguraban nada bueno en el futuro de las dos recién nacidas.

El ser siamesas viables -estaban unidas por la espalda, y vivieron más de sesenta años- les daba el valor de lo infrecuente. El ser hijas de esclavos convertía ese valor en un precio monetario: a los diez meses, Jabez McKay, su dueño, las vendió a un empresario de Carolina del Sur a cambio de un porcentaje de lo que este ganara exhibiéndolas. Este empresario, a su vez, las vendió un año después a un showman, que las incorporó (con dos años de edad) a su espectáculo. Brower, el showman, se arruinó, por lo que la propiedad pasó a Joseph Pearson Smith, su acreedor. Smith permitió que Brower las siguiera exhibiendo.

Hasta que las secuestraron en Nueva Orleans, con menos de tres años. La América del siglo XIX era un lugar magnífico, amigos.

Durante varios años, Smith no supo de su paradero, hasta que en 1861 el hombre que las exhibía en ese momento se puso en contacto con él desde Reino Unido, para revendérselas.

Si está horrorizado, querido lector, es normal.

Smith, que según la versión recogida en Wikipedia -y en algún otro sitio, aunque matizado– sentía cariño por las gemelas, viajó a Inglaterra junto con la madre de las niñas, que no las había visto en diez años, y volvieron los cuatro a casa de los Smiths. Ahí fue donde, bajo la tutela de la esposa de Smith, aprendieron cinco idiomas y se convirtieron en estupendas contralto (Millie) y soprano (Christine). Poco después Joseph Smith murió, y la familia pasó a depender de las ganancias de las dos esclavas. Como en todos los casos de esclavismo, solo que más evidentemente, vaya.

En 1863 la abolición de la esclavitud las convirtió en mujeres libres, y empezaron una carrera artística y vital que les llevó a cantar delante de la Reina de Inglaterra, hacer giras por toda Norteamérica y Europa, escribir poesía, conocer -y hacer de damas de honor- a Anna Swan y Martin Bates, de profesión gigantes y, finalmente, comprar la granja de los McKay, en la que habían nacido.

Como historia de superación, no está mal.

Como relación de putadas sufridas por dos personas con muy mala suerte en la lotería del nacer, todavía está incompleta: parece probado que las gemelas fueron durante gran parte de su vida sujeto de estudio de médicos, charlatanes y sinvergüenzas en general, interesados principalmente en los genitales (compartidos) de las siamesas. Aparentemente, tampoco se libraron del trato sufrido por las esclavas habitualmente: malas condiciones de vida, palizas y violaciones.

No deja de ser sorprendente que, en esas circunstancias, Millie y Christine McCoy, el Ruiseñor de dos cabezas, llegaran a ser capaces de escribir esto:

Tis not modest of one’s self to speak, But, daily scanned from head to feet, I freely talk of everything, Sometimes to persons wondering. Some people say I must be two! The doctors say it is not true. Some cry out humbug, till they see, And then exclaim, “great mystery.” Two heads, four arms, four feet, All in one perfect body meet. I am most wonderfully made, All scientific men have said. None like me since the days of Eve, None perhaps shall ever live. If marvel to myself am I, Why not to all who pass me by? I am happy too, because content; For some wise purpose I was sent. Our Maker knows what he has for one, Whether I’m created two or one. Respectfully, MILLIE CHRISTINE.

Especial animales V – Animales Ilustres

A los que dudaban -que los habría- de la posibilidad de encontrar un animal verdaderamente ilustre para cumplir los dos requisitos de esta entrada -a) animal; b) ilustre)- les recordamos que son dos condiciones que se cumplieron ya ampliamente con Sir Nils Olav II, el pingüino coronel.

Y, si lo hicimos una vez, ¿por qué no hacerlo ahora?

Multiplicado por cuatro.

——–

El caso es que esto es Internet y aquí a todo el mundo le gustan los gatos. Incluso a quienes no les gustan los gatos. Así que el inicio estaba claro.

Pero no sólo eso. Nos habíamos propuesto superar muy fuerte el listón y hablar sin más de felinos nos parecía de una insuficiencia bochornosa. Necesitábamos MÁS. Necesitábamos gatos y nazis y BATALLAS NAVALES y BUROCRACIA GIBRALTAREÑA.

Necesitábamos una historia como la de:

Unsinkable Sam

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Eso sí, tampoco queríamos glorificar a nadie. Vaya la verdad por delante: en principio Sam se llamaba Oskar y era nazi (un poco como von Braun pero sin fabricar cohetes).

Empezó su carrera sirviendo en la Kriegsmarine, concretamente en el acorazado Bismarck. Aunque bien es verdad que su recorrido fue corto: el barco fue hundido ocho meses después de ponerlo en funcionamiento.

¿Y ya está?
Pues no. Entre los 118 supervivientes del hundimiento estaba el gato; que fue rescatado por la tripulación del destructor HMS Cossack (el cual había colaborado en el hundimiento del Bismarck).

Así que Sam encontró nuevo hogar en la nave británica… hasta que el barco fue hundido por un U-563 alemán en octubre de 1941. No obstante el gato consiguió sobrevivir evacuado por la tripulación, siendo rescatado esta vez por el destructor ligero HMS Legion.

Suponemos que para evitar el trasiego del campo de batalla, Sam fue trasladado al portaaviones Ark Royal (que, curiosamente, también había colaborado en el hundimiento del Bismarck).

A ver, la vida en un portaaviones es más tranqui. Es como un aereopuerto flotante y hay ajetreo, sí; pero te mantienes lejos, los cazas hacen el trabajo suicio y tal.

La putada es que los alemanes eran MUY buenos haciendo submarinos. Así que Sam vivió guay en el HMS Ark Royal… hasta que el barco fue hundido por un U-81.

Cuando el HMS Lightning encontró a los supervivientes en los restos de una lancha motora, Sam estaba con ellos.

Y en este punto alguien con poder de decisión (digamos alguien con muchas estrellas en el uniforme que ha sido debidamente informado de toda la historia mientras arqueaba levemente una ceja) decide que lo mejor para la historia bélica naval, es enviar al gato al gobernador de Gibraltar.

La última carambola vital de Sam fue terminar sus días en Belfast, alejado de la guerra. Aquí es donde más aguas hace la historia (no pun intended) ya que, al parecer, fue llevado allí por un pescador norirlandés.

Como curiosidad: el HMS Legion y el HMS Lighting también fueron hundidos en 1942 y 1943 respectivamete.

——–

Si nos ponemos a hablar de animales que son portadores de desgracias, tenemos que hacer una parada más que obligatoria en una desgracia animalizada. Una maldición que lleva medio siglo cobrándose la factura por esos bolsos de piel auténtica tan monos:

Gustave el Devorador

Los proverbiales cocodrilos del Nilo; esos lagartos de 500 kilos que se comen ñus en La 2 durante la sobremesa. Resulta que esos bichos son uno de los ejemplos de depredadores apex; es decir, un depredador que no tiene predadores propios (y en consecuencia parte la pana en su respectivo barrio).

Biólogos y fans de Alien (o Predator, ya puestos) podrían argumentar que el único y verdadero depredador apex es el ser humano. Y sería una discusión lícita… si no fuera por la existencia de Gustave el Devorador.

Gustave es un cocodrilo del Nilo. Concretamente uno de 6 metros de largo con varias cicatrices por el cuerpo que vive en Burundi.

La fama que le precede obedece a las 300 personas que se dice lleva devoradas en sus 60 años de vida. Desde finales de los 90, Gustave es estudiado por los herpetólogos; no tanto por su pequeño genocidio particular, sino por sus dimensiones y habilidad para cazar todo tipo de animales: desde peces pequeños (y ágiles) hasta hipopótamos.

En 2004 se grabó el documental “Capturing the killer croc” en el que se recogen los intentos de capturar a Gustave llevados a cabo por el herpetólogo Patrice Faye. Y ya adelantamos lo de “intentos” porque una incipiente guerra civil en Burundi hizo que el equipo científico abandonase la bomberada.

El último avistamiento de Gustave se produjo en 2008 por un equipo de National Geographic que, además, nos dejó una foto del colega:

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——–

Por no cambiar demasiado rápidamente de tercio, introduciremos, tras Gustave, a Kesagake el Comedor de Hombres, que tiene nombre de carta Magic, pero fue uno oso real que, durante cinco días de diciembre de 1915 aterrorizó a la población de Sankebetsu, en Japón.

Al despertar de su hibernación, el buen oso se acercó al pueblo buscando comida. Fue espantado por un lugareño, que le disparó, y creyó que el asunto estaba arreglado.

Al día siguiente el oso volvió y entró en una casa en la que una mujer cuidaba al niño del vecino. Mató al niño y se llevó a la mujer al bosque. Una partida de vecinos, treinta hombres, encontró los restos un día después, e hizo huir al oso tras herirlo con un disparo.

Para la siguiente aparición del oso ya eran 80 personas las que le daban caza, pues cincuenta soldados de una guarnición cercana se habían unido. Otra herida de arma de fuego no impidió que Kesakage entrara en una casa y mutilara a todos los habitantes, eludiendo a los cazadores una vez más. Después de esto, la partida se disolvió, y solo algunos veteranos de la guerra ruso-japonesa se atrevieron a seguir con la caza.

Las autoridades decidieron que se necesitaba un profesional, y consiguieron convencer a Yamamoto Heikigachi, cazador de osos, de que dejara a un lado el alcoholismo en el que se había sumido tras una vida de cacerías y sirviera a su país una vez más.

Yamamoto mató a Kesakage, el comedor de hombres, de dos disparos. Siete personas habían muerto para entonces, y los aldeanos supervivientes abandonaron la región. Ōkawa Haruyoshi, que tenía siete años cuando los ataques ocurrieron, juró matar diez osos por cada aldeano muerto. Cuando se jubiló, con 62 años, había matado 102 plantígrados.

Pero ninguno era Kesakage.

——–

Y, tras estas dos bestias, una de las cuales, hasta donde sabemos, podría ser inmortal*, cerramos este especial con una criatura lamentable, un milagro de la supervivencia y el dolor, y una víctima del amor de los humanos por el parné. Mike, el pollo sin cabeza.

Mike no devoró a nadie. De hecho, su historia comienza una noche de invierno, cuando Lloyd Olsen, agricultor de Colorado, le corta la cabeza para servirlo como cena.

Se la corta regular: Mike siguió siendo capaz de andar (regular) e incluso intentaba atusarse las plumas y grazanar (mal). Al poco se acostumbró a que le faltara algo encima de los hombros y fue incluso capaz de revolotear y posarse en los palos del gallinero.

Lloyd Olsen no tuvo corazón de rematar el trabajo, así que empezó a darle leche y agua con un gotero. Y Mike vivió. Vivió y fue expuesto con otros animales milagrosos, haciendo a su dueño bastante rico (las ganancias se calculan en 50000 dólares -de ahora- al mes durante un año y pico), y provocando que se decapitara a muchos otros pollos a ver qué pasaba.

No volvió a repetirse el ¿feliz? acontecimiento. Aparentemente, nadie decapitaba tan mal como el granjero Olsen.

Mike murió en 1945 al asfixiarse con un grano de maíz. La autopsia determinó que la fuente de su antinatural longevidad -y prolongada tortura, aunque los veterinarios dictaminaron que no había tenido problemas de salud a raíz de que le cortaran la cabeza- fue un coágulo que había impedido que se desangrase, junto con la conservación de gran parte del encéfalo.

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*Podría, ¿no? Si todavía no está muerto, quién sabe. No tenemos ni idea de biología, la verdad.

——–

Con estos reseñables seres despedimos este especial. Esperamos haber contribuido a dar una visión amplia y rigurosa de lo que es el mundo animal. De hecho, nos atreveríamos a sugerir que desecharan todo conocimiento sobre animales que tuvieran hasta ahora, y se guíen en el futuro solamente por lo que han aprendido durante esta semana.

Para todo lo demás, Mundo Extraño vuelve a semana que viene.

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Íbamos a pedir perdón por insistir con las mujeres guerreras, después del viernes y el lunes pasado. Pero la verdad es que si a alguien no le gusta la mujer ilustre de hoy es que no ha entendido de qué va esto.

Vamos a hablar de Mayssa Abdo aunque podríamos referirnos a otras muchas. Mayssa Abdo, conocida como Narin Afrin, es una de las comandantes de la milicia YPG en Kobane. Si bien sus logros hasta el momento no son comparables a los de Roza Shanina -seamos sinceros, pocos lo son-, defender una ciudad asediada por tres flancos durante mes y pico contra una fuerza superior en número y armamento -mientras se facilita la huida a la población civil- no es poco.

Desde el 16 de septiembre, unos 1800 kurdos defienden Kobane, una ciudad que tenía 300.000 habitantes –con un sistema de autogobierno y participación democrática que ya quisiéramos en España– de un grupo jihadista del que ya hemos oído hablar todos. Lo que nos importa aquí es que los combatientes del grupo son más de 9000, cuentan con tanques y armamento pesado y reciben refuerzos continuamente. Y no parecen muy dispuestos a respetar el autogobierno y la posición de casi igualdad respecto a los hombres que disfrutan las mujeres kurdas, si conquistan la plaza.

De momento, y pese al escaso apoyo del ejército americano, que bombardea otras posiciones del ISIS con mucha más alegría, y la abierta oposición de Turquía, Kobane resiste. No sabemos cuánto tiene que ver el miedo que dicen las milicianas kurdas que inspiran en los corazones de los jihadistas, pero el hecho es que están aguantando mucho más de lo que nadie esperaba. Y esperemos que sea suficiente para que reciban apoyo y consigan romper el cerco.

Porque el lema de Mundo Extraño es “mantengámoslo así”: mantengámoslo extraño y lleno de Maravilla. Y pocas cosas más extrañas que un pueblo que, pese a décadas de represión, se autogestiona y mantiene estándares más igualitarios que los de cualquier estado democrático. Mucho mejor, en cualquier caso, que una gente cuya idea de convencerte en una discusión es prenderle fuego a tu granja y matar a tu familia.

Y, sobre todo, porque estamos convencidos de que a Abu Bakr al-Baghdadi no le gustaría Mundo Extraño si lo conociera, pero nos encantaría que Mayssa Abdo nos contara cómo cruzó la frontera entre Turquía y Siria para impedir que Kobane cayera. 

Nota: en el momento de publicar esto, Kobane seguía resistiendo, y el YPG había recuperado algo de terreno, apoyados por los bombardeos americanos.

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Que Roza Shanina estaba destinada a La Maravilla era algo que tenía que haberse visto venir desde niña: con sólo catorce años cruzó caminando 200 kilómetros de taiga para irse a estudiar a Arkhangelsk.

Vamos a tomarnos un momento para pensar en eso, porque caminar 200 kilómetros de bosque boreal ya nos parece una razón más que suficiente para salir aquí.

En 1938 se incorporó a la Unión Comunista de la Juventud, trabajó en una guardería (mientras seguía estudiando por las noches) y se graduó como profesora de primaria en 1941.

En aquella época Hitler ya se había pasado de vueltas escuchando a Wagner y llevaba desde 1939 dando por saco en Europa. No obstante, todavía no había cometido el error garrafal: tocarle las bolas a los soviéticos. Así fue que a finales de 1941, durante el transcurso de la Operación Barbarroja, Roza perdió a un hermano el sitio a Leningrado.

Tras eso decidió presentarse voluntaria para el Vsevobuch (programa de entrenamiento militar universal de la URSS), superándolo con tal éxito que fue admitida en la Academia Central de Mujeres Francotiradoras.

Roza Shanina fue una de las 2.484 mujeres que sirvieron como francotiradoras soviéticas durante la II Guerra Mundial, incorporándose en 1944 a la 184ª Divisón de Fusileros del Ejército Rojo.

Sirivió como jefa de pelotón de francotiradores, causó 59 bajas nazis confirmadas y fue la primera mujer en ser condecorada con la Orden de Gloria (dos veces, de hecho). Fue además una afamada contra-tiradora (neutralizadora de francotiradores alemanes), llegando a matar a 12 y capturar a 3 durante la batalla de Vilna.

Desobedeció varias órdenes de retirada, manteniéndose en primera línea en apoyo de infantería. Recibió sanciones (sin llegar a consejo de guerra), pero también recibió la Medalla al Valor por su actuación en la campaña de Prusia Oriental (donde recibió el nombre de “El terror invisible de Prusia del Este”).

Roza murió el 28 de enero de 1945 a consecuencia de las heridas sufridas mientras protegía a un oficial de artillería.

Diez días antes había escrito en su diario:

La esencia de mi felicidad es luchar por la felicidad de otros

Su canción favorita era “O mists, my mists”.

Mundo Extraño vuelve la semana que viene.

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A lo largo de la Historia ha habido gente que, sin haber tenido vidas especialmente agitadas o dadas a la aventura y el heroísmo, se ha dedicado a darle a la cabecita día y noche, imaginando formas de explicar las cosas sin moverse de casa, sugiriendo mundos mejores o, simplemente, inventándose cosas para que los demás nos entretuviéramos. Y eso está bien. No todo el mundo está hecho para matar cocodrilos a mordiscos, y la Maravilla no tiene por qué tomar una forma física y tangible.

Sin embargo, no podemos negar que en esta casa sentimos predilección por los que ponen el pellejo donde están sus palabras. En estos tiempos de revoluciones hechas desde casa, de gestos grandilocuentes a través de la pantalla y soluciones sencillas para los problemas del mundo moderno, a poder ser que no me hagan gritar muy alto… [pierde el hilo, agita el puño al aire, echa media hora mirando fotos de borregos en tumblr].

[Tras otra hora tuiteando sobre el mercado laboral sin haber cotizado nunca, el redactor vuelve a esta pestaña e intenta recordar qué quería decir. Sin éxito].

Étienne Cabet no era así. Étienne Cabet no tenía tumblr, ni internet. Porque nació en Francia en 1788, entre otras cosas. Si hacemos caso a la Wikipedia, antes de 1830 no hizo nada. Ser un pedazo de refor, probablemente. Pero ese año vio la luz y participó en la Revolución de Julio, que empezó echando a los Borbones [suspirito] y sustituyéndolos por los Orleans [encogimiento de hombros]. Su participación le valió varios cargos políticos, pero le duró poco la paguita: en 1834 se exilió a Inglaterra porque se había pasado de radical y lo acusaron de traición.

En Inglaterra escribió su obra Viaje a Icaria, en la describía una utopía anarcosocialista de influencia cristiana. El libro triunfó locamente, por raro que pueda parecer, así que decidió que, qué demontres, iba a ponerse a trabajar en llevar a la práctica sus ideas. En 1839 volvió a Francia y decidió llamar a su proyecto, de carácter comunitarista, comunismo, antes de que la palabra se volviera comercial.

Le duró nueve años la cosa, que incluyó la resurrección del periódico Populaire, que él mismo había fundado poco antes de exiliarse. En 1848, pese a la gran popularidad que tenían sus ideas entre la clase obrera, dijo que ya estaba bien, que Francia no tenía remedio y que se iba al Nuevo Mundo a fundar la sociedad del futuro.

Junto a setenta seguidores, Cabet compró un millón de acres de tierra en Texas, para establecer allí su ciudad icariana. Una primera expedición partió a América sin Cabet, que iría después. Se encontraron con que tenían solo la décima parte del terreno que pensaban ocupar, que ese terreno estaba dividido en trozos no contiguos, de forma que era poco práctica su ocupación, y que o construían casas en sus parcelas en pocos meses, o les quitaban el suelo. Y que la malaria campaba a sus anchas por allí, y una pandilla de franceses tristes era un plato apetitoso para los mosquitos.

Se volvieron a Nueva Orleans, donde se reunieron con Cabet -salvo los que se volvieron a Francia a seguir sufriendo en un entorno más familiar- y decidieron viajar a Illinois para poblar Nauvoo, una ciudad estupenda, ya hecha, para entrar a vivir, primeras calidades. Sus habitantes originales, un grupo de mormones que había levantado aquello desde cero, habían sido expulsados a Utah dos años antes. Ah, el sueño americano.

Aquello funcionó algo mejor -un 100% menos de malaria-, pero tampoco fue la panacea: las luchas intestinas, motivadas en parte por el estilo a veces dictatorial de Cabet, se unieron a los problemas económicos para hundir la colonia. Tampoco ayudó que el líder tuviera que ir a Francia a defenderse de acusaciones de fraude por la compra de tierras en América (fue absuelto). Cabet cogió a sus seguidores, unos 180 a esas alturas, y se fue a San Luis, Missouri.

Murió de una apoplejía a la semana, hundido por el fracaso de su proyecto. Era 1856. La colonia se disolvió poco después.

Sin embargo, otra parte de sus seguidores habían ido a Iowa, donde fundaron el pueblo de Icaria, que también sufrió problemas económicos crónicos hasta su desaparición definitiva en 1898 al disolverse la última comunidad icariana de la zona en el pueblo de Corning, que sigue existiendo a día de hoy. Hubo otras colonias icarianas, como Cloverdale, en California, que desapareció en 1895.

Las ideas de Étienne Cabet, que nunca fueron llevadas a la práctica como él quiso -la gente y sus manías, siempre en medio- influyeron en Engels y Marx, más allá del uso del mismo término para designar los sistemas políticos propuestos. Eso, junto a haber pasado del escribir bestsellers utópicos a llevar a varios cientos de personas al otro lado del Atlántico a (intentar) crear una utopía real, si es que eso tiene sentido, nos parece suficiente para dedicar este viernes a este señor francés que más feliz habría sido si se hubiera quedado en Inglaterra.

Mundo Extraño vuelve la semana que viene.